Vitoria-Gasteiz :: Arqueología.


 

 

Los Dólmenes Clásicos Alaveses.

Nuevos Dólmenes en la Sierra de Entzia (Encía).

POR ENRIQUE DE EGUREN.

 

La Sociedad de Estudios Vascos, en 1924, tuvo el acierto de establecer Delegaciones de su entidad en las capitales de las diversas regiones del País, y bien pronto, precisamente la primera, quedó constituída en Vitoria.

Por otro lado, la Exposición permanente que, por mi modesta intervención ( 1 ), la Sociedad estableciera el mismo año, en. uno de otros muchos datos, constituirán estos motivo de excavaciones que se han de realizar en campañas venideras.

No ha sido posible acudir a la campaña al Sr. Barandiarán, retenido por trabajos de índole semejante en otros lugares del País.

Esta circunstancia ha podido dar motivo a mis compañeros para encargarme la redacción de esta Memoria.

Esta designación que acepto gustoso y agradezco sinceramente, deseo que colme sus anhelos; y sometido el encargo a su previo examen, advierto al lector, a que se considere este trabajo como una recapitulación de datos proporcionados por el Dr. D. Luis Heintz, y los Licenciados en Ciencias D. Marcelo Alonso, D. Constantino Diez, D. Pedro Lorentz y otros Profesores del Colegio de Santa Maria (Marianistas) de Vitoria, el presbítero D. Tomás de Atauri, y el Profesor del Instituto de Vitoria D. Lorenzo de Elorza, verdaderos compañeros de fatigas, y de eficacísima colaboración.


( 1 ) No se trata más que de una propuesta, ya formulada en 1918 a la Diputación de Álava y no atendida por razones económicas, en la que se recogió las ideas vertidas hacía años.

Quede, pues, la iniciativa en pro del glorioso recuerdo de aquellos ilustres alaveses que la sintieron y esbozaron, pero que, a pesar de sus buenos deseos, no lograron ver cumplidos sus propósitos.

Decía a este respecto D. Eduardo de Velasco en I892 : «Mucho tiempo va transcurriendo desde aquél en que la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País vio deshechas sus ricas colecciones e hizo a la Provincia entrega por mano del Marqués de la Alameda de algunos objetos cuyo catálogo obra (si no estoy equivocado) en poder de mi querido amigo D. Joaquín de Urbina.

Mucho también desde los días que el diligente investigador y colector alavés D. Lorenzo del Prestamero reunió copia de antigüedades en nuestra provincia. (El Museo Alavés.-- Rev. Euskal-Erria; tom. 27, pág. 54).

Han pasado treinta y tres años desde que el Sr. Velasco diera la voz de alerta, y aparte de cuanto tiene referencia oficial en la nota transcrita de lo que nada se sabe y seguirá durmiendo el sueño de los justos en legajos y archivos, permítaseme adelantar que, cuando menos, se atisba una esperanza en la reorganización de algunas colecciones de la procedencia a que alude aquella.

Es ello debido al generoso desprendimiento de los Sres. de Verastegui (D. Pedro), quienes han cedido gustosos los materiales de estudio, que conservaban sus ilustres antepasados desde aquella época.

He aprovechado la referencia del Sr. Velasco, que no cita otro alavés insigne D. Federico de Baraibar, en su preámbulo a la idea sentida acerca del particular, por éste iniciada en el Instituto de Vitoria (Museo incipiente.-- Madrid, 1912) .

Por lo menos, hoy, nos encontramos en muy distintas condiciones a las que por este motivo señala el. P. J. del Vallado ( Arqueología (Geograf. del País Vasco-Navarro; pág. 831) .

Aunque tarde, se ha conseguido llevar a la práctica lo que, en tantos años fueron acertados proyectos.



Los Dólmenes Clásicos Alaveses.

De algún modo han de ser designados los dólmenes enclavados en la llanada alavesa, que fueron reconocidos en la primera mitad, o poco después, del siglo pasado, y que además de ser ejemplares de gran vistosidad y arquitectura asombrosa, fueron los únicos advertidos durante muchos años.

Cuando menos, el calificativo, servirá. para distinguirlos de otros muchos conocidos en nuestros días, en un período de hace diez años a la fecha, en ocasión de iniciarse una exploración detenida y sistemática, que ha proporcionado y está de continuo ofreciendo nuevas manifestaciones megalíticas, si bien no alcancen la magnitud y suntuosidad de los primeramente advertidos.

Las circunstancias que concurrieron en el momento que se apreciaron las primeras construcciones prehistóricas de este género en Álava, fueron sin duda factores que determinaron las muy escasas referencias que de ellas poseemos. Y, si a esto se une, alguna que otra inexactitud en la apreciación, tanto más disculpable en razón de los conocimientos de la época; la casi, puede decirse, absoluta pérdida lamentable de los objetos hallados; y en definitiva, la falta del dato obligado, que anejo reclama la precisión con que hoy se lleva a cabo esta clase de estudios, son en suma condiciones que mantenían pendiente una obligada requisición en los tiempos actuales, para confirmar o rectificar, aducir y completar los datos que reclama el interés científico.

De otra parte, implica la revisión del estudio realizado años atrás en estos dólmenes, la gran importancia que revelan no sólo por su tipo de construcción sino más bien por la grandiosidad de la misma, en particular el de Aitzkomendi, en las inmediaciones de Eguilaz.

Al hablar de importancia e interés grandísimos, no se trata de una opinión privada, desprovista de fundamento y aseveración científicos; de un afán desmesurado de encomiar lo de casa, que tan cerca se posee y tanto se desconoce. A este respecto no hago más que traducir la impresión de la autoridad y competencia del Profesor Dr. Hugo Obermaier, quien en su visita efectuada el verano de 1924, reflejaba su opinión en estas palabras: «Admirable, soberbio; dentro de su tipo, es ejemplar de lo mejor que se conserva, y magnífico entre los que conozco. Bien merece una reproducción a escala reducida que perpetúe su presencia en un Museo Alavés ( 1 ), que mueva la curiosidad de propios y extraños para conocer esta joya que Álava posee; es acreedora de un viaje, a ella exclusivamente dedicado» ( 2 ).

Bien es verdad, que no ha menester alegar un recurso semejante para convencerse, al mero examen de estos monumentos, del esfuerzo que supone su construcción.

A este propósito, podría decirse, que casi son desconocidos por los de casa, ignorados en el País; es verdaderamente lamentable que sean contadas las personas cuya curiosidad les ha intrigado a visitarlos, y sin embargo, cuantos los han contemplado, se sienten realmente menguados y empequeñecidos ante la potencia que reclama su erección no obstante la sencillez de su tipo.

Este desvío que, en general, se advierte hacia lo que todavía se da por llamar raro, y se considera su conocimiento como patrimonio exclusivo de un corto número de personas, calificadas por sus aficiones no ciertamente con gran aprecio, se debe sin género de duda a la forma con que se relató la primera investigación, y quedó expuesta la labor escudriñadora de los hallazgos, de sus tipos y aplicaciones.

En efecto, cabe referir, única y exclusivamente, a los llamados eruditos de la época, la intervención en la observación y examen de estos monumentos; las noticias proporcionadas por aquellos pasaron al artículo, al libro, y sin que lograran llamar la atención no ya del vulgo sino del estudioso y competente, cayeron en el vacío entre el cúmulo de las cosas extrañas y sin interés, con que se creía que entretenían sus ocios y atribuían a rareza, el desinterés y entusiasmo del hombre de estudios de aquel tiempo.


( 1 ) La idea no sólo ha sido ya ejecutada sino que de la «maquette», admirablemente obtenida a escala 1/10  del tamaño natural por el escultor alavés D. Isaac Diez, figuran ejemplares en el Museo de la Escuela de Artes y Oficios de Vitoria, Museo Arqueológico de Madrid, Museo Etnográfico de San Sebastián, Museo del Centro de Investigaciones arqueológicas de Barcelona, y Museos de los Colegios de Santa María de Vitoria, y Ntra. Sra. del Pilar, en Madrid. 

( 2 ) Vida Colegial. Revista del Colegio S. Maria de Vitoria; n.º 8, pág. 12,  septiembre.; Vitoria,



Ahora bien, frente a la apatía por nuestras propias cosas, resalta mucho más el interés extraño; así ha sucedido en este caso, que de por sí atrajo a la ciencia e incluso al turismo.

No está, pues, hoy demás, el señalar con toque de atención a la juventud que cultiva el estudio, a la que rinde culto al sport físico (entiéndase bien, que, no es la llamada para quien a él está entregado), a esa juventud que halla en la Naturaleza la salud, el sosiego y reposo de su vida desenvuelta en el estudio y la diaria ocupación, a la que dedicada al alpinismo alavés desenvuelve su vigor reconociendo paso a paso el País, para que no olvide que en la llanada alavesa hay algo muy digno de ser visitado. La presencia de tales monumentos abrirá sus ojos hacia aquella vida propiamente natural entre los bosques frondosos que, muy parecidos a los llamados montes bajos actuales, cubrían todo el llano.

A su vista podrán columbrar el esfuerzo mancomunado que supone el transporte de aquellos materiales, grandes de por sí, enormes si se tiene en cuenta los útiles que para el caso se disponía en aquella época. De su examen, deducirá a que punto obliga el recuerdo de sus mayores, a que extremo llega el sentimiento de perpetuar de algún modo la existencia de una primitiva sociedad, no por sencilla menos idealista.

Las razones apuntadas, entre otras muchas que se podría exponer, son más que suficientes para conducir los trabajos de investigación a estos dólmenes.

Parece natural que, antes de dar cuenta de la labor efectuada en algunos de ellos, se anote su bibliografía, se indique el historial a que han dado lugar; al fin y al cabo, es la fuente en que se ha hallado el punto de partida.

 

DOLMEN DE AITZKOMENDI (EGUILAZ).

Bajo esta denominación podría suponerse, tal vez, que el dolmen de que se trata, no fuese aquel que, de un siglo acá, ha sido conocidos como «dolmen de Eguilaz» (fots. núms. 2 y 3).

Fotos. Fuidio.

 

FOTOS. NUMS. 2 Y 3.-- El dolmen de Aitzkomendi, antes de su excavación y limpieza de sus piedras.

(Ambas fotografías, obtenidas en ocasión de la visita a él efectuada por el Prof. Dr. Hugo Obermaier, sirven como término de comparación a las proporciones del monumento).

No sucede tal cosa; es el mismo monumento, al que no se designa con nuevo e infundado mote como más de uno podría sospechar, sino que por razón inexcusable de toponimia y en virtud de los datos que después se ha de hacer mención, condicionan este apelativo como el primitivo y verdadero.

Antes de reseñar su historia bibliográfica conviene advertir que, el interés sentido hacia un estudio lo más completo posible, de este dolmen, está íntimamente ligado, como antes se hizo notar, a la importancia del monumento sepulcral.

Se ha tratado, pues, de consignar en detalle todo cuanto con él se relaciona, y dedicándole toda la atención que merece, se ha procurado ultimar un estudio que, cuando menos en parte, logre en lo posible atenuar, los defectos que conciernen a la hasta ahora casi absoluta ausencia de datos y la superficial investigación a que dio lugar en ocasión de su primer reconocimiento.

He aquí, lo que acerca de este se conocía, a fines del siglo pasado.

Si bien es verdad que Becerro de Bengoa se ocupa, como luego se verá, con cierta extensión del caso, su primera noticia, escueta, la significa en su Libro de Álava, como si se tratase de una curiosidad artística. Dice: «Eguilaz, tiene un curioso dolmen celta ( 1 ) que merece ser conservado».

Poco después, Velasco (L.), proporciona datos interesantes en el capítulo que dedica a los considerados en, su época como Monumentos Celtas ( 2 ):

«..... debo relatar otro descubrimiento que no he tenido la suerte de presenciar, pero que aún pertenece a nuestro días remontándose tan solo al año 1831.
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«La Comisión de Monumentos de esta provincia se ha ocupado de él, practicando un reconocimiento en el año de 1845 en los sitios que tuvo lugar; y más tarde en el I867, consignando en una Memoria las relaciones de los que fueron testigos del suceso.

Me limitaré a copiar *literalmente lo que en la citada Memoria tuve el honor de decir a la Comisión Provincial de Monumentos.

Al abrirse la carretera que desde Vitoria conduce; a Pamplona en el año de 1831, los rematantes hicieron varias catas en las terrenos cercanos, con objeto de encontrar piedra. Inmediata al pueblo de Eguilaz distante cinco leguas de esta ciudad, y colocada cercana al camino, se eleva una pequeña colina, y en ella practicaron un reconocimiento con este fin.

A los cuatro o cinco pies encontraron una enorme piedra: notaron una cavidad, se reconoció y resultó un gran sepulcro atestado de huesos v algunas armas.

El señor don Diego de Arriola, diputado a la sazón de Álava, mandó recoger las armas y demás objetos, remitiéndolos a Madrid, a la Academia.


( 1 ) La. propiedad en la transcripción, me obliga a no retirar el calificativo; como es sabido, el apelativo celta, carece de exactitud.

El libro de Álava, pág. 315, Vitoria, 1877. Barcelona, 1880.

(2) Los Eúskaros en Álava, Guipúzcoa y Vizcaya; págs. 16 - 18 .



No pos ha sido posible averiguar a quién se dirigió el envío, de qué constaba, y cual fuese aquella Corporación científica.

Los que entonces vieron el sepulcro nos han dicho: el número de esqueletos era considerable, y estaban vueltos todos hacia la entrada del sepulcro, que miraba a Oriente. Estos esqueletos, a los que no se dio importancia alguna, se quebrantaron y dispersaron.

Las armas consistían en lanzas y hachas de filo de piedra y bronce y unos a manera de cuchillos corvos, o pequeños puñales con uno o más agujeros en la parte opuesta a la punta, de durísimos pedernales.

También se encontraron anillos de serpentina con cuatro caras o facetas, y sin duda eran adornos con que formaban brazaletes o collares.

Vamos a describir el sepulcro tal cual lo encontró la Comisión, y lo he vuelto a reconocer en el año de 1860 haciendo tomar una exacta vista del mismo.

En el centro de una colina que desde luego se conoce ser artificial, se halla al descubierto un cuadrángulo compuesto primitivamente de seis toscas piezas de piedra, cinco del género calizo y una del silíceo.

La piedra que cubría el sepulcro cuando se descubrió, y que era de una sola pieza como las restantes, está hoy cual aquellas rota,
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Cuando en ese mismo año de 1869 volví a reconocerlo, removiendo las tierras del pavimento he conseguido recoger algunos fragmentos de huesos, no habiendo quedado sino pequeñísimos restos entre las tierras que registré detenidamente.

Al despejar las tierras que cubrían el Monumento y dejar a éste aislado, se ha formado un pequeño anfiteatro todo en torno.

La celosa Diputación alavesa adquirió este terreno, salvando así de la destrucción el sepulcro. Aún fue preciso colocar un madero interiormente, para impedir que las rocas no se hundieran a los costados.»

Estos mismos datos, resumidos, son los que aportaron Vilanova y Rada una decena de años después ( 1 ). Sin embargo en otro lugar de su Protohistoria, indican:

«En la llanada de Macea, conócense los de Eguilaz, Capelamendi y Escalmendi, no lejos de Salvatierra, de los cuales sólo cerca del primero halláronse algunos huesos humanos, abundantes armas de piedra, y algún objeto de cobre» ( 2 ).

Como se ve la referencia no es muy exacta; la llanada de Macea, es desconocida, en Eguilaz, que se halla próximo, a Salvatierra; los otros dos lugares, inmediatos a Vitoria, distan de aquél unos 30 kilómetros; por lo demás, no cerca sino en el mismo dolmen, es donde se encontraron los objetos.

Pero volvamos a la exposición que hacen los autores del País, según orden cronológico; la repetición de conceptos a que dé lugar este enunciado, será disculpable en razón de las rectificaciones que sobre sus escritos imponen los datos adquiridos recientemente.


( 1 ) Geología y Protohistoria ibéricas; pág. 549. Madrid, 1890.

( 2 ) Ob . cit . pág. 516.



Decía Becerro de Bengoa en 1881: «El sepulcro celta más notable está en Eguilaz a corta distancia de la vía férrea del Norte, entre la estación de Salvatierra y el apeadero de Araya, y a pocos pasos también de la carretera de Pamplona.

Cuando se construyó esta carretera en 1831, creyeron los contratistas que podrían hallar piedra para rellenarla en una pequeña colina inmediata llamada El Camposanto sobre la que había tres cruces de madera, que aún se conservan a un lado; y al desmontar la tierra se halló este magnífico dolmen dentro del cual había numerosos esqueletos hasta la altura de cinco pies, todos ellos con la cabeza a Oriente y los pies a Occidente.

Las mandíbulas conservaban sus muelas de color natural, y los restos eran de hombres maduros y jóvenes «sin que hubiera ninguno de mujeres o niños,. Las armas halladas fueron tres, dos como en forma de flecha o lanza y una de clavo sin cabeza, todos ellos de cobre.

Descubrióse también una especie de camino o galería cubierta que iba desde el borde del montículo a la entrada.

Esto resulta de la memoria que el alcalde de Salvatierra D. Pedro Andrés de Zavala remitió en Enero de 1833 a la Academia de San Fernando, acompañándola de varios huesos y las armas citadas..... Componíase de seis enormes piedras todas calizas menos la de la pared del fondo que es arenisca. Tiene su entrada a Oriente y está rodeado de un amplio montículo que lo oculta a la vista de cuantos pasan por sus inmediaciones» ( 1 ).

Como se verá más adelante ni las cruces son de madera ni la piedra del fondo es arenisca. En cuanto a la afirmación rotunda de no hallarse restos de niños, la rectifica pocos años después Navarro Villoslada, quien aprovechando las mismas referencias, señala que «hallaron en él varios esqueletos de personas adultas y de niños» ( 2 ).

Una prueba, de como de un mismo ovillo se aprovechaban, los cabos sueltos, nos la proporciona Apraiz (J. de). He aquí sus palabras:

«Despréndese de todo lo dicho que estos dos dólmenes de Eguilaz  y Arrizala han sido descritos varias veces por mis paisanos Velasco, Becerro de Bengoa y Baraibar, etc., pero yo he tenido la fortuna de hallar en ellos algo que escapó a sus investigaciones, algo que nos remonta a fechas remotísimas y aun algo que separándonos de lo protohistórico nos acerca a tiempos completamente próximos» ( 3 ).


( 1 ) Los dólmenes celtas. Rev. Euskal-Erria, tom. III; pág. 154. San Sebastián 1881.

( 2 ) De lo prehistórico en las provincias vascongadas. Rev. Euskal  E r r i a , t o m . X I X . S a n S e b a s t i á n . I 8 8 8 .

( 3 ) Los dólmenes alabeses. Rev. E. - E. tom. XX VII, págs . 401 y 443. San Sebatián, 1892.


 

A continuación copia la narración del Sr. Velasco en Los Eúskaros (transcrita precedentemente), y en una nota señala la variante que implica el hecho que, según unos las armas eran de cobre y según otros de bronce; en este detalle estriba el motivo de referir aquellos objetos a épocas tan distintas.

Finalmente, al dar cuenta Apraiz de sus investigaciones en Eguilaz, en carta que en 1890 dirigió a D. Juan Vilanova, dice:

«Ayer mi segunda expedición fue infructuosa y me trasladé al de Eguilaz. V. me había manifestado gran interés por saber qué significarían ciertas losas que había a derecha e izquierda del hermosísimo monumento que tanto le encantó, por ser el mejor de su clase que V. había visto jamás. Recordará V. que dichas losas con cierta simetría colocadas ocupan casi la parte más baja del anfiteatro inclinado exterior que rodea al dolmen, viniendo a estar como a la mitad de la altura del monumento visto desde el interior, puesto que para penetrar en él, hay que dar un salto por la diferencia de nivel entre la parte interior y la exterior. Pues bien: oh encanto! cuando mis jornaleros me vaticinaban, no sin cierta emoción muy parecida al miedo, pues nos hallábamos ya alumbrados por hermosísima luna y auxiliados en las penumbras por faroles traídos de Eguilaz que está a un tiro de piedra, el hallazgo de cadáveres completos y aun forrados con férreas armaduras, el mayor desencanto entristeció mi espíritu al encontrarme ya en pleno período histórico y aún de moderna civilización.

Efectivamente, aquellas dos losas no eran ni más ni menos que las cabezas o tapas respectivas de dos enormes muros de contención hechos de grandes sillares con magnífico cemento en que entraba más cal que arena, sólidamente arrimados a dos losas que forman la abertura, y llegando seguramente a la misma profundidad que el dolmen.

Me figuré que el Sr Diputado Foral o algún arquitecto asesor en 1831, con objeto de asegurar la existencia del monumento, hubieron puesto aquellos muros para evitar la coz de que hablaban los canteros, pero ni Dn. Ladislao de Velasco, casi testigo de aquellos días, tenía noticia de los tales muros, pues me aseguró por el contrario que allá por los años del 45 o 67 había él mismo hecho colocar dos maderos travesaños a manera de arcos de miedo para asegurar la situación vertical de las losas, ni el anciano arquitecto Dn. Martín de Saracibar, que ha muerto hace pocos meses y que según él mismo me dijo había sacado. en 1831el dibujo que se envió por la Diputación a la Academia con los objetos hallados, ni nadie, en fin, sospecha siquiera la existencia de semejantes muros o dólmenes.»

No sabemos qué ha podido ocurrir de los muros que se indica en cuanto precede. De ello se deduce que, anteriormente a 1890 no existieron; en su visita, Apraiz, los reconoció. En 1911, cuando por primera vez acudí a conocer el dolmen, nada de ello se advertía; se hallaba como se encuentra en la actualidad.

Desde ningún aspecto es posible referir dichos muros ni a dólmenes ni a restos de la galería cubierta que, según Becerro, se extendía desde el borde del montículo a la entrada del dolmen; es más, de esta construcción nada indica Velasco. Por otro lado, resulta extraño que, hoy, no aparezca denunciada dicha galería por algún resto de las piedras que la formaron.

En tales condiciones, en la investigación actual, me he limitado a señalar la planta dolménica, que discretamente reclama Pericot, ateniéndose a la nota que él mismo señala al hablar de los tipos constructivos ( 1 ).

Precisamente, el incluir en este trabajo el historial de las publicaciones antiguas acerca de este sepulcro megalítico, tiene por objeto el poner de relieve las diferencias de apreciación y estudio del entonces realizado y los ahora efectuados.

No es para seguir exponiendo y comentando las noticias contradictorias que los antiguos arqueólogos proporcionan; semejante confusión me releva de añadir nuevas referencias de Apraiz (J. de) y Baraibar (F. de), que acerca del particular expusieron en Conferencias dadas en el País, y en las que, más que con un carácter descriptivo del monumento, se ocuparon de teorías sobre los pobladores y civilización de aquella época.

De estas referencias, y no precisamente de todas, deducía en mi Tesis doctoral en 1914 ( 2 ), que: «no queda para el estudio prehistórico otra cosa que el testimonio de su existencia; el lamentable esparcimiento, en sus alrededores, de los restos humanos, corre pareja con la pérdida o confusión con los de otra procedencia, de las armas y objetos hallados. Nuestras pesquisas para encontrar estos últimos, no han tenido resultado alguno satisfactorio».

De dicho año a la fecha, aunque muy poco, algo se ha logrado conocer como procedente de este dolmen.

Han sido estos hallazgos, otro motivo más que reclamase la nueva y detenida exploración del dolmen realizada en esta campaña.

He aquí los datos que ésta ha proporcionado.

Una deuda de gratitud.

El día 1 de Agosto de 1925 dieron comienzo las investigaciones, una vez que se tuvo conocimiento por mediación de D. Santiago Ruiz de Luzuriaga, párroco de Eguilaz, a cuya amabilidad debemos otros datos interesantes, que había sido recogida la mies de la heredad que da cima al montículo donde está enclavado el dolmen.

Para ello, tanto la Excma. Diputación de Álava como propietaria y conservadora del dolmen y recinto que lo rodea, como el dueño del terreno labrantío que lo circunda D. Alejo Martínez de Mendivil, dieron la correspondiente autorización y proporcionaron todo genero de facilidades.


( 1 ) La civilización megalítica y la cultura pirenaica; págs . 118 y 22). Barcelona, 1925 .

( 2 ) Estudio Antropológico del Pueblo Vasco. La Prehistoria en Álava; pág. 106. Bilbao, 1914.



En presencia del dolmen obtuve la misma impresión que tantas veces produjo en las visitas veraniegas que consecutivamente he venido realizando hace años; sin embargo, momento es este para consignar un detalle que data desde el pasado.

Durante mucho tiempo, y ante el temor que las piedras laterales de N. y S. cediesen al gran peso de la tapa, ha permanecido interpuesto entre ambas un madero que cada día más carcomido y deshecho por la acción del tiempo les sirvió de puntal.

Desde 1923, ha sido sustituido aquél por una potente vigueta de hierro que con gran oportunidad se estimó necesaria, y cuyo reemplazo se debe a iniciativa de D. Serafín de Ajuria.

Merced a esta disposición, se han podido realizar los trabajos de excavación con todo género de seguridad. Pero no es esto solo; efectuada aquella, a la que como asiduo visitante acudió D. Carlos de Ajuria, se le indicó la conveniencia de asegurar con otra vigueta una de las piedras verticales de entrada, y de su interés por la conservación del monumento, se obtuvo la promesa de realizar la obra. 

Sea, pues, esta ocasión oportuna para que a cuantas personas se ha indicado, y que en un sentido u otro facilitaron nuestro trabajo, se rinda un justo elogio a su desinterés, que hago presente, y a la par agradezco en nombre de todos mis compañeros.

 

Algunas notas curiosas.

En distintas ocasiones había tenido referencias diversas, que alteraban en parte la noticia antes reseñada con respecto al primitivo descubrimiento del dolmen.

Interesado en hallar una explicación satisfactoria, parecía natural se recogiese directamente del lugar la referencia tradicional.

Indago cerca del actual dueño de la heredad Sr. Martínez de Mendivil, biznieto del propietario del terreno tumular y descubridor del dolmen en 1830, y nadie mejor informado para conocer los hechos que, en más de una ocasión, oyó de labios de sus antepasados.

