Vitoria-Gasteiz Arqueológica.


 
 

 

Arkeologi Ikerketa-Investigación Arqueológica

 

ALEGRÍA-DULANTZI.

A.1.1. Yacimiento de San Martín de Dulantzi.

Dirección: Javier Niso Lorenzo.

Financiación: Ayuntamiento de Alegria-Dulantