Vitoria-Gasteiz Arqueológica.


 
 

 

Arkeologi Ikerketa-Investigación Arqueológica.

A.19. PEÑACERRADA-URIZAHARRA.

A.19.1. Poblado y Templo de Nuestra Señora de Urizarra.

Dirección: F. Javier Ajamil Baños.

Financiación: Ministerio de Cultura-Instituto Alavés de Arqueología.


The Nuestra Señora de Urizarra chapel and abandoned settlement do not appear in any historical documents until the 17th century, and the castle of the same name is not mentioned until the beginning of the 19th century.

This lies in sharp contrast to the importance of the remains discovered, which consists of a village covering 3.5 hectares, complete with its own church and a series of domestic and production-related structures scattered all over the hill. The settlement had large agricultural and livestock farming areas and a defensive system consisting of a castle, a moat and possibly also a parapet built from stone and wood. The village may date back to the 11th century, and was probably abandoned gradually during the second half of the 13th century, once Aflonso X, King of Castille, founded Peñacerrada between 1254 and 1256. In the rocky caves to the south of the rise, indications of human activity from the Early Neolithic period have been found, although they probably correspond to a temporary refuge for hunters located near hunting grounds around the River Inglares.

 

Descripción de la zona de presunción y perspectivas arqueológicas La Zona de Presunción Arqueológica nº 6 del municipio de Peñacerrada-Urizaharra: «Poblado y Templo de
Urizarra», se extiende por parte del promontorio que se localiza al nordeste de la villa de Peñacerrada, al otro lado del río Inglares. Se trata de una zona aparentemente llana delimitada por una fuerte pendiente en sus lados este y oeste y por un terreno escarpado por el sur. En su punto más alto queda coronado por el denominado actualmente castillo de Urizarra, correspondiente a la Z.P.A. nº 7 del municipio de Peñacerrada-Urizaharra:

«Castillo de Urizarra».

Las primeras noticias sobre Urizarra en las fuentes escritas datan del primer cuarto del siglo XVIII, cuando el Padre Francisco de Berganza, en su obra «Antigüedades de España» (1721), escribe que la iglesia de Peñacerrada fue antes la de Santa María de Urizarra, villa fundada por el Rey de Pamplona Iñigo Arista (820-852). Sin embargo, no hay datos que avalen tal afirmación. También se hace referencia a que en Santa María de Urizarra eran enterrados los caballeros de Montoria, además de Sancho Ramírez y su esposa, hermano él del Rey de Navarra García Ramírez, el Restaurador (1134-1150). Sus restos serían trasladados después a la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, con la fundación de la nueva villa de Peñacerrada.

El despoblamiento de la aldea de Urizarra comenzaría con la concesión del fuero a la villa de Peñacerrada, entre los años 1254 y 1256, que recibiría población de ésta y de otras aldeas cercanas. Su iglesia, reconvertida quizás ya desde entonces en la denominada Ermita de Nuestra Señora de Urizarra, que aparece citada de manera directa ya en 1670, se mantuvo en pie y ha mantenido el culto hasta su demolición en el año 1836.

La importancia que este poblado debió tener quedaba de manifiesto por las evidencias materiales visibles en superficie como, además de la propia iglesia, los montículos de piedras semiocultos por la vegetación y la tierra acumulada por la sedimentación natural tanto aislados como creando retículas que, como se comprobaría más adelante, no eran sino estructuras arruinadas. No menos clarificador a la hora de destacar la importancia de esta aldea desaparecida era la existencia de un foso que la defendía por su lado este y, en parte, por el sur. Foso que enlaza con el castillo que corona la parte más alta del cerro, en su extremo norte. De esta fortaleza tampoco se conoce el origen ya que, igualmente, no aparece citada en la fuentes escritas hasta el año 1802. Respecto a los abrigos rocosos del término de Bajo las Peñas, considerábamos que poseían un gran potencial arqueológico debido a su situación geográfica, protegidos de las inclemencias meteorológicas y orientados al sur, muy cerca, además, del cauce del río Inglares.

 

A la izquierda: algunos de los elementos pertenecientes a la ermita arrojados sobre el pavimento antes de su derribo. A la derecha: muros, restos de derrumbes y pavimento hallados en el recinto documentado en el sondeo 7.


Desarrollo y resultados de la intervención arqueológica.


Se excavaron ocho sondeos. Uno en la ermita de Nuestra Señora de Urizarra, con el objetivo de documentar su secuencia estratigráfica completa, de localizar su posible necrópolis tanto en el interior como en el exterior de la ermita y, con todo ello, intentar aclarar su origen. Cuatro sondeos se abrieron en otros tantos afloramientos de estructuras de los que se extienden por el cerro, destinados a documentar y analizar diferentes recintos para intentar discernir si su uso era doméstico, agroganadero, artesanal o de otro tipo.

Se intervino también en el foso defensivo, con el objetivo de establecer sus dimensiones reales y recabar indicios de la existencia de una posible muralla, cerca o empalizada que complementara esta defensa. Para finalizar, también se excavaron dos sondeos en sendos abrigos del término de Bajo las Peñas. Su objetivo era el hallazgo de evidencias de ocupación humana en ellos, en cuyo caso, podía remontarnos a épocas anteriores a la Edad del Hierro, como así fue. Todos ellos se abrieron con metodología manual y una vez se dio por concluida la campaña de sondeos, se cubrieron con el mismo material extraído. Gracias a esta metodología pudimos diferenciar los siguientes ámbitos dentro del yacimiento:

 

El ámbito religioso.

Nos referimos en este apartado a la ermita de Nuestra Señora de Urizarra. La ermita está construida con fábrica de mampostería ordinaria, con técnica de albañil, a base de piedras calizas irregulares, extraídas del entorno y sin trabajar, quizás sólo careadas y trabadas con mortero. No obstante, hay intercaladas algunas piezas semielaboradas, las cuales estarían reaprovechadas.

Los muros tienen un grosor de 80 cm, estando enlucidos por la cara interna. La estructura asentaría sobre la propia roca y la capa de arcillas inmediatamente precedente habiéndose procedido previamente a la regularización del terreno, pero sin zanja de cimentación, al menos en la parte documentada. Las dimensiones de la ermita, con cabecera recta sin diferenciarse del resto, son de 20,22 m de largo por 4,50 m de anchura, lo que hace una superficie de 91m2.

Si nos atenemos a los restos que son visibles en superficie, el acceso se haría por el lado sur y podría tratarse de un espacio de 1,30 m en el que no aflora el muro entre la capa superficial de tierra que soporta la cobertura vegetal, a 3,75 m del extremo occidental del templo. El último pavimento constatado es una superficie de ladrillos, dispuestos en «espina de pez», enmarcado en los laterales por sendas alineaciones de ladrillos del mismo tipo colocados transversalmente, todo ello sobre una capa de regularización a base de un conglomerado tierra y cal muy compactada que se extendía sobre el estrato natural. La sacristía, localizada en el lado sur, a la altura de la cabecera, ocuparía un espacio de 4,70 m entre la pared este y la oeste, compartida ésta con la casa del ermitaño. El pavimento está constituido por ladrillos y junto al umbral de la puerta hay extendida una capa de yeso donde aún se conservan los agujeros para los anclajes de las jambas de madera. Tanto este tipo de pavimento como el de la nave de la ermita comenzaron a generalizarse en el primer cuarto del siglo XIX.

En el año 1836 la ermita es en su mayor parte demolida. La constatación de que se trata de un derribo intencionado y no de un derrumbe fortuito nos la ofrecen, por un lado, la regularidad de la altura de los muros conservados, entre 90 cm y 1,10 m, lo que indica que las paredes fueron desmontadas, y por otro, la disposición de los materiales constructivos que componen el depósito de amortización del templo. En la parte inferior, sobre el pavimento, encontramos elementos arquitectónicos y posiblemente del mobiliario de la ermita, todos de piedra arenisca, que por la posición que ocupan fueron indudablemente arrojados al suelo. La prácticamente total ausencia de vigas de madera, no así de los clavos de éstas, y de las piedras de las paredes de mayor tamaño indica que, además, la ermita sufrió el expolio de los materiales constructivos seguramente para el refuerzo del castillo tras la toma de éste por el ejército carlista en 1838.

Ya para finalizar, hemos de reconocer que no se han encontrado sepulturas, lo cual era uno de los objetivos de la excavación de este sondeo. En nuestro descargo comentar, sin embargo, que se prefirió no levantar las soleras de ladrillos para que quedaran éstas perfectamente documentadas y a la vista de las personas que visitaran el yacimiento. De haber sepulturas en el interior, serían tumbas excavadas en roca, con o sin sarcófago, donde podrían haber estado enterrados, si nos atenemos a lo que dicen algunas fuentes escritas, Sancho Ramírez y su esposa y los caballeros de Montoria. Pero esto no lo podremos saber si no se levanta todo el pavimento y siempre tomando este dato con cautela.

Algo similar ocurre con la necrópolis que suponemos existiría alrededor del templo, donde se enterraría a los vecinos de la aldea, quedando parte de ella bajo la sacristía y el resto bajo el escombro que se extiende alrededor del templo.

 

El ámbito doméstico/productivo.

La aldea presentaría un poblamiento disperso, aunque con pequeños grupos de recintos agrupados, lo que nos está indicando la existencia de un núcleo poblacional importante.

Las evidencias más claras de ello son los montículos sobrelevados que se pueden observar sobre todo en la mitad este del cerro. Son acumulaciones de piedras aparentemente desordenadas, como si hubieran sido amontonadas intencionadamente, en la mayor parte de los casos semiocultas por arbustos o por una fina capa de tierra que da soporte a la cobertura vegetal. No obstante, dibujan sobre el terreno claras alienaciones y recintos de planta cuadrada y rectangular.

Por la tipología que presenta, el recinto descubierto en el sondeo 2 se trataría con casi total seguridad de una vivienda. No quedaban alzados de más de dos hiladas en los muros sur y este que aparecieron en el sondeo, pero aún así resultaron una clara muestra de lo importante de su estructura. Es un recinto de unos 6 m de lado, con muros de 55 cm de anchura media compuestos en su mayoría, al menos las hiladas inferiores, por grandes bloques de piedra caliza escuadrados. El depósito de amortización del recinto estaba compuesto únicamente de piedras caídas de los muros, sin un sólo fragmento de adobe o tapial. En consecuencia, las paredes de la estancia debieron ser únicamente de piedra o, en todo caso, de madera con zócalo de piedra. El único fragmento de teja recuperado se recogió del nivel de tierra superficial, lo cual tampoco es de extrañar teniendo en cuenta que la ermita está a sólo 65 m de distancia. Por lo tanto, su cubierta estaría construida con materiales perecederos.

Pero la principal característica de este recinto es que contaría con una especie de sótano, el cual se habría habilitado al extraer de un afloramiento rocoso la piedra necesaria para levantar los propios muros de la vivienda.

No se trataría de un espacio muy profundo, en la escasa superficie descubierta dentro del sondeo no alcanzaría el metro de altura, por lo que quizás sólo se tratara de un simple lugar de almacenaje en el que ni siquiera sus paredes fueron regularizadas. Y ello nos lleva también a pensar en la posibilidad de que el suelo de este recinto fuera de madera.

Esto explicaría la casi total ausencia de tierra en el derrumbe que lo rellenaba, apenas la que se ha filtrado a lo largo de los siglos entre las piedras.

 

Aspecto actual del foso defensivo y recreación de su sección original.

 

Muy diferente es el caso del recinto localizado en el sondeo 7, que presenta unas características tipológicas totalmente distintas a él. Se trata de un recinto de planta rectangular del que se advertían en superficie unas medidas aproximadas de 14,50 m de largo por 6 m de anchura. El único muro descubierto en su totalidad fue el que cierra el recinto por el lado este, con una anchura media de 53 cm, si bien sus características son totalmente diferentes a las del recinto hallado en el sondeo 2.

Su fábrica es de mampostería casi aparejada, conservando hasta tres hiladas, alcanzando una altura media de 52 cm. El lado norte del recinto lo delimita un muro que quedó bajo el cantil del sondeo y, aún guardando una altura similar, su factura es un tanto más irregular.

En el extremo contrario del recinto, el muro parecía tener continuación hacia el norte. También al contrario que el anterior, este recinto contaba con un pavimento, vasto y de escasa consistencia, compuesto de piedras calizas y tierra procedente del terreno circundante. Éste, con una potencia media de 15 cm, se extendía en parte bajo los muros del recinto, pero no así por su parte exterior, lo que indica que la nivelación y regularización de este espacio y la construcción de los muros fue simultánea. La excavación de esta solera no propició la recuperación de gran cantidad de material arqueológico, pero deparó la sorpresa del hallazgo de algunos fragmentos cerámicos modelados así como una varilla de cobre/bronce, que podrían remontarse a la Edad del Hierro. La posibilidad de algún tipo de poblamiento de esta época no es, en consecuencia, descartable, algo sobre lo que más adelante volveremos con más detalle, sobre todo teniendo en cuenta la topografía de este emplazamiento.

Ocupando todo el interior del recinto, sobre el pavimento, y en parte por el exterior, amortizaba este espacio el derrumbe de la estancia, en el que, como en el caso anterior, no se halló ni un solo fragmento de teja.

Esto nos lleva a pensar también aquí en una construcción con cubierta a base de materiales perecederos cuyas paredes de mampostería podrían o no alcanzar la altura total del recinto. Este derrumbe contenía principalmente fragmentos cerámicos de recipientes fabricados a torno, en menor medida restos óseos de fauna y varios objetos de hierro que se podrían considerar como pequeñas herramientas o parte de ellas, y restos de algún tipo de actividad metalúrgica. Se trataría del definitivo abandono del recinto si tenemos en cuenta que cubría a un primer derrumbe, menos extenso, ya que se localizaba sólo a los pies de los muros perimetrales, y con características diferentes. Si bien éste contaba también con gran cantidad de mampuestos de piedra caliza, sobre todo junto a la pared norte, contenía una mayor cantidad de tierra con gran presencia de cal. Por su disposición, daba toda la impresión de haber sido retirado de la parte central del recinto para dejar un espacio libre para su uso posterior, con lo cual parece ser que tras un primer abandono, éste edificio pudo volver a ser utilizado. En este depósito, la mayor parte del material arqueológico recogido se encontraba en la parte inferior e, incluso, casi en contacto con el pavimento. Se trata de casi un centenar de fragmentos de recipientes cerámicos elaborados a torno; en mucha menor medida restos óseos de fauna, una decena de objetos y fragmentos de hierro relacionados con esa actividad artesanal a la que hemos hecho referencia, y casi una veintena de trozos de escoria de hierro, uno de ellos una torta hemisférica. También se halló un dinero de vellón perteneciente casi con seguridad al reinado de Alfonso VIII de Castilla (1158-1214). Quizás el escombro acumulado a los pies de los muros para reutilizar la estancia formara parte de algún tipo de distribución interna, ya que también se halló bajo éste un agujero abierto en el pavimento para encajar un pie derecho de madera que, por su cercanía a los muros norte y este, descartamos que fuera para apoyo de un pilar de sustentación de la cubierta.

Con todos estos datos, parece que nos encontraríamos ante un recinto que, al contrario que el anterior, podría haber alojado algún tipo de actividad artesanal relacionada con la metalurgia. No obstante, ante la ausencia de evidencias del uso continuado de fuego, pese a haberse hallado restos de escoria de hierro y de carbones, con origen en algún otro punto de esta estancia o en otro lugar en todo caso muy cercano, podemos descartar que fuera una fragua. No obstante, ésta no estaría muy alejada. Pese a todo ello, no nos atrevemos tampoco a descartar que fuera un edificio que pudiera haber alojado al mismo tiempo una vivienda, no sólo por las dimensiones de su planta, al menos 87 m2, sino también por las evidencias de haber contado con una distribución interna. Además, el muro de cierre por el oeste parecía tener continuidad hacia el norte, por lo que quizás
estemos hablando de un edificio de mayores dimensiones. No sería esto algo excepcional, para el siglo XI ya se han documentado edificios de plantas extensas con una división del espacio en distintos ambientes.

Sí descartamos esta posibilidad, sin embargo, al hablar del recinto hallado en el sondeo 6. Este recinto se ubica en una zona un tanto desplazada de lo que podríamos llamar la parte central de la aldea, al sureste del cerro, si bien no podemos hablar de que se trate de un lugar aislado dentro del entramado de estructuras que se extienden por su superficie. aquí se hallaron los restos de un muro con dirección E.-W. de 2,50 m dentro de las dimensiones del sondeo. La finalización de este muro no es por derrumbe, sino
porque formaría parte de un recinto abierto hacia el este y que posiblemente conecte con una larga estructura que parece tener dirección N.-S. El muro conserva una única hilada y su factura es muy pobre, teniendo colocadas las piedras, alargadas, de forma transversal intercalándose unas con otras. Su apoyo se hace sobre una solera de unos 20 cm de potencia, compuesta de clastos procedentes de la trituración de la roca caliza del entorno, que regulariza el firme por su lado norte, pero que apenas sobresale de su base por el lado sur.

No podemos llegar a asegurar si sobre estos restos se levantaba una pared de madera o su continuación era también de piedra, pero el hecho de que hayamos encontrado muy pocos mampuestos nos hace pensar que, al menos el zócalo, si se trata de ello, no era mucho más alto. Si tuvo algún tipo de tejavana, ésta sería de materiales perecederos, ya que no se vio ni un sólo fragmento de teja. Con estas características no parece probable que nos encontramos ante una estructura de carácter doméstico, sino más bien de algún tipo de recinto de tipo exclusivamente productivo.

Como lo es, sin lugar a dudas, el que se extiende por la parte central del cerro, parte de cuyo muro perimetral hallamos en el sondeo 3. Se trata de un espacio tendente a rectangular, llano, de unos 600 m2 delimitado por los restos de un muro perimetral al parecer abierto por su extremo oeste. El muro que lo delimita tenía una anchura media es de 73 cm y conserva sólo una hilada. Su fábrica es de mampostería irregular, con las piedras más grandes colocadas en los paños exteriores y el interior relleno de piedras más pequeñas dispuestas desordenadamente. Asienta sobre el terreno original del cerro, sin ningún tipo de preparación.

No sólo por las características de esta estructura, sino por su dibujo y dimensiones en planta y por su localización topográfica, en una zona llana algo separada de los recintos dedicados a uso doméstico y artesanal, estaríamos hablando de un recinto de uso agroganadero. Sorprende, sin embargo, que pese a ello y a la poca potencia de los depósitos excavados se haya recuperado una relativa gran cantidad de material arqueológico, entre el que destacan por su número los más de 150 fragmentos de recipientes cerámicos, todos fabricados a torno, y una veintena de huesos de fauna, pero principalmente, una punta de flecha de hierro y una moneda de cobre. Se trata de una moneda de 8 maravedíes perteneciente al reinado de Felipe IV (1621-1665). No debe extrañarnos la aparición de elementos del siglo XVII entre el material arqueológico en este sondeo aún habiéndose abandonado la aldea casi cuatro siglos antes, como todo parece indicar. Lo que es indudable es que las tierras de labor, eras y cercados de ganado se han venido utilizando hasta fechas no muy lejanas.

 


El ámbito defensivo.

El elemento de referencia al hablar de Urizarra, al margen de la antigua iglesia de la aldea, es, sin duda, el castillo que corona el cerro en su extremo norte. De esta fortaleza no se conoce el origen y no aparece citada en la fuentes escritas hasta el año 1802, cuando aparece en el «Diccionario Geográfico-Histórico de España de la Real Academia de la Historia». Quizás sea porque lo que realmente no conocemos sea su denominación original, la que tuvo antes del abandono de la aldea que creció a sus pies, y nos haya llegado sólo el «uri zaharra» con el que conocerían los nuevos vecinos de la villa de Peñacerrada a la vieja aldea y a su castillo.

El motivo de incluir aquí la referencia a la fortaleza es porque la relación aldea-castillo ha quedado demostrada con la identificación del foso que la defiende, a lo largo de unos 400 m, excavado en la ladera este del promontorio y por el sureste, hasta donde comienzan los escarpes naturales que lo limitan por el lado sur y suroeste. El foso aprovecha en parte la orografía natural del terreno, de modo que su construcción se realizó desde la cota donde la pendiente ascendente aumenta su desnivel y la excavación, incluso en roca viva, no tenía por qué ser demasiado profunda. Sobre todo cuando el material extraído de la excavación sirve para, acumulándolo en los bordes, crear una mayor pendiente de forma artificial. Así, pese a que el fondo del foso, prácticamente horizontal, tiene 4,60 m de longitud la distancia entre los puntos más altos de las pendientes interior y exterior mide 13,70 m, alcanzando los 4 m de profundidad desde la cumbrera interior, siendo de 1,50 la de la exterior. De todos modos, en este punto hay que tener en cuenta la erosión producida por los agentes climatológicos y los desprendimientos debidos a la falta de mantenimiento, que habrían producido una pérdida de altura, sobre todo en la pendiente exterior. La pendiente interna, desde el corte vertical del foso, cuenta con un desnivel artificial de unos 30º encontrando, a 2,65 m, una alineación de grandes piedras a lo largo de su borde, dispuestas sobre la propia roca, de modo que separan la zona trabajada del terreno original, sin que podamos descartar que se hallen desplazadas de su posición debido al empuje de los depósitos desde el exterior. Estos depósitos también parece que han sido removidos de su emplazamiento original para crear una profundidad aún mayor, hasta alcanzar los 4 m citados, ya que el desnivel del terreno en superficie no se corresponde con el de la roca natural.

Además, limitándonos a la zona afectada por el sondeo, en la única unidad estratigráfica que colmataba la parte exterior se recogieron casi 400 fragmentos cerámicos en poco más de 2 m3 , frente a los poco más de 40 fragmentos recuperados en los tres depósitos de amortización del foso. Tanto unos como los otros pertenecían a recipientes cerámicos fabricados a torno y de cronología exclusivamente medieval.

Por último, cabe la posibilidad de que a la defensa de la aldea se añadiera, vistas las dimensiones del foso, algún tipo de cerca que lo complementara. No obstante, la idea de que fuera una muralla de grandes dimensiones es improbable, ya que hubiera dejado una impronta en el terreno mucho más evidente, además de haber necesitado una serie de recursos económicos con los que quizás la aldea no contaba. La alineación de grandes piedras colocadas a lo largo del borde del foso podría obedecer a voluntad de proteger
éste de la erosión provocada por las inclemencias meteorológicas, aunque también hay que reconocer que la gran cantidad de piedras que componía casi en exclusiva el relleno de amortización del foso implica el desprendimiento de una estructura de mayor entidad de lo que sugieren los restos documentados. Por ello no descartamos la existencia de algún tipo de parapeto mixto, de madera sobre una base de piedra.

 


Abrigos de Bajo las Peñas.

Estos abrigos naturales poseían un gran potencial arqueológico al estar protegidos de las inclemencias meteorológicas, principalmente al estar orientados al sur, y por localizarse muy cerca del cauce del río Inglares. A pesar de ello, no parecían haber sido objeto nunca de una investigación arqueológica, por lo que no contábamos con referencias previas, ni escritas ni orales sobre una posible ocupación humana de estos abrigos. Sus principales características consistían en la poca potencia del único depósito documentado, producto de la sedimentación natural, y en la ausencia de indicios de actividad antrópica, al margen del material arqueológico recuperado. Nos referimos a que no se ha encontrado ni el más mínimo resto de carbón o cenizas que indicara la presencia de un hogar; restos de algún tipo de estructura que hubiera evidenciado una organización del espacio, aunque no fuera estable; agujeros de poste para la habilitación de algún tipo de paravientos o cubierta de ramas, etc.

En definitiva, que podemos hablar únicamente de una ocupación muy puntual de estos abrigos, incluso como refugio en diferentes épocas.

Es el material arqueológico recuperado en el sondeo 5, el situado más al este de los dos abiertos en Bajo las Peñas el que nos ha dado algunas pistas al respecto. Se trata, desde material lítico sobre sílex a cerámica esmaltada de cronología moderna, pasando por algunos fragmentos cerámicos fabricados a mano pertenecientes seguramente a la Edad del Hierro y una decena de restos de huesos de fauna. Este conjunto nos indica una presencia humana esporádica y llama la atención la desproporción de material lítico recuperado respecto al resto, ya que en los 6 m2 abiertos en el sondeo 5 se han recogido más de 200 piezas. Este dato, sin embargo, hay que relativizarlo, ya que principalmente se trata de restos de talla, con presencia de sólo 8 útiles pertenecientes a una industria laminar tendente al mundo geométrico relacionada con las herramientas de caza. Además, debemos tener en cuenta que, debido a las escasas dimensiones de la plataforma para el mantenimiento de los estratos, parte del material arqueológico ha podido deslizarse ladera abajo a lo largo del tiempo. Con todo, no podemos dejar de lado las ausencias en este conjunto lítico, es decir, utensilios que podríamos llamar domésticos, como buriles o útiles compuestos del tipo raedera raspador.

En definitiva, si sumamos las características del material arqueológico recuperado y las del sitio, en alto, con visera y plataforma reducidas, podemos lanzar la hipótesis de hallarnos ante un emplazamiento de uso puntual, aunque quizás recurrente, por parte de un grupo de cazadores que se detienen a reparar herramientas y realizar alguna pequeña actividad de talla para fabricar lo que en ese momento necesiten.

No estaríamos hablando en ningún momento de un taller de herramientas de caza, ya que el número de los restos de talla serían infinitamente mayor. Cronológicamente nos moveríamos en torno al Neolítico antiguo y la transición al Neolítico pleno, fechas que para el País Vasco rondarían los 5.000/4.500 a.C.



F.J. Ajamil Baños.


 

 

 


Los Huertos.