Vitoria-Gasteiz Arqueológica.


 
 

 

LA PREHISTORIA DE LOS IBEROS Y LA ETNOLOGÍA VASCA.

P. BOSCH GIMPERA.

Desde que en Enero de 1.923 expuse en mis conferencias de Bilbao, honrado con una invitación de la Sociedad de Estudios Vascos, mis puntos de vista acerca del problema etnológico vasco, que luego vieron la luz en estas mismas páginas, algo más se ha podido precisar en tan importante problema tanto respecto a las relaciones del pueblo vasco con los vecinos, particularmente con el ibérico, como en cuanto a la manera de plantear el problema lingüístico en relación con la etnología. Respecto de este último punto me han hecho el honor de discutir mis opiniones H. Schuchardt y W. Meyer Lübke, no pareciendo que nos movamos en terreno distinto del todo ( 1 ). 


( 1 ). W. Meyer-Lübke: Das Baskische (Germanisch-romanische Monatsschrift XII, 5 - 6, p. I7I y sig.) especialmente p. I53.-H. Schuchardt.

Das Baskische und die Sprachwissenschaft (Sitzungsberichte der Akademieder Wissenschaftenin Wien, Phil. hist. - Kl, Band 202,4 Abh. 1.925.


 

Las diferencias fundamentales de nuestros respectivos métodos de investigación y acaso la dificultad de encontrar un tecnicismo claro para expresar conceptos que, como todos los que se refieren a la etnología primitiva, han sido frecuentemente obscurecidos por falta de precisión en delimitarlos y aun por confusiones, contribuyen seguramente a que. el acuerdo no sea completo.

Por todo ello he creído interesante volver a tratar del problema para precisar algunos conceptos, esta vez no tanto para insistir en la naturaleza étnica del pueblo vasco y en su derivación del pirenaico del eneolítico, a la vez que en su distinción del ibero, asuntos de los que se trató suficientemente en 1923 y de los que sigo teniendo el mismo concepto que entonces, sino para tratar de la Prehistoria origen y relaciones de los Iberos y muy particularmente de sus con tactos con los antepasados de los Vascos, lo Cual acaso precise mejor el marco en que encajar los problemas linguísticos, que cada vez parece más claro que es a la Arqueología prehistórica a quien toca delimitarlo.


I.--
ALMERIENSES (ANTEPASADOS DE LOS IBEROS) Y PIRENÁICOS (ANTEPASADOS DE LOS VASCOS).

a) La extensión territorial de la cultura de Almería y los Iberos.

Desde el neolítico final, a través de todo el eneolítico y hasta el principio de la Edad del Bronce (cultura de El Argar) se observa en la cultura de Almería una evolución ininterrumpida, sobre todo en el SE. de España (con grupos estrechamente emparentados en el S. en las provincias de Málaga y Granada) y en el E. (en el S. de Cataluña y en Aragón en una parte del valle del Ebro). En ninguna de sus etapas puede notarse solución ninguna de continuidad en la cultura ni un cambio de población. La Antropología también lo comprueba: tanto el cráneo del eneolítico inicial de puerto Blanco, como el de la misma época de la cueva del Tesoro, de Torremolinos (Málaga) y los de las extensiones almerienses de Cataluña (sepulcros de Villanueva y Geltrú y otros), de Valencia (cráneos de los sepulcros de Villarreal en la provincia de Castellón) y de Aragón
(sepulcro del Cañaret de Calaceite en Teruel) muestran el tipo dolicocéfalo mediterráneo que domina luego en las necrópolis argáricas de Almería del principio del bronce. En estas últimas entre la gran cantidad de cráneos pertenecientes a dicha raza figuran en proporción muy inferior algunos con otros caracteres que acusan la mezcla, y en muchos casos absorción por el pueblo de la cultura de Almería de otras razas de la península. Estos otros elementos no están todavía del todo estudiados, sobre todo en relación con los territorios no almerienses en que aparecen, de todos modos son varios y entre ellos aparecen incluso cráneos de tipo pirenaico occidental (los llamados así ya por Jacques, puestos en relación nuevamente con los vascos por Aranzadi). Todo ello no tiene nada de particular por tratarse en el principio del bronce de una época de intensa relación entre los pueblos de la península y extenderse la relación hasta la cultura pirenaica.

La extensión de la cultura de Almería por los territorios de Cataluña y Aragón en donde más tarde tienen sus fronteras los Iberos, así como la coincidencia de los principales hogares de dicha cultura de Almería con los de la cultura ibérica del E. de España (en el SE. de Valencia, en el Bajo Aragón y en Cataluña) se relaciona con el hecho de que en tal cultura ibérica existan significativas supervivencias arcaizantes de la cultura de Almería lo que indica que tampoco a través de la Edad del Bronce ni de la primera Edad del Hierro puede suponerse un cambio de población en tales territorios.

Todo ello nos llevo a la identificación del pueblo de la cultura de Almería con los antepasados de los Iberos ( 2 ).


( 2 ). La fundamentación arqueológica de nuestra hipótesis y la cita de la bibliografía pertinente pueden verse en nuestro anterior trabajo.

El problema etnológico vasco y la arqueología (Revista internacional de los estudios vascos, I.923). Aquí nos limitamos a resumir nuestros resultados con algunas nuevas consideraciones.



Es también importante para la comprensión de la etnología de los pueblos ibéricos y de sus vecinos que, a pesar del empuje hacia el N. de la cultura de Almería, las culturas de las comarcas montañosas del interior de Cataluña permanecen libres de invasores almerienses. La cultura tiene otro carácter (cultura de las cuevas, cultura pirenaica) y la antropología también (fuerte elemento braquicéfalo). Más tarde, en la primera y segunda edad del hierro, aparecen en tales comarcas también supervivencias arcaizantes, pero no de la cultura de Almería sino de las respectivas civilizaciones eneolíticas sobre todo de la de las cuevas. Por los textos además puede deducirse que sus pueblos no son ibéricos (Indigetas, Ceretas, Ausoceretas, Ausetanos) sino pre-ibéricos y solo fueron dominados por los Iberos en su extremo oriental, en la zona fácilmente accesible de comunicación con Francia. En todo ello tenemos también otros indicios de la persistencia en la península de los elementos étnicos del eneolítico y una delimitación del territorio ocupado por los Iberos.

El contraste de la cultura de Almería con estas supervivencias de otras culturas tiene por lo demás su paralelo en otras regiones en donde también existe, como en Andalucía, por ejemplo entre la cultura de Almería de la provincia de Granada y la del vaso campaniforme del valle del Guadalquivir. Siempre la cultura de Almería se destaca como algo con una fuerte personalidad en frente de los demás grupos étnicos y culturales, contraste tanto más de apreciar en relación con la etnología, en cuanto que se establece a veces en
territorios sumamente próximos y aun a pesar de existir mutuas influencias entre las diferentes culturas.


b) Cultura pirenaica y pueblo pirenaico.

En otros lugares hemos tratado de la personalidad bien marcada que ofrece la cultura pirenaica y de la necesidad de postular para ella un pueblo también distinto de los demás de la península. Tal pueblo no solo debió existir en el sentido histórico-social de la palabra sino también en el sentido antropológico ya que por ahora sus restos humanos acusan caracteres raciales autónomos dentro de las razas prehistóricas de la Península.

El pueblo pirenaico hemos supuesto que procedía de elementos étnicos del paleolítico superior franco-cantábrico que quedaron intactos en su región montañosa cuando los movimientos de pueblos del epipaleolitico extendieron por el NE. de Cataluña y por el SE. de Francia a los capsienses. Los indicios de tal permanencia los hemos encontrado en la repetición de las fronteras de las culturas del N. de España a través de los tiempos por una parte, por otra en la posibilidad de atribuir todas las que se desarrollaron en el Occidente del Pirineo a un mismo pueblo que se adapta a los nuevos ambientes producidos por los cambios de clima o por las corrientes culturales de otros lugares.

En el paleolítico superior toda la zona cántabro-pirenaica desde Asturias a Cataluña y por el N. incluyendo buena parte de Francia contrasta con la civilización capsiense del resto de la península.

En el aziliense en un momento inicial persiste tal distribución geográfica pero a fines de dicho periodo se rompe el frente con la invasión de los capsienses hacia el N. por la parte de Cataluña. Entonces no solo debió ser ganado por los capsienses el E. de Cataluña sino que todo el E. de Francia recibió la civilización del capsiense final (tardenoisiense) que cuando se ha encontrado estratificada en relación con los períodos anteriores aparece bruscamente sobre los yacimientos azilienses (grotte de la Crouzade cerca de Narbona) ( 3 ).


( 3 ). Ver Ph. Héléna, L'industrie «tardénoisienne» dans la région de Narbonne (Aude) (Tir. ap. de la Association française pour l'avancement des sciences. Congrès de Stsasbourg, ( I.920 ). Ver también nuestro trabajo sobre la etnología vasca, p. 8 y sig.


 

El territorio francés ocupado por la invasión tardenoisiense ve más tarde extenderse por él, lo mismo que el de Cataluña y de otras regiones capsienses de España, la civilización de las cuevas (cultura central española) y su límite extremo por el Oeste es el departamento del Ariège, próximo a uno de los caminos más fáciles de comunicación desde el NE. de Cataluña (por el Col de Puymorens), precisamente en donde ya en el epipaleolítico había tenido lugar el contacto entre las civilizaciones aziliense y tardenoisiense hallándose al lado de las estaciones azilienses puras (Mas d'Azil) otras en que esta cultura está muy influida por la del capsiense final o tardenoisiense (La Tourasse). Al W. del Ariège los Pirineos occidentales muestran, igual que el país vasco la misma falta de estaciones en el neolítico avanzado, cosa que contrasta con la de las de la cul-tura de las cuevas de todos los territorios rozados por los movimientos capsienses del epipaleolítico, tanto en el E. de Francia como en Cataluña.

A pesar de que en la zona vasco-cantábrica durante el protoneolítico aparece una cultura al parecer nueva (el asturiense) que por lo demás también aparece solo a lo largo del Pirineo incluso en Cataluña (en el Montgri en la Prov. de Gerona) (4) y de que parece aventurado postular una continuación de los pueblos antiguos a través de un largo período como el neolítico sin hallazgos, la única hipótesis que explica satisfactoriamente los hechos es la de la persistencia de dichos pueblos.

A pesar de las grandes diferencias entre la cultura asturiense y la del aziliense, cada día parecen descubrirse mayores lazos de unión entre ambas: el Conde de la Vega del Sella ( 5 ) cree que ciertos objetos de asta del asturiense no son otra cosa que la persistencia de los antiguos bastones de mando del magdaleniense y explica, de acuerdo con nosotros, la diferencia entre ambas culturas por los cambios de clima que se habían operado desde el magdaleniense.