No se tiene idea--me dice--, de cuándo data el aprovechamiento de este terreno para labrantío; se laboraba de antiguo, y como tal heredad aparecía en aquella época.

Lo que sí había llamado la atención varias veces, fue el hecho que la reja del antiguo arado romano tropezaba y resbalaba en la cima del campo en materia dura, que se supuso fuese piedra; precisamente, hasta hace pocos años se advertían en la superficie de la tapa dolménica las marcas. que la reja había producido; éstas han desaparecido con la acción del tiempo.

En un principio no se dio importancia al caso, tanto más cuanto al arar en las laderas y bordes del montículo aparecían un gran número de piedras sueltas, que hoy todavía asoman fácilmente, y siguen denunciando su formación artificial.

En cierta ocasión--continúa--, se supo algo más. Durante la siega apareció un ratón, que al ser perseguido se metió por un agujero; como tantas veces sucede para destruir estos bichos, se introdujo un palo por la supuesta cueva, y cual no sería la sorpresa al ver que el palo penetraba y mucho con facilidad; entonces, avivada la curiosidad se agrandó el agujero, apreciándose por él con extrañeza una cierta humedad y aire fresco como si se tratase de un hueco grande.

Así las cosas, en todo se pensó menos en tal sepultura, pues aunque se retiró la tierra laborable de gran parte de la piedra, lo único que pudo apreciarse fue su aparición, que para el sentir de nuestros mayores aunque no parecía peña natural y propia de aquel lugar, no reflejaba otra idea que el asombro por sus dimensiones, las que alejaban toda posibilidad de referirla a una losa más o menos corriente.

Por lo dicho, ya se ve en qué forma se hallaba previamente denunciada la. existencia de piedra en el montículo, inmediato 100 metros al punto de trazado de la nueva carretera de Vitoria a Alsasua.

Considero oportuno señalarlo así, porque de otro modo resulta un tanto extraño el buscar piedra en un montecito cuya altura máxima llega a poco más de cuatro metros y medio, que va disminuyendo paulatinamente en radio de cuarenta metros. Altozanos de este estilo y bastante mayores son frecuentes a medio kilómetro hacia W. en los que aflora la cayuela (arbel), y a falta de material más duro por su lejana procedencia, no cabe duda que hace un siglo era aquella aprovechada en la construcción de carreteras. Ahora bien, el puente sobre el río, en Eguilaz, implicaba material de otra naturaleza, y para ello la caliza del montículo no pudo pasar desapercibida.

Pero hay otros datos no menos interesantes.

Nombre del lugar.

¿Es o ha sido conocido el montículo--pregunto a mi interlocutor--, por algún nombre particular de término?

He aquí su contestación. De antiguo se le llamaba «Aitzkomendi», después «Crucemendi», y ahora se le llama «la heredad de las cruces».

Nos hallamos frente a tres denominaciones que en sí encierran no sólo el interés de la tradición sino que permiten entrever otros hechos relacionados con esta.

Por de pronto, bien a las claras se manifiesta la estirpe vasca del más antiguo.

«Aitzkomendi» = «Monte de la piedra».

Tal vez, haya podido apreciarse como baladí y desprovista de interés la narración antes expuesta acerca de la aparición de la tapa dolménica y piedras tumulares; sin embargo, es ahora, que puede deducirse fácilmente el alcance que tiene aquella en relación con el apelativo vasco del lugar.

¿Qué motivo ha determinado esta denominación toponímica?

¿Débese a las grandes piedras dolménicas, en una palabra, al dolmen? 

¿Se refiere al montículo de piedras pequeñas que cubrían por completo a aquél?

No quiero dejarme guiar por una sospecha que surge inmediata, de si el idioma vasco alcanzó las edades prehistóricas, y dentro de éstas, el más moderno marco eneolítico, que por los hallazgos cuadra al dolmen en cuestión.

Quede en pie el problema, y si algún día se descifra el supuesto, sirva por lo menos de dato, el apuntado.

Pero lo que no admite género de duda es que el vasco se remonta al momento en que la construcción tumular se presentaba a la vista como algo artificial, conformado a un montículo de piedras más o menos desnudas.

Por ultimo, es muy presumible que este nombre contribuyese por su significación, además de las circunstancias antes apuntadas, para realizar una cata en el montículo en busca de piedra; y desde este punto de vista, con más probabilidad de éxito y no tan al azar, como las que refiere Velasco en su Memoria dirigida a la Comisión Provincial de Monumentos.

«Crucemendi» = «Kruzemendi» = «Monte de la cruz».

Como se ve, se trata de un nombre ya posterior, relativamente moderno, pero que como tantos otros propios del contorno, patentiza con su génesis toponímica la persistencia del idioma vasco en aquellos pueblos hasta hace un corto número de años.

Es debida esta denominación a la circunstancia de haberse colocado sobre el ribazo o corte que limita el montículo, a SE. del dolmen, tres grandes cruces de piedra que representan la duodécima estación del Via-Crucis; lo atestigua bien claramente la única que hoy allí subsiste, y que por su forma en T, se deduce que es una lateral (fot. n.º 1).

Según las referencias obtenidas, hace unos cuarenta y cinco años fue trasladada la mayor y central junto a la iglesia de Eguilaz, donde hoy continúa; la que permanece junto al dolmen, ya un tanto inclinada correspondía a la derecha de aquella.

Es, pues, claramente equivocada la referencia de Becerro de Bengoa, considerando al montículo, tal vez en relación con el monumento sepulcral, como: «una colina llamada Camposanto y en la que existían todavía (en su época) tres cruces».

No hay nada de esto ( 1 ); se trata sencillamente de un Calvario que partiendo de la iglesia del pueblo, seguía hacia W. por el antiguo camino o carretera vieja.


( 1 ) A fin de evitar toda sospecha de referir la sepultura dolménica a un cementerio (Camposanto) moderno, debe advertirse, que el actual cementerio de Eguilaz, situado al S. del pueblo, al lado del camino llamado Zalbide, data su servicio de 1870; anteriormente, los enterramientos se hacían en el cementerio situado junto a la iglesia.

Como prueba de que el lugar «Crucemendi» no tiene relación alguna con cementerio moderno puede aducirse la siguiente. Más de una vez he oído referir que en ocasión de descubrirse el dolmen, uno de los obreros que trabajaba en la carretera, al examinar el monumento y pretender introducirse por entre las grandes piedras, resbaló por ellas con tan mala fortuna que murió a consecuencia del accidente.

Se ha tratado de comprobar este extremo, y cosa extraña, en el libro registro de defunciones del pueblo de Eguilaz, aparece señalado un enterramiento el año 1832. pero en cuya inscripción no consta nombre ni apellido alguno del individuo cuyo cadáver fue inhumado en el cementerio.



Paralelo a este camino, cien metros más al S., se hizo el nuevo trazado; por tanto el antiguo pasaba más próximo al dolmen (50 metros), y puede decirse que lindaba con el borde S. del montículo.

Probablemente, se trata de una antigua calzada (a juzgar por la forma que, según los labriegos, han aparecido las piedras que han sido arrancadas de la actual heredad), que luego continuaba a través del actual poblado, y pasando por el frente S. de la iglesia, salvaba el río un poco más al E., donde todavía hoy es servido un rústico puente, en Iturreka.

Nada tiene de extraño que en nuestros días por suplantación de idioma, se conozca el lugar por «la heredad de las cruces».

Es más, a 90 metros a W. del dolmen, en el límite de zarzales que separa la heredad del camino de Larragoyen (así llamado al que une la carretera con el paso a nivel del F. C. del Norte), existe otra cruz, caída entre los matorrales, del mismo tipo que las otras, lo que viene a testimoniar que el Calvario ( 1 ) se continuaba en otra dirección; puede decirse, que sus señales últimas bordean el túmulo.


( 1 ) No se ha podido conocer la fecha exacta en que fue erigido dicho Calvario; es de suponer que data de la época en que Eguilaz era cabeza de arciprestazgo.


 

Ahora bien ¿ha podido influir alguna circunstancia para que estos signos de la tradición cristiana hayan sido orientados hacia este lugar y dispuestos en su derredor?

¿Ha habido un momento, desde luego histórico, en que la construcción tumular reflejara, siquiera fuese remoto, algún síntoma de la tradición pagana primitiva?

¿Ha existido respecto a Aitzkomendi, alguna referencia semejante o parecida al «Sorginetxe», del dolmen inmediato a Arrizala?

En una palabra, y como en otros puntos sucede ¿se trata de una sustitución de tradiciones,, en interés de desvirtuar la moderna, el recuerdo e idea de la antigua?

He aquí una serie de cuestiones planteadas, a las que es difícil dar una contestación; por ahora, al menos, no existen datos que permitan exponer alguna aceptada como probable.


Situación topográfica.

Se encuentra el pueblo de Eguilaz entre los kilómetros 29 y 30 de la carretera de Vitoria a Alsasua, y hallándose el dolmen a W. del pueblo, puede decirse que está situado aquél más cerca del km. 29 (fig. n.º 2).

En efecto, a 400 metros de la piedra indicadora de dicho km. 29, y hacia N., parte de la carretera el camino de Larragoyen, que por otro lado está a 150 ms. de la casería poniente del pueblo; desde este frente de la carretera se aprecia el montículo, a cuya base se llega continuando 50 ms. por el camino indicado hasta un portillo abierto entre la maleza, y del que, otros 50 ms. N. dista el dolmen.

La referencia al F. C. del Norte es sencilla, y permite un cómodo traslado. De la estación de Araya (km. 523-711,15) de la línea Madrid-Irán, se sigue la vía férrea en retroceso a la caseta del paso a nivel sobre el camino de Larragoyen (N.) en el km. 521-239, y cuya distancia de dos kilómetros y medio aproximadamente, se asciende con suave declive, observándose el montículo desde la vía hacia S. poco antes de llegar a la caseta, que dista del dolmen 230 ms. (SE.)

Puede llegarse también con facilidad desde la estación de Araya, subiendo al pueblo de San Román, sobre la carretera antes señalada (km. 30-31).

La altura del túmulo corresponde a unos 35 ms. sobre la estación de Araya (583,3).

El minucioso detalle de estos datos se encamina a facilitar al visitante una referencia segura de la situación del dolmen y su túmulo, pues es preciso llegar a la cima de éste, para dar vista al monumento.

Aparece hoy el túmulo cubierto y rodeado por tierras de labor, y únicamente de NE. a S. ha desaparecido el declive del borde natural, hallándose sustituído por un corte convertido en ribazo sobre el que se asientan tres o cuatro pies de roble y la cruz antes indicada. Esta modificación implica una disminución en el radio general, que no llega más que a 30 ms. al E. y poco más de 25 a SE.

Entre la hierba del ribazo es fácil observar. las piedras sueltas con que fue construido el túmulo.

La situación del dolmen además de los límites antes señalados; está determinada a puntos bien definidos: a S. el pueblo de Vicuña, a SW. la peña y ermita de San Vítor; a W. el término de Iturza, en el monte bajo de Mezquia, y en línea de horizonte el monte Gorbea; a NW. el pueblo de Galarreta a N. la gran peña de Aratz que protege en su base S. a la villa de Araya; a NE. el pueblo de Albeniz; al E. la iglesia de Eguilaz y casi en línea la de San Román; al SE. el despoblado de Berezeka, sirviendo de base al corte de Mirutegi en Ballo.

Para dar una idea, siquiera aproximada de la posición del dolmen en relación con el anfiteatro natural que le ofrece la configuración del terreno, se ha llegado a obtener una fotografía en serie, que recoge, el estrechamiento que sufre a Oriente la llanada alavesa para comunicarse por el angosto valle de La Borunda con La Barranca de Navarra; y de cuyo examen puede admirarse la topografía del grandioso marco que rodea en parte al dolmen, relativamente, a corta distancia.

El punto de vista se ha tomado a 6 ms. W. del centro del dolmen, circunstancia que en nada altera la perspectiva del conjunto, y que por otro lado, ha permitido reproducir en la fotografía (fot. n.º 1) parte de la tapa dolménica con lo que se patentiza su realidad.

Se señalan en la fig. n.º 2, nombres de peñas, praderas, puertos y lugares de los macizos montañosos que limitan el horizonte a N. por las estribaciones de Aitzgorri y Aratz, a E. por la peña de San Donato y límite NW. de la Sierra de Urbasa en Navarra, a SE. la sierra de Entzia que ya desde el frontis de Mirutegi deriva hacia S., para luego bordear la llanada hacia W.

Se ofrece a W. del dolmen un horizonte mucho más amplio, que lo cierran las alturas que circundan en dicha orientación a la llanada alavesa. Sin embargo, no es ésta dominada desde Eguilaz; lo impide una más o menos interrumpida serie de lomas, extendida de SE. a NW., y distante poco más de un kilómetro del dolmen.

Señalan aquéllas la divisoria de aguas entre el caudal propiamente alavés que se inicia en Entzia con el Zadorra, y aquél que deriva hacia Navarra y supone un pequeño recorrido en Álava; como punto culminante puede ser referido al pueblo de Mezquía, cuya posición queda perfectamente determinada por las rampas Salvatierra-Mezquía y Mezquía-Araya de la línea férrea Madrid-Irún.


Posición del dolmen.

Se ha advertido antes que mientras el observador no se coloque en la cima del túmulo, no es posible ver el dolmen.

En efecto, podría decirse que ocupa éste el fondo de una concavidad más o menos irregular, o bien el de un embudo de paredes cóncavas cuyo diámetro de boca mide 16 ms. de N. a S. por 12,70 ms. de E. a W.

La rasante del montículo se halla a 0,95 m. sobre el nivel superior de la tapa del dolmen, lo que permite suponer que éste fue cubierto por el túmulo en una altura de un metro.

De las dimensiones apuntadas se puede deducir la gran cantidad de tierra que fue desplazada y desparramada por la cima del montículo, en ocasión que fue reconocido el dolmen, para dejarlo al descubierto. Como es lógico, en derredor del monumento sepulcral no llegó a socavarse hasta la peña natural, sino que puede calcularse en un metro, aproximadamente, la distancia de ésta al borde de tierra tumular, circunstancia que ha contribuído, favorablemente, a que las piedras verticales conserven su posición primitiva.

No fue posible aprovechar la altura de este nivel para obtener fotografías completas de cada una de las facies laterales; ha sido preciso obtener aquéllas de puntos situados en el borde del embudo, de ahí que aparezcan con la perspectiva consiguiente a un punto de vista más elevado que el dolmen (fotos. núms. 4, 5, 6 y 7).

Para salvar en parte este inconveniente, se han obtenido las propias de la reproducción dolménica, que reflejan con exactitud un punto de vista de cada uno de sus lados (foto. n.º 8).

 

FOT. N. º 4 . -- Frente E. del dolmen de Aitzkomendi. Fotos. Elorza.

 

FOT. N.º 5.-- Frente W. del dolmen de Aitzkomendi.

 

FOT. N.º 6.-- Frente N. del dolmen de Aitzkomendi. Fotos. Elorza.

FOT. N.º 7.-- Frente S. del dolmen de Aitzkomendi.

 

FOT. N.º 8.-- «Maquette» del dolmen de Aitzkomendi, según sus términos de orientación.

( En el trabajo realizado, a fin de hacer más visible la arquitectura del monumento, se han dejado completamente al descubierto las piedras de la cámara, excepto en su frente S. donde se ha simulado una parte del montículo que sirve de apoyo a las dos piedras exteriores.) Fotos. C. Diez.


Materiales de construcción.

Precedentemente, se ha indicado que el túmulo fue construído a expensas de tierra y piedras de. pequeño tamaño.

Se trata de cantos más o menos rodados, restos aluviales de formaciones muy frecuentes en las inmediaciones, superpuestas a la cayuela del cretáceo propio de la llanada alavesa. Es de suponer que como lugar muy apropiado para la recolección de tales piedras fuese el río, distante del dolmen poco más de 300 ms., hoy de caudal no muy abundante, y cuyo lecho se asienta en la cayuela indicada.

Respecto a las piedras dolménicas se aprecian circunstancias muy interesantes. Desde las primeras referencias se sabe, que todas son calizas, excepto la dispuesta verticalmente a N. que es arenisca; se diría que la posición de esta última guarda alguna relación con su procedencia.

En efecto, de todo el contorno es únicamente hacia Zalduendo (a 5 kms. aproximadamente en línea recta a N-NW. del dolmen) donde aparecen materiales areniscos como derivaciones del macizo de Aznabarreta, que afloran, circunstancialmente, en lascas de bastante espesor.

El tamaño de esta piedra, la distancia al punto de origen, y los rudimentarios medios de transporte de que se dispondría en la época, son motivos más que suficientes para presumir el trabajo grandísimo a que dio lugar su arrastre.

Consideraciones análogas pueden hacerse con respecto a las piedras calizas, si bien a mayor escala en razón de sus mayores dimensiones.

Proceden, sin género de duda, de las estribaciones del macizo calizo de Entzia, situadas de SE. a S. del dolmen, y cuya distancia puede evaluarse en un par de kilómetros.

Todavía hoy, en las vertientes de la montaña, en los prados de Berezeka (despoblado de), Oñakua, y aún más al S. Rapaburu, asoman grandes moles calizas, que si algunas radican como naturales del lugar otras en cambio, por su aislamiento, tienen su origen en desprendimientos habidos en la altura, en el macizo rocoso, y desmembrados de éste las hallamos a lo largo de la vertiente.

Son éstas, las que por su tipo recuerdan más a las losas dolménicas, y por tanto, parece natural referir el origen de estas últimas al desgaje de los bancos calizos estratificados, que son tan abundantes en el camino alto que, bordeando a Mirutegi y la peña de Bullo a W., y pasando por Berjalaran, pone en comunicación los pueblos de Vicuña y San Román con el puerto de este nombre en lo alto de la Sierra.

En cuanto al estado de conservación de las piedras dolménicas puede decirse que, excepto la tapa, todas permanecen sin alteración.

La tapa ha sufrido desperfectos en particular a W., donde, actualmente, no llega a cubrir la cabecera. No tiene este hecho nada de extraño, tanto por su posición horizontal como por su textura y menor protección a los agentes atmosféricos ha sufrido más directamente su acción, los que obrando por descomposición en las vetas naturales determinaron grietas profundas y la consiguiente separación de algunos fragmentos de bastante tamaño.

De entre ellos, quedan tres inmediatos y por fuera de la cámara sepulcral, pero podría sospecharse, aunque hoy se ignore, que alguno ha podido ser trasladado a otro lugar, pues, con los que allí existen no son suficientes para restaurar hipotéticamente la regularidad que debió guardar primitivamente la tapa.

La posición de las piedras no parece que haya sufrido gran modificación, favorecido el caso por el mucho peso que soportan: únicamente la piedra S. de entrada ha experimentado una ligera desviación, y como consecuencia de su inclinación ha dejado de servir de soporte a la tapa, de la que está hoy separada en 0,26 m.

La posición de las grandes losas sepulcrales se consiguió mediante su natural hincamiento en la cayuela merced a su gran peso, sirviéndoles de calce pequeñas piedras interpuestas en la base a modo de cuñas. La piedra W. o cabecera, se conserva vertical, y separada de la lateral N. en 0,30 m. Ambas laterales no debieron ser colocadas verticalmente, sino con cierta inclinación, probablemente la misma que hoy guardan hacia dentro; parece confirmarlo la diferencia que existe entre la distancia de sus bases (2,82 ms) y la que se, observa entre ellas a los dos metros y medio de altura (1,80 ms.), representada ésta por la longitud del barrote de hierro interpuesto entre ambas.

Sin embargo, otra gran piedra forma parte del dolmen, contribuyendo al sostén de la tapa, aunque no delimita, propiamente, la cámara sepulcral.

Se halla situada a N. por fuera de la piedra arenisca y sirve para cerrar el recinto entre ésta y la piedra E. (N.) en el ángulo N.E.

Su colocación fue debida a ser menos larga la arenisca N. que la piedra S.; se halla un tanto inclinada, y debió ser colocada para sostener una parte de la tapa que hoy ha desaparecido.

Mediante estas cuatro piedras y las dos de entrada a E. quedó determinada la cámara sepulcral en forma bastante regular. Es probable que entre las piedras N. y S. de la entrada, existiese una central, más pequeña y delgada, que sirviese de cierre al recinto sepulcral; como este punto de acceso es el que ha sido más alterado y modificado, bien puede suceder que dicha piedra haya desaparecido hace tiempo, sin que hoy se adviertan sus restos.

Pero no son éstas las únicas piedras que forman el dolmen; existen otras cuya posición indica que fueron colocadas para evitar el desplazamiento de las tres primeras señaladas, a las que se adosaron por sus caras externas contribuyendo al sostén de todo el conjunto.

Dos están situadas a S. y entre ambas no llegan a cubrir longitudinalmente a la piedra S. interior; otras dos, una grande y otra pequeña, forman un saliente en el ángulo N. W.

Las laterales externas de S. sirven de apoyo a la tapa; su altura en términos redondos viene a ser la mitad de la altura correspondiente a las laterales interiores.

La colocación de estas dos piedras laterales S. exteriores, data sin género de duda del momento de la construcción del monumento. 

Claramente se ve cual fue el motivo de este aditamento exterior a la cámara sepulcral. La piedra interior S. aparece francamente rasgada por dos vetas naturales que se cruzan oblicuamente y la dividen en cuatro trozos, poco más o menos, iguales dos a dos.

Probablemente, el agrietamiento de esta piedra se produjo en ocasión que soportó el peso enorme de la tapa, es decir, en el momento de la erección del dolmen.

Advertidos los constructores del caso, dispusieron la colocación de las dos piedras S. exteriores destinadas a sostener la tapa, y fijas por su base, no sobre la peña natural--operación ésta probablemente impracticable puesto que el túmulo en una altura de un metro favorecía la posición vertical de la piedra, S. interior--, sino sobre el nivel ya construido de dicho túmulo.

Al objeto inmediato que perseguían para sostén de, la tapa, era esta operación más sencilla que la de hallar piedras tan altas como las interiores y colocarlas verticalmente.


Dimensiones de las piedras.

Tratándose de piezas naturales que no han sido debastadas ni trabajadas para lograr una cierta regularidad en sus dimensiones sino que por el contrario reflejan sus desigualdades y deformaciones propias, las dimensiones que se señalan, responden. al máximum de cada una.

Tapa long. N-S. ; 4,25 ms.--long. E.-W.; 3,20 ms.-- espesor; 0,55-0,65 m.

                                                       

 

Cámara dolménica, excavación.

Resulta de todo punto imposible, establecer hoy relación alguna entre la situación en que se ha hallado el. recinto dolménico y su estado no ya en el momento de su primera excavación sino aún con posterioridad.

Se trata, por tanto, de enunciar los datos adquiridos en una excavación realizada 95 años después de verificada la primera, y otras posteriores en aquel mismo recinto, y de la que se desconoce la forma en que fue llevada a cabo; lo único que se sabe, es que, excepto muy contados objetos todo lo demás fue desparramado.

A pesar de todo, la cámara sepulcral permitía suponer que una excavación metódica daría algún resultado, y así ha sucedido.

La planta dolménica, bastante regular, mide sobre la cayuela natural: 2,82 ms. de N. a S. por 3,80 ms. de E. a W. La excavación ha interesado hasta la peña natural una profundidad de 0,40 m. (fig. n.º 3).

FIG. N.º 3.-- Croquis de la planta dolménica.


Es de advertir, que gran parte de esta tierra, en particular en la entrada y centro ha ido acumulándose, poco a poco, por resbalamiento de la situada fuera del dolmen.

Por tanto, puede decirse, que la capa superior del yacimiento se ha manifestado estéril en unos diez centímetros de espesor; en todo el resto, se han hallado en más o menos cantidad, fragmentos pequeños de restos humanos y dientes; más abundantes, y alguno de aquellos completo, dientes en mayor número han aparecido en la parte inmediata a las losas sepulcrales.

En el ángulo SW., en el espacio que dejan libre las piedras S. y W., es donde se encontraron las dos cuentas de collar.

La esterilidad advertida en la parte E. y central, ha contribuido en parte a que se haya dejado sin excavar un par de decímetros cuadrados; esta exclusión fue motivada, principalmente, por el hedor insoportable que, al removerse ligeramente la tierra, proporcionaban los restos de un perro que había sido enterrado tres meses antes.

No han dejado de aparecer huesos y dientes de oveja y cerdo, animales que, hace años, merecieron aquel destino.


Los hallazgos de Aitzkomendi.

Al ocuparme de este asunto, debo advertir al efecto que, es preciso tener en cuenta una circunstancia previamente señalada, o sea que hace casi un siglo, al ser descubierto el dolmen, la tierra del yacimiento fue materialmente esparcida por los alrededores del recinto dolménico y confundida por tanto con la tierra laborable de la heredad que lo circunda.

Ha sido, pues, muy pequeña la porción del yacimiento que se ha encontrado intacta; esta es, precisamente, la que se ha excavado.

Pero antes de reseñar su contenido, conviene señalar otros casos muy interesantes.

En los tres veranos precedentes, han acudido a Aitzkomendi en distintas ocasiones los Profesores del Colegio de Santa María de Vitoria, y con gran interés, paciencia y trabajo, han examinado, palmo a palmo, la tierra laborable de la heredad en varios metros cuadrados.

Este minucioso examen les proporcionó el hallazgo de la mayor parte de los pedernales y fragmentos de raspadores, algunos con pequeños retoques y otros informes, así como trozos de cerámica representados en la foto. n.º 9.

 

FOT. N.º 9.-- Objetos hallados en el dolmen de Aitzkomendi y sus alrededores.

a y b: cerámica.-- C: semianillo de cobre.-- D : cristal de roca.-- G, I, 2 y 3: cuentas de collar.-- H: hueso.-- P: percutor de ofita. Los restantes: fragmentos
de raspadores y pedernales. Fot. C. Diez.

Que la observación se ha hecho a conciencia lo prueba el haber sido encontrado por D. Constantino Diez, el semianillo de cobre que aparece en dicha fotografía (c), y cuyas dimensiones son pequeñas: 27 mms. en diámetro por 16 mms. en sentido transverso, su mayor grueso es de 4 mms.