( 4 ). Hallazgos todavía inéditos. Una corta nota de L. Pericot acerca de ellos en el Butlleti de la Associació Catalana d'Antropologia, Etnologia i Prehistoria I, 1.923, p. 206 - 207 .

( 5 ). El Asturiense (Memorias de la Comisión de Investigaciones paleontológicas y prehistóricas, Madrid I 9 2 3), p. 2 6 .



Efectivamente el «clima optimum» del asturiense con la extinción de las especies de los animales cuaternarios y por lo tanto con la desaparición de los principales elementos de vida de las tribus cántabro-pirenaicas debió reducirlas a la condición de comedores de mariscos, hacer inútil buena parte del antiguo utillaje paleolítico y epipaleolítico y transformar por completó su vida. De aquí que aparentemente nos encontremos con una civilización distinta. 

Por otra parte la naturaleza del terreno no se, presta para las grandes emigraciones hacia otros territorios en que la vida hubiese sido más fácil y así los valles pirenaicos continuaron albergando el mismo pueblo, que es probable que continuase también en el SW. de Francia. En el aislamiento de su territorio relativamente cerrado y lejos de los grandes centros productores de la civilización neolítica los cántabro-pirenaicos se transformaron en pastores, no siendo probable que la agricultura tuviese entre ellos un gran desarrollo, como tampoco lo tuvo mucho en las zonas montañosas ocupadas por la civilización de las cuevas.


c) Los movimientos pirenaicos del eneolítico.

En este estado de cosas debieron. llegar los tiempos del eneolítico en que se operó el gran cambio que dio lugar a la formación de la cultura pirenaica ( 6 ). 

Por una parte la limitación de su territorio por el W., con la introducción en la provincia de Santander de grupos de gentes de la cultura central. 

Por otra el intercambio que entonces se establece entre todas las culturas de la época y que propaga por el N. de España las formas sepulcrales megalíticas, a la vez que con la extensión de la cultura de Almería por el valle del Ebro vinieron sus gentes a ser vecinas de los pirenaicos, a los que acaso tratarían de sujetar (las gentes almerienses parecen haber sido un pueblo guerrero, como lo demuestran las armas que tanto abundan en el material de sus estaciones). Esta extensión almeriense debía ser de gran trascendencia para el pueblo pirenaico puesto que de la cultura de Almería tomó numerosos elementos de su civilización material: los tipos de sus puntas de flecha. el cobre, el vaso campaniforme.

 

Las civilizaciones del Occidente de Europa y la dirección de su movimiento de expansión y de sus relaciones.

 

Entonces los Pirenaicos aparecen con una cultura que a pesar de ser una resultante de la adopción de tipos en su mayor parte forasteros se destaca claramente de todas las demás a la vez que aparece dotada de una gran fuerza de expansión. Los Pirenaicos parecen convertirse en guerreros y conquistadores. haciendo correrías por territorios distantes de su verdadera zona propia. Así en Cataluña ocupan gran parte del territorio de la cultura de las cuevas y en Francia ( 7 ), a parte de los grupos del SW. en donde estaban desde mucho antes, como hemos visto que podía suponerse y en donde la cultura pirenaica tiene particularidades locales, los pirenaicos desde Cataluña avanzan hacia el N. llegando a los Cevenas y pasando el Ródano alcanzando las estribaciones occidentales de los Alpes, a la vez que sus tipos, particularmente sus armas, influyen mucho más allá: todo el valle del Ródano hasta Lorena y el Franco Condado y aun el Mosella y el Rhin reciben las puntas de flecha pirenaicas que se aclimatan en una civilización peculiar de estos territorios en el eneolítico («camps retranchés») que acaso fue el intermediario para la transmisión del vaso campaniforme al Centro de Europa. En la Alta Savoya y en el Jura francés, por otra parte, se verifican otros contactos de las influencias pirenaicas con las culturas indígenas. 

En Savoya no solo tenemos el hallazgo del vaso campaniforme de Cranves, sino que la sepultura de Fontaine le Puits, perteneciente al grupo de las «tombe a fosse» o «Hockergräber» que representa una importante cultura del N. de Italia y de Suiza, ofrece gran abundancia de puntas de flecha de silex que, dado el vecindaje de las extensiones culturales pirenaicas, pueden explicarse acaso como una influencia de éstas. En la misma Savoya y en el Jura francés al extenderse por sus territorios la civilización de los palafitos suizos vuelve algo más tarde (principios del bronce) a manifestarse el intercambio con la cultura pirenaica que ha arraigado al parecer fuertemente en el SE. de Francia y que entonces además avanza por el N. del Garona hasta cruzarse en la Charente con las demás culturas del N. de Francia.

Esta extraordinaria extensión de la cultura pirenaica no podemos explicarla de otra manera que como un verdadero movimiento de pueblos, siendo inexplicable tan solo desde un punto de vista de relaciones pacíficas. Se trata en el SE. de Francia casi siempre de una verdadera sustitución de culturas no existiendo ningún lazo de unión entre la pirenaica y la anterior de las cuevas. Ciertamente algunas veces aparecen ambas culturas mezcladas, lo que habla en pro de la permanencia del pueblo anterior, con el que los pirenaicos se mezclarían a la larga. Incluso es natural suponer que en el E. de Francia como en buena parte de Cataluña los pirenaicos debieron ser absorbidos por los indígenas que constituirían una población más densa. Todo ello no importa para que de momento en el eneolítico la entrada de la civilización pirenaica en el E. de Francia representase una verdadera invasión con sus bases de operaciones en las Alberas de una parte y en el paso del Col de Puymorens de otra. De nuevo el valle del Ariège vuelve a ser el extremo occidental de la extensión de un movimiento de pueblos llegado de España. Por lo demás el carácter guerrero de la invasión lo demuestra el hallazgo de huesos humanos con puntas de flecha clavadas en ellos (8).


( 6 ). Acerca de la cultura pirenaica, además de la bibliografía citada en nuestro trabajo sobre la etnología vasca, ver el nuevo libro de L. Pericot, La civilización megalítica catalana y la cultura pirenaica (publicación de la Universidad de Barcelona) (Barcelona 1.925).

( 7 ). Acerca de las civilizaciones de Francia ver el trabajo próximo a publicarse en la Revue anthro con J. de C. Serra-Ráfols): E t ud pologique (de nosotros en colaboración es sur le néolithique et l'énéolithique de France, del que se dio un avance en la propia revista 1.924, p. 4I9-420 a propósito de una conferencia nuestra en el Congreso de Toulouse celebrado en el mismo año por el Instituto internacional de Antropología.

( 8 ). Cazalis de Fondonce: Les allées couvertes de la Provence II. (Paris, 1.878), lam.11, núm. 18, vértebra con una flecha de silex clavada en ella, de la galería cubierta Grotte du Castellet (Bouches du Rhône).


 


d) Los elementos pirenaicos en los pueblos históricos.

Así en el extremo oriental del Pirineo, en Cataluña y en el E. de Francia la cultura pirenaica y su pueblo se superpusieron a la cultura de las cuevas y a su pueblo descendiente de los antiguos capsienses, pero a su vez conteniendo un estrato anterior étnico análogo a los nuevos invasores por proceder como ellos de la civilización franco-cantábrica del paleolítico. De todo ello debió resultar una mezcla, en la que no dejarían de persistir elementos pirenaicos.

Cuando a través de la Edad del Bronce, mal conocida, pasamos a la Edad del Hierro en Cataluña aparecen en las regiones montañosas grupos de hallazgos que, como se ha dicho, son supervivencias arcaizantes de la cultura de las cuevas del eneolítico y los textos hablan de pueblos que podemos suponer no ibéricos (Ceretas, Ausoceretas, Ausetanos, Indigetas) ( 9 ). 

En Francia, si bien la arqueología no ofrece nada semejante, probablemente porque allí, como en la zona costera catalana los movimientos célticos y la cultura de Hallstatt importada por ellos borraron las trazas de las culturas indígenas ( 10 ), los textos claramente permiten ver que por debajo de los invasores históricos hay un estrato de pueblos indígenas que parece representar el mismo fenómeno que las tribus mencionadas de Cataluña; tales son los Sordones (estos últimos extendidos a una y otra parte de las Alberas, por lo tanto llegando a rozar la actual Cataluña) y los Elisices (Narbonés y otros lugares). Desgraciadamente de la zona interior del Pirineo no dicen nada los textos, pero lo probable es que el estado de cosas derivado de los movimientos del eneolítico persistiera a pesar de posibles infiltraciones célticas.

Tenemos así elementos pirenaicos en todo el Pirineo y en las regiones vecinas. La densidad de aquellos y la proporción en que se encontrasen en los pueblos posteriores respecto de los demás elementos que los componían y que los desnaturalizaron es imposible conocerla. Basta sin embargo para nuestro propósito comprobar la posibilidad de dichas supervivencias pirenaicas hasta muy tarde en el E. del Pirineo.

En el NW. de Francia (Gascuña, Béarn, Aquitania) seguramente las supervivencias pirenaicas tuvieron una importancia mucho mayor todavía, puesto que allí no fueron borrados antes del eneolítico los núcleos indígenas de población emparentada con la pirenaica por el movimiento de los capsienses, como lo demuestra la personalidad propia de su cultura en el eneolítico. Las infiltraciones de celtas en la primera Edad del Hierro podrían influir más o menos en la población y en la cultura de aquellas regiones, pero debieron
dejar casi intacto al elemento indígena, que no es extraño que subsistiera también debajo de los más recientes dominadores, los Aquitanos ibéricos, que aquí como en el E. de Francia y en NE. de Cataluña no borraron la manera de ser de aquellos.


( 9 ). Los Indigetas, sin embargo, además de sus elementos indígenas, que debieron constituir la parte principal del pueblo, contenían mezclas célticas e ibéricas. Ver nuestro Assaig de reconstitució de la Etnologia de Catalunya (Barcelona 1. 922, Discurso de la R. Academia de Buenas Letras).

( I0 ). Acerca del S. de Francia y los primeros movimientos de Celtas durante la primera Edad del Hierro ver una conferencia nuestra en la Associació Catalana d'Antropologia, Etnologia i Prehistoria, que aparecerá en su Butlleti ( 1.925).


 


e) El pueblo pirenaico y los vascos.

En las comarcas del interior del Pirineo, sobre todo en las occidentales (país vasco) se conservó el pueblo pirenaico seguramente con mayor pureza. Desgraciadamente no se han conservado allí restos arqueológicos que puedan serle atribuídos ni de la Edad del Bronce ni de las edades del Hierro. Hay que deducir por indicios de los países vecinos. Así, en los del N. de España (provincias de Santander, Burgos, Asturias) la evolución de la cultura de la Edad del hierro parece indicar la tendencia a la formación de tipos locales que acusan el carácter indígena de la población, aparte de que la cultura ibérica de Aragón tiene sus hogares principales en la línea del Ebro central, desde donde tan solo hacia el siglo III comienza su expansión hacia el Centro y N. de España (formación de los pueblos Celtibérico y Cántabro). Asimismo solo hacia el siglo III puede imaginarse que elementos ibéricos del SW. de Francia (Aquitania), empujados por las invasiones galas buscasen un asilo seguro al otro lado de los pasos de Jaca (Jacetanos), perdiéndose entre la población pirenaica que allí debieron encontrar. Así los más recónditos valles pirenaicos, especialmente el país vasco, no fueron tocados por los movimientos históricos de los Iberos, lo mismo que antes no habían sido afectados por los grandes movimientos célticos de fines de la época de Hallstatt, habiendo quedado también libre de Celtas el país vasco, a pesar de haber cruzado aquellos su parte oriental (Navarra por Roncesvalles).

Todos estos indicios de la persistencia de los pueblos indígenas pirenaicos en los valles vascos es comprobada también por la antropología, con lo que el problema etnológico vasco es resuelto de igual manera por la Arqueología y por la Antropología, indicio de la legitimidad de las conclusiones. El tipo moderno de los vascos, que no es ni mediterráneo ni camita, tiene sus precedentes en los restos humanos, en particular en los cráneos de los sepulcros megalíticos pirenaicos del eneolítico. Con ello el pueblo vasco resulta ser netamente europeo, haciendo imposible la identificación de los vascos con los iberos el contraste de la cultura pirenaica y de la raza pirenaica occidental (Aranzadi) de una parte respecto de la cultura de Almería y su raza mediterránea de otra, ya que de las gentes pirenaicas occidentales debieron salir los vascos, así como de las de la cultura de Almería proceden los Iberos.

Ambos pueblos serían por lo tanto de origen radicalmente distinto, aunque muy pronto pudieran tener lugar entre ambos contactos culturales (tipos de utillaje almeriense en la cultura pirenaica, probablemente procedentes de las comarcas del Ebro) ( 11 ). 

Tales contactos de todos modos no permiten suponer una iberización de los vascos.


( 11 ). Acerca de los contactos de la cultura de Almería con la pirenaica ver lo dicho en nuestras anteriores publicaciones, en el libro citado de Pericot y en nuestro articulo: Notes de Prehistòria aragonesa (Butlleti de la Associació Catalana d'Antropologia, etc. ( 1.923) especialmente en las págs. 37 a 42 .


 


II.--EL PROBLEMA DEL ORIGEN DEL PUEBLO DE LA CULTURA DE ALMERÍA EN ÁFRICA.


Después de haber llegado a la conclusión de que los Iberos proceden de los pueblos de la cultura de Almería así como de que estos son distintos tanto de los vascos como de los demás pueblos procedentes de las antiguas oleadas capsienses, que perduran en los de las culturas del centro y S. de España, es preciso preguntarse: ¿de dónde proceden por lo tanto los almerienses y con ellos los Iberos?.

Vamos a prescindir de momento de las soluciones de la Filología y solo tener en cuenta los indicios arqueológicos, antropológicos y geográficos. Tan solo cuando hayamos llegado a conclusiones satisfactorias con ayuda de los métodos no filológicos podremos compararlas con los resultados de la investigación lingüística y ver si pueden ponerse de acuerdo.


a) Posibilidades geográficas y culturales.

Desde un punto de vista geográfico hay que notar ante todo que la cultura de Almería en sus principios es esencialmente litoral y reducida a la provincia de Almería (cuencas de los ríos Antas y Almazara) y que solo en sus fases ulteriores se extiende hacia adentro, siguiendo entonces una dirección de S. a N. por la costa oriental de la península así como por el S. partiendo de la costa de Almería marcha hacia el W. Por tal motivo parece imposible que la cultura de Almería pueda ser de origen español y tiene que admitirse que es forastera procediendo de los países mediterráneos o de África.

El origen mediterráneo parece difícil de admitir, ya que en las islas del Mediterráneo occidental así como en Italia, en el neolítico no se encuentra nada que pueda considerarse emparentado con la civilización que nos ocupa. Difícilmente encontraríamos paralelos almerienses en la cultura de Stentinello de Sicilia o en las demás paralelas de Italia, que caen antes de la época de la cultura de Remedello del eneolítico, en la que ya existe una relación con España. 

 

Reconstitución de los movimientos ibéricos.


ABREVIATURAS: 

Neol. fin. = neolítico final.

En. in. = Eneolítico inicial.

Pl. En. = Pleno eneolítico.

E. del Br. = Edad del Bronce.

Hierro I = Primera Edad del hierro.

Tar. = Tartesios.

Dichas culturas pueden compararse mejor con la civilización central española, a causa de sus motivos en relieve (cordones con impresiones digitales) o incisos (como en la cultura de las cuevas de España). Tal parentesco, que puede establecerse también con la civilización análoga de las cuevas del S. de Francia se debe probablemente al origen común de todas ellas en los pueblos derivados de los capsienses del paleolítico y epipaleolítico. Sobre este estrato étnico indígena se colocan en España lo mismo que en otros lugares los pueblos forasteros que invaden durante el curso del neolítico y eneolítico. En España tales forasteros son los almerienses, en Italia tienen diversos orígenes, que de momento no nos interesan.

Todos los fenómenos que en Italia o en el Mediterráneo occidental se hallan relacionados con la cultura de Almería pertenecen a un período avanzado, al pleno eneolítico y son en sus respectivos territorios tan forasteros como la cultura de Almería en España: así la cultura de Anghelu-Ruju de Cerdeña, la de Villafrati de Sicilia y diversos elementos del eneolítico del Centro y N. de Italia, en particular de la civilización de Remedello (vasos campaniformes, ciertos tipos de silex y de cobre, acaso también la cerámica de superficie pulimentada (y sin ornamentos con formas esferoidales y cuello cilíndrico, la llamada «botiglia», parecida a la cerámica típica de la cultura de Almería).

Con ello no es preciso suponer que tales fenómenos emparentados con los almerienses procedan de una invasión de gentes españolas. Algunos pueden proceder directamente del lugar de origen de la misma cultura de Almería, otros haber llegado a Italia desde España por relaciones comerciales: precisamente el eneolítico es una época de intensa comunicación entre los pueblos de Europa, comunicación que da por resultado un gran intercambio.

El origen de las gentes almerienses, por lo tanto, no hay que buscarlo en Italia ni en las islas del Mediterráneo occidental. En Grecia, Creta o en el Mar Egeo sería todavía más inverosímil buscarlo, pues de aquellos remotos tiempos la arqueología no nos ofrece nada comparable a la cultura de Almería. Las relaciones de España con el Egeo que han querido comprobarse, se refieren todas, con la única excepción del ídolo del Gárcel, que se comparaba a los de Troia, a la cultura de El Argar, que se corresponde cronológicamente con las civilizaciones egeas de principios del Bronce, a parte de que tales paralelos son sumamente problemáticos, por lo que puede decirse que todavía no se ha ofrecido una verdadera prueba de la posibilidad de relaciones de España con el Este del Mediterráneo en tiempos tan antiguos ( 12 ).


b) Las civilizaciones del Africa menor en el neolítico y eneolítico.

Así como para tiempos anteriores al eneolítico no hemos podido comprobar relaciones directas de España con el Mediterráneo occidental, el N. de África mantuvo siempre estrecha relación con la península ibérica, pudiéndose decir que su evolución cultural es perfectamente paralela.

Tal paralelismo se acusa por una parte en los signos rupestres análogos a los del arte esquemático español de los períodos postpaleolíticos ( 13 ), pero además en toda la cultura del llamado «neolithique des cavernes» (ver particularmente la cerámica de la cueva de Redeyef en Túnez) ( 14 ), estrechamente emparentada con la cultura de las cuevas de España. Como que el NW. de Africa fue antes uno de los hogares principales del capsiense, no tiene ello nada de particular ( 15 ). 

Pero lo que más nos interesa para nuestro propósito, es lo mucho que ofrece el llamado aneolithique saharien» ( 16 ) que puede compararse a fenómenos de la cultura de Almería.

Se trata principalmente de los tipos de las puntas de flecha de silex idénticas a las de Almería, de la cerámica sin decoración y finalmente de los tipos sepulcrales. 


( 12 ). El paralelismo tipológico del ídolo del Gárcel y los de Troia y el Egeo, aunque fuese legítimo establecerlo, no probaría nada por pertenecer el primero al neolítico final y ser posteriores los demás. Creemos los ídolos  españoles independientes de la evolución oriental, ya que entran aquellos de lleno en el marco de cultura indígena y que no solo abundan en la civilización de Almería sino que existen también en el territorio de la central (representaciones del arte rupestre andaluz, ídolo del Acebuchal de Carmona). La independencia de la evolución cultural española tiene gran trascendencia pues hace imposible admitir una inmigración de origen oriental, como tan frecuentemente se ha su puesto. Ver más adelante acerca de otros pretendidos contactos con el Oriente histórico.

( 13 ). Ver L. Frobenius y H. Obermaier, Hádschra Máktuba, Urzeitliche Felsbilder Kleinafrikas (Veröffentlichungen des Forschungsins titutes für Kulturmorphologie, Wolff, Munich, en curso de publicación), l á m . 58, 61, 64, 66, del valle del Dermel. En la lámina 118 (pinturas del Oued Bou Aluan cerca de Kerakda) puede verse una representación de animales muy parecida a las no del todo esquemáticas del S. de España, por ejemplo de la Laguna de la Janda (Cabré-Hernández-Pacheco, Avance al estudio de las pinturas prehistóricas del extremo S. de España: Laguna de la Janda, en las Memorias de la Comisión de investigaciones paleontológicas y prehistóricas, 1.914 ) y de la Cueva de los Letreros de Vélez Blanco (Breuil, Les peintures rupestres anciennes découvertes, en el schématiques d'Espagne, Les Butlleti de l'Assotiació Catalana d'Antropologia, etc. II, 1.924, lám. IX-X).

( 14 ). E. Gobert, L'abri de Redeyef (L'Anthropologie, 1.912, p. 151 y sig.).

( 15 ). Seria muy interesante seguir estos paralelos, cosa imposible en este lugar. Indudablemente podría encontrarse mucho también en la Antropología que ayudaría a comprender mejor tales relaciones. Desgraciadamente la antropología de las culturas españolas que parecen haberse desarrollado sobre la base de la capsiense esta todavía por estudiar científicamente. La cosa, sin embargo no es tan sencilla como suele creerse por muchos antropólogos. Tanto en Portugal. como en Andalucía aparece desde un principio una gran mezcla de razas dolicocéfalas y braquicéfalas, a veces con caracteres negroidas, como en la población capsiense final (epipaleolítico) de Mugem en Portugal. En el neolítico y eneolítico, aunque los rasgos negroidas se hayan borrado notablemente, no han desaparecido del todo (uno de los cráneos de Cesareda y otros, aunque no tan claros de los Alqueves, Alcobaça, etc.). Acerca de la antropología de Mugem ver A. A. Mendes-Corrêa, Nouvelles observations sur l'Homo Taganusnob. (Revue Anthropologique XXXIII, 1.923, núms. 11-22) ; acerca de los períodos posteriores de Portugal ver del propio autor: Os povos primitivos da Lusitania (Porto, 1.924), p. 206 y lám. XI (trabajo de conjunto). 

La antropología de la cultura central española no cuenta más que con descripciones monográficas de cráneos que parecen acusar una mezcla de razas semejante a la de Portugal.

La antropología del «neolithique des cavernes» se conoce a través de varios cráneos de la cueva de Redeyef, que tienen rasgos negroidas, según Gobert. Que en esta cultura africana también hay mezcla de razas con braquicéfalos como en España permite considerar ya de otra manera y no como un fenómeno aislado la raza braquicéfala de Gerba (Ver Bertholon, Exploration anthropologique de l'île de Gerba, en L'Anthropologie, 1.897 , p. 407 y sig.).

( 16 ) Acerca de la sistematización del neolítico del Noroeste africano ver P. Pallary, Le préhistorique saharien (L'Anthropologie 1.907, p. 141 y sig.); id. Instructions pour les récherches préhistoriques dans le nordouest de l'Afrique (Alger, Jourdan, 1.909); E. Gobert, Introduction à la palethnologie tunisienne (Cahiers d'archéologie tunisienne, Tunis,
2e serie, 2ème cahier, 1.914 ).-- Hay que notar que cuando en la bibliografía se habla de enéolithique berbere» se trata del grupo paleolítico llamado «atérien», reconocido como tal por primera vez por Maurice Reygasse (ver Reygasse, Nouvelles études de palethnologie maghrébine en Recueil des notices et mémoires de la Societé archéologique du departement de Constantine, 1.919 - 1.920, vol. LII, p. 513 y sig.) y del mismo, Etudes de palethnologle maghrébine, deuxième serie, Constantine, Imprimerie D. Braham, 1.922). 

Antes se tenía el «ateriense» por neolítico a causa de no haberse encontrado más que en forma de hallazgos sueltos de puntas de silex que parecían tipos análogos, aunque mucho más toscos, a las puntas de flecha pedunculadas del eneolítico del Sahara. Reygasse ha encontrado el «ateriense» por primera vez en capas arqueológicas seguras y luego Obermaier y Pérez de Barradas han podido considerarlo como una variedad del musteriense gracias a los hallazgos de las estaciones paleolíticas de los alrededores de Madrid: Ver, J. Pérez de Barradas, Nuevas civilizaciones del paleolítico de Madrid (Butlleti de l'Associació Catalana d'Antropologia, etc., II, 1.924, p. 1 y sig.) y H. Obermaier y J. Pérez de Barradas, Las diferentes facies del musteriense español y especialmente de los yacimientos madrileños (Revista de la Biblioteca, Archivo y Museo del Ayuntamiento de Madrid, I, 1.924, p. 143 y sig.).

--Esperamos en otro lugar estudiar más detenidamente los paralelos que ofrece el neolítico africano con el español, limitándome solo a apuntar lo más esencial.



Estos últimos en la cultura del Sahara ofrecen distintas formas de enterramiento bajo túmulos de piedra, pero en ningún caso trata de verdaderos sepulcros megalíticos, aunque algunas veces se hayan podido tomar por «dólmenes» ciertas cajas de piedra que aparecen tanto en Almería como en África y que ofrecen una semejanza tan solo aparente con los sepulcros de la verdadera evolución megalítica, tratándose de una mera convergencia ( 17 ). 

Tales falsos dólmenes son simples hoyos que se han provisto en su interior de piedras para proteger el sepulcro contra los derrumbamientos de tierras y que ofrecen variadas formas en planta (oval, redonda, cuadrada). Cuando el túmulo no se ha conservado, quedando solo las piedras de revestimiento del hoyo es fácil confundir tales sepulcros con una pequeña cista megalítica.


c) Cultura de Almería y cultura del Sahara.

Desgraciadamente no conocemos bien la evolución de las etapas primitivas de la cultura del Sahara. Pero parece seguro que los sepulcros mencionados, aunque en su mayor parte pertenecen a la Edad del Bronce y aun a la del Hierro, comenzaron ya en el eneolítico: véase por ejemplo el túmulo de El Begri en el que según Frobenius se encontraron puntas de flecha de silex de tipo almeriense ( 18 ).

Con ello se obtiene un importante paralelo y se da un paso adelante para investigar el origen de la cultura de Almería. La civilización del Atlas y del Sahara parece ser originariamente una cultura del interior de África, desarrollada sobre todo en los bordes septentrionales del Sahara, entonces seguramente más habitables que ahora, y que muy pronto debía introducirse en el territorio propiamente dicho del Atlas, en donde existía en calidad de civilización indígena la capsiense y su sucesora la cultura de las cuevas. Que el avance de los pueblos del Atlas y del Sahara pudo terminar pasando el Mediterráneo y yendo a parar en la costa española de enfrente (precisamente Almería) parece muy verosímil. Con ello se obtiene la posibilidad de que la cultura de Almería y las con ella emparentadas del Occidente del Mediterráneo (especialmente las de Cerdeña y de Sicilia) se desarrollasen por pueblos procedentes del NW. de África y precisamente de la cultura del Sahara. El camino de su expansión pudo partir del S. de Túnez y del verdadero Sahara, atravesando los pasos del Atlas y llegando a la costa, desde donde tuvo lugar la expansión por el mar en distintas direcciones. Para Almería hay que suponer el punto de partida en la región de Orán.

Si la cultura de Almería puede suponerse de origen africano y éste buscarse en la del Sahara, no es preciso titubear mucho para poner en relación al pueblo de aquélla con los pueblos camitas del África del Norte. La cultura del Sahara, por su parte, parece relacionarse en tiempos posteriores con los pueblos camitas de Marruecos, Argelia y Túnez, habiendo existido sin duda también cierto parentesco, sobre todo en los tiempos de sus primeras expansiones, con Libia, Egipto y Nubia, en las épocas predinásticas y de las primeras dinastías ( 19 ).

Desde el punto de vista antropológico, los almerienses ( 20 ) están estrechamente emparentados con la raza mediterránea y con los pueblos camitas. Desgraciadamente no tenemos ningún estudio verdaderamente científico de estos paralelos ( 21 ), así como no conocemos la antropología de los Iberos históricos por ser sus sepulcros todos ellos de incineración, por lo que no se han conservado restos humanos suyos susceptibles de ser estudiados. En todo caso no parece aventurado decir que los almerienses y los iberos históricos (a juzgar por las representaciones de la escultura ibérica y por la antropología moderna de las regiones en donde tuvieron sus principales hogares: el E. de España hasta el Ebro, Aragón) parece que deban suponerse análogos a los bereberes actuales y en general a los camitas ( 22 ).


( 17 ). Acerca de las distintas formas sepulcrales que se relacionan con los llamados "dólmenese del N. de África", ver L. F robenius, Der klein afrikanische Grabbau (Prähistorische Zeitschrift, VIII, 1.916, p. I y sig.).

( 18 ). Frobenius, lug. cit. p. 61, fig. 28-29. Plano y sección del sepulcro de referencia en la fig. 4 de la pág. 11. 

( 19 ). He aquí la opinión de J. Morgan: «Le Sahara et la Tunisie montrent une industrie qui offre beaucoup d'analogie avec celle de l'Egypte (L'humanite préhistorique, Paris, La Rennaissance du livre, 1.921, p. 97) (serie L'évolution de l'humanité, publicada por H. Berr).

( 20 ). V. Jacques, capítulo «Ethnologier en el libro de H. y L. Siret, Les premiers âges du métal dans le SE. de l'Espagne (Anvers, 1.887, p. 335 y sig. Ver las págs. correspondientes de la traducción castellana.

( 21 ). No podemos entrar en esta cuestión. Acerca de los problemas de las razas del N. de África ver la bibliografía renida en F. Stuhlmann, Ein kulturgeschichtlicher Ausflug in den Aures (Atlas von Südalgerien) (Hamburg, Friederichsen, 1.91 ) p. 126. Ver también F. von Luschan Hamitische Typen, en las pág. 241 y sig. de C. Meinhof, Die Sprachen der Hamiten (Hamburg, Friederichsen, 1.912).

( 22 ). Podría aducirse también otro indicio: los animales domésticos que ofrecen también notables paralelos de España con el N. de África.

Ver Adametz, Herkunft und W anderungen der Hamiten, erschlossen aus ihren Haustierrassen (Viena, Verlag des Forschungsinstitutes für Osten und Orient, 1.920) p. 51 y sig. De todos modos como que animales domésticos «camitas» no solo aparecen en España sino que llegan muy lejos en el Occidente de Europa, hasta las islas Británicas: en donde a pesar de todo lo que se dice sobre ello, no existe población «ibérica», debe prescindirse por ahora de utilizarse tales animales domésticos como prueba del origen «camita» de los iberos. Sin embargo este método, todavía no del todo maduro, está llamado a dar resultados interesantes, incluso para la etnología vasca. Esperamos que se publique pronto el estudio que A. Staffe tiene en preparación acerca de las razas de animales domésticos del país vasco y de otros lugares de la península. La importancia de los animales domésticos para el estudio de las emigraciones de pueblos puede verse también en el trabajo de A. Rosell, L'origen de la raca bovina marinera (Butlleti de l'Associació Catalana d'Antropologia, etc., II, 1.924, p. 67), aunque no se trate en él de nada relacionado con el problema que aquí nos ocupa.



El origen de los almerienses, si todo esto es cierto, vendría a quedar involucrado en el problema del origen de los camitas, cosa de la que aquí no podemos tratar. El haber comprobado por medios arqueológicos el origen inmediato de los Almerienses-Iberos en el N. de África y haber encontrado un marco cronológico y geográfico seguro para el problema, no parece, sin embargo, que sea un resultado del todo insignificante.