Se trata de un semianillo caprichosa y finamente laborado, sus extremos recurvados se adelgazan para terminar uno frente a otro en forma de cabeza de ave zancuda cuyo pico en su punta se retorciese hacia arriba; por lo menos en uno de ellos, se advierte claramente esta disposición.

El mero examen de este objeto denuncia una gran habilidad en su factura, y desde luego, un avance manifiesto de la cultura eneolítica. Hasta la fecha, puede decirse, que en el País Vasco no se ha reconocido como de procedencia dolménica un trabajo de este estilo.

He aquí una circunstancia que permite apreciar una diferencia bien marcada en el laboreo del cobre, entre los objetos de este metal procedentes de los dólmenes serranos y éste de la llanada alavesa.

Por la sola presencia del semianillo tan delicadamente trabajado podría sospechársele una cronología posterior e independiente de la del dolmen, tanto mas, puesto en parangón con la tosca confección de algunos pedernales hallados en el mismo lugar. Sin embargo, no cabe admitir duda alguna respecto a su procedencia, lo uno por el lugar de aparición inmediato al dolmen, y además por las referencias que se poseen sobre objetos hallados en el momento del descubrimiento, tanto de piedra como de cobre, ya indicados.

Otro de los objetos encontrados en las mismas condiciones de observación, por D. Marcelo Alonso, es un percutor de ofita (P), que apareció en la parte baja del ribazo que a E. bordea el montículo, interpuesto entre otras piedras del túmulo.

Sus caras están pulimentadas así como algunos bordes que en ciertas partes están desgastadas, fácilmente, se aprecia en otro punto la separación de una gran lasca: Su dimensión en longitud y latitud máximas es de 76 mms., y su mayor grueso 27 mms.

La cerámica hallada en la tierra que rodea al dolmen, puede referirse a los tipos siguientes.

a) Un fragmento de color negro, liso, de 1 cm. de espesor.

b) Dos fragmentos con el borde en cordón (a), negra al interior y roja en ambas superficies, de 11 mms. de grueso.

c) Un trozo con borde en cordón (b), rojo por dentro y cara interna, negro al exterior, de 8 mms. de grueso.

d) Dos trozos de color rojizo claro, superficie alisada y 5 mms. de espesor.

e) Un fragmento con borde liso, de color negro y 5 mms. de grueso.


Objetos reconocidos en la excavación.

RESTOS HUMANOS. 

A pesar del trasiego experimentado por el contenido del yacimiento dolménico, había quedado intacta su capa inferior, y cuando menos en ella subsistían elementos de estudio muy interesantes.

Es así, como se han podido obtener algunos fragmentos de huesos largos y falanges.

El número de dientes que ha sido recogido corresponde al de cuatro o cinco individuos adultos, y algunos son propios de niño.

Si en tan pequeña porción de yacimiento, el cálculo permite apreciar esta cifra de cadáveres, es suficiente el caso para suponer el elevado número que allí debieron ser inhumados.

En tales dientes se advierte un carácter particular; aparecen menos desgastadas sus coronas, y en general, el estado de conservación es mejor que el de aquellos dientes que se han reconocido en los dólmenes enclavados en la sierra; basta un mero examen comparativo de unos y otros para advertir estas diferencias, de las que parece, deducirse un distinto régimen de alimentación en los individuos.


OTROS OBJETOS: 

En el ángulo SW. de la cámara sepulcral, al levantar con ayuda de la punta de la navaja la tierra inmediata a la cayuela o peña natural, han aparecido:

Un cristal de cuarzo (D) en prisma apuntado por pirámide, de 22 mms. de largo.

Una cuenta de collar, verdosa, al parecer de calaita (G2). Su diámetro mide 8 mms., el del agujero 2 mms. en la superficie de las caras pero va en disminución hasta el centro donde no llega más que a un milímetro. Su espesor es de 5 mms. en el borde exterior y sólo 3 mms. en el opuesto, diferencia de grosor que favorece la disposición circular en las sucesivas cuentas.

Otra cuenta de collar, también de color verdoso azulado, pero que debió corresponder a serie distinta a la anterior (G1), SS. diámetro mide 6 mms., el propio del agujero en la superficie de las caras es 3 mms. y de un mm, en el centro, circunstancia que, como la anterior, prueba que el instrumento, empleado para taladrar debió ser puntiagudo pero corto, realizándose la operación. por ambas caras hasta conseguir atravesar la cuenta por un diminuto agujero central. De espesor mide 3,5 mms. en el borde inferior o sea el, externo, y 2 mms. en el opuesto.

Por ultimo, una cuenta de piedra (G3), hallada en el ángulo SW. Parece que se trata de un pequeño canto rodado de arenisca en el que se ha hecho. un orificio que no es central, y que tiene aspecto de un pequeño amuleto. Es bastante mayor que los anteriores; su diámetro tiene 12 mms.; el diámetro del agujero en la superficie de las caras mide 3 mms. y 2 mms. al interior; su grueso máximo es de 4 mms.

Como se ve, es corta la lista de los objetos encontrados, pero de todos modos, por su interés, concuerdan con aquellos otros que fueron hallados al reconocerse el dolmen, cuyo yacimiento ha sufrido de entonces acá un sinnúmero de vicisitudes que han contribuído, lamentablemente, a la desaparición de otros muchos análogos y no menos valiosos.

Con todo, hoy, puede decirse, con satisfacción que se conserva algo con segura referencia de monumento tan importante como es el dolmen de Aitzkomendi, en Eguilaz.

 

ACERCA DE LOS PRETENDIDOS DÓLMENES DE ESCALMENDI Y CAPELAMENDI.

Incidentalmente, al indicar el dato que Vilanova y Rada y Delgado señalan acerca de los dólmenes de Álava, se han citado los lugares de Escalmendi y Capelamendi.

Es posible, que el encabezado de estas líneas, llame poderosamente la atención de aquellas personas que se han ocupado de esta clase de estudios, y bien merece que su sorpresa sea satisfecha con la rectificación que nuevos datos nos han proporcionado. No serán aquellas, quienes primero han experimentado el consiguiente asombro; hace muy pocos meses, la realidad de los hechos, nos señaló el criterio equivocado que se mantenía acerca de la existencia de dólmenes en los puntos señalados.

 

 Foto 1 y Fig Nº 2 Vista panorámica del lugar en que se halla enclavado el dolmen de Aizkomendi.

A pie de foto se lee: "En su examen el observador debe tener en cuenta que, aunque representada tanto en la fotografía como en la figura en un mismo plano, el contorno de montañas circunda el Dolmen de N a S-E según la orientación de las flechas señaladas en la figura; es así como se advierte el paso de la cañada (Borunda) que forman aquellas sierras, de cuyo anfiteatro natural ocupa el dolmen el centro, poco más o menos de su vestíbulo y cuyo fondo se cierra casi por completo a Oriente en las inmediaciones de Alsasua"


Es, pues, un interés personal, aparte del científico, el que me obliga a declarar lealmente que, habiéndome guiado de los escritos de aquellos alaveses que trabajaron años hace en cuestiones prehistóricas, admití en mis trabajos ( 1 ) como casos positivos los dólmenes de Escalmendi y Capelamendi.

Sin embargo, un año antes de publicar mi Tesis doctoral, en una nota bibliográfica que yo desconocía, se indicaba una sincera advertencia acerca del particular.

De dicha nota no hemos tenido noticia, los que en Álava nos dedicamos a estas cosas, hasta Junio de 1926; un año antes, precisamente, nuestras excavaciones en Escalmendi nos confirmaban plenamente que allí, no hubo nada.

Y para zanjar definitivamente la cuestión, nada mejor que reproducir todo lo que se ha dicho; el lector lo comentará a su gusto, y al fin y al cabo, se habrá dicho sobre este asunto la última palabra.

Es natural, que se señale la primera noticia, de Becerro, en su Libro de Álava: «Escalmendi--dice--, sitio donde se halló un dolmen» ( 2 ).

Publicaba tres años después Velasco. (L. de): «..... se ha hallado otros monumentos... en las inmediaciones de Vitoria...

En el punto llamado Capelamendi, se practicaron algunas excavaciones encontrándose un dolmen sencillo, y la casualidad puso otro de manifiesto en Escalmendi.

Ambos parecían haber sido registrados ya, y siempre sobre ellos hallamos hacinadas tierras hasta formar una colina artificial, ( 3 ).


( 1 ) Ob. cit. págs . 106 y 107 . Nuevos datos acerca de la Prehistoria en Álava. El túmulo de Oquina ; págs. 8 y 9. San Sebastián, 1923 .

( 2 ) Ob. cit. pág. 311.

( 3 ) Ob. cit. pág. 19.


 

En 1881, escribía Becerro: 

«Cerca de Vitoria a orillas del río Zadorra y a ambos lados de la carretera de Francia, entre Betoño y Durana, existen dos montículos que contienen cada uno un dolmen. El primero bastante elevado a la derecha de la carretera, se llama Capelamendi, esto es Gael: celta, mendi: monte sepulcral; y el segundo más pequeño, comprendido en la huerta de la fábrica de harinas del Sr. Quiroga detrás de la venta, innegable muestra de que allí se riñó una gran pelea y de que después los celtas vencedores enterraron las victimas principales de ella respectivamente separadas, y vencieron allí los celtas y construyeron sus dólmenes porque los iberos o eúskaros no los construían ni los hubieran alzado tales cuales son, de quedar dueños del campo.

No es esta la única localidad que lleva en el llano de Álava el nombre de Gael (celta) puesto que el pico más elevado de la cordillera que se alza al frente de la de Salvatierra a Arlabán donde dominaban los iberos, en la sierra que va desde los montes de Vitoria a la de Encia, es el llamado Capeldui o sea «alto celta», sin duda ocupado por los invasores cuando dominaron en el llano y alzaron estos monumentos.

En el ligero registro que hice en el 1879 en el dolmen de Escalmendi hallé un numero grande de esqueletos colocados en tres canas o líneas, separadas entre sí por losas pequeñas de cayuela. Este dolmen debe ser objeto de un detenido estudio y exploración que haré en cuanto pueda» ( 1 ).

En 1888, Navarro Villoslada, indica:

«Allá por los años de 1850 con motivo de la reconstrucción y ensanche del molino de Escalmendi sobre el río Zadorra, a cosa de una legua de Vitoria, descubrióse por casualidad un monumento de piedra oculto hasta la sazón entre las entrañas de una colina artificial de tierra por mano del hombre acarreada. Era el montecillo de forma oblonga a manera de lomo con vertientes suaves y por lo que recuerdo de una veintena o más varas de largo por la mitad de ancho.

El monumento sepultado bajo aquel montón de tierra o guardado allí como en un estuche, parecía de piedras sin labrar alzadas vertical y paralelamente formando calle o galería, y cubiertas de losas que servían de techumbre dejando un hueco de la altura de un hombre a modo de pasadizo subterráneo o de alcantarilla donde yacían humanas osamentas, ( 2 ).


( 1 ) Ob . Cit . pág . 134 .

( 2 ) Ob. cit. págs. 5 y 33.


 

Decía Apraiz (J. de) en 1893:

«A lo que de ningún modo podemos aventurarnos es a lo que se aventuraba hace trece años en un artículo eruditísimo como todos sus trabajos, nuestro insigne arqueólogo alavés Sr. Becerro.....

Decía entonces mi sabio y fraternal amigo, que si el vocablo Eskalmendi se derivase de Euskalmendi o Euskaramendi (monte eúskaro o de los eúskaros), el montículo así llamado podía ser enterramiento de los vascongados muertos en algún combate siendo el inmediato el de Kapelamendi (de etimología desconocida) el sepulcro de los principales guerreros celtas que sucumbieron en el encuentro. Pero desechada hoy toda relación de los dólmenes con las luchas de los celtas y de los iberos, no sólo no puede admitirse la hipótesis anterior sino que todavía preferiría yo a la etimología admitida por Becerro, la que él mismo impugna de Eskallumendi (monte de peces) por su gran aproximación al río Zadorra; siendo para nosotros completamente fuera de duda que los nombres de Kapelamendi y Eskalmendi son muy posteriores a la erección de los montículos a que se refiere.....

Del casual descubrimiento de estos dos dólmenes sólo puedo decir que el de Kapelamendi debe datar de un siglo. En cuanto al de Eskalmendi ocurrió hacia el año I856 al plantearse una fábrica de harinas entre el montículo y el río, pues haciendo falta algo de tierra para la fabrica, a poco de recoger la de la falda del montículo quedó el dolmen al descubierto.
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En 1879 decía Becerro que el año anterior se conservaban todavía en Kapelamendi dos grandes piedras areniscas cuya posición y hueco circundante eran susceptibles de restauración. Pues bien, ya hoy no queda más rastro del dolmen que una gran oquedad en el centro del montículo a la manera de cráter, pues la única losa grandísima que yo encontré el pasado Junio, enclavada en el fondo y casi cubierta por un gran montón de piedras, hícela pedazar limpiando el agujero de toda la maleza y pedruscos que contenía, no encontrando debajo ni el más leve rastro de utensilios ni cadáveres.

Igualmente desafortunado fui en las excavaciones practicadas por aquellos días en diversas alturas de la inmediata jurisdicción de Durana.
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Ahora bien, para formarse idea de la labor que yo emprendí en este último Junio hay que tener en cuenta que el montecillo mide 96 ms. de circunferencia (o mejor de elipse) en su base y 5 ms. de perímetro de la cúspide teniendo 5 de altitud. Pues bien, previo el permiso de los propietarios actuales de la fabrica y pertenecidos, mis amigos los Sres. de Beiztegui, y una vez que vimos que del dolmen que hubo en la parte Suroeste de la falda no quedaba ya ni el más leve rastro, hice primeramente abrir una zanja diagonal que en el centro alcanzó 3 y medio metros de profundidad y otros tantos de anchura, y concluida esta tarea que duró algunos días, se hizo otra zanja alrededor del montículo y como a un tercio de su altura. Aunque la comprobación no era necesaria, comprobóse que todo el cerro era artificial, formado de gran cantidad de cayuela, colocadas las piedras una a una a guisa de pared o muro en seco, abundando en otras partes la tierra generalmente arcillosa.

En los siete u ocho días que duraron mis excavaciones nada pude hallar de particular, fuera de un fémur fósil de un rumiante, probablemente del género bos, saliendo ilusorio el cálculo que nos hacía suponer que, puesto que el dolmen de marras se encontraba alejado del centro del montículo y teniendo éste tanta extensión debían existir junto aquel monumento megalítico alguno o varios otros similares» ( 1 ).

Por ultimo, en 1904, en una Conferencia sobre Prehistoria alavesa ( 2 ), insistía Apraiz sobre el particular en términos idénticos a los enunciados.


( 1 ) Ob. cit . pág . 75 .

( 2 ) Rev. Euskal-Erria, tom. L I, pág. 453 .


 

No fueron satisfactorios los resultados que obtuviera de su investigación, pero tampoco se advierte en sus escritos un juicio, siquiera dudoso, de los admitidos como dólmenes. Únicamente se extraña, y justo es añadir que con razón, al señalar que: «Parece mentira que siendo esto de 1855 a 1856 no hayamos podido adquirir noticias de su contenido por mas diligencias que para ello hayamos hecho».

Véase, ahora, la advertencia a que antes aludí, publicada por D. Carmelo de Echegaray, al hacer la reseña bibliográfica de La Prehistoria en Navarra, de Iturralde y Suit:

«Una observación hemos de permitirnos, antes de hacer punto, para salvar dos errores que encontramos en las primeras páginas de este opúsculo. Uno de ellos consiste en llamar dolmen de Aguirrezabala al de Arrizala, situado en la proximidad de Salvatierra de Álava; y el otro nace de haber dado por buena la existencia de un dolmen en Escalmendi y de otro en Capelamendi cerca de Vitoria.

Creyó, en efecto, descubrirlos el entusiasmo ardoroso y noble del malogrado don Ricardo Becerro de Bengoa; pero nuevas y más severas investigaciones llegaron a poner en claro. que se había dejado seducir y engañar por su afán de esclarecer los anales de épocas remotísimas» ( 1 ).

Pero no es esta prueba la única que poseemos para no admitir la existencia de tales dólmenes.

Como antes se indica, la nota transcrita la desconocíamos al iniciar nuestra campaña de trabajos. Ante la intriga que nos sugerían los escritos enunciados en virtud de la falta de hallazgos, y tratándose de dos puntos situados a las puertas de casa como quien dice, nos decidimos a excavar en Escalmendi.

Mientras se realizaba nuestra labor, obtuvimos noticias fatalmente desconsoladoras por parte de los Sres. de Beiztegui y Sarralde como antiguo y moderno propietarios del montículo; este, desde luego artificial, se nos dijo que fue construido para eminencia propia de un parque desde la que se dominase la vista de Vitoria; a su alrededor se observan todavía algunos arbustos cultivados. Con todo, era preciso descifrar el enigma.

Se excavó y mucho, hasta 4,10 ms. de profundidad en el centro, en cuyo nivel,. casi correspondiente al de la base, aparecieron un buen número de vidrios de botellas, quién sabe si restos de aquéllas que motivaron alguna de las francachelas que, según cuentan, allí tuvieron lugar.

Nuestro problema estaba solucionado, el equívoco científico quedaba resuelto.

Si tanto se ha hablado de Escalmendi y Capelamendi, se ha perseguido con este trabajo, el que queden definitivamente olvidados.

Sorgineixe = Sorgineche = Casa de las brujas.


( 1 ) Rev. Euskalerriaren alde; tom. II, pág. 416. San Sebastián, 1912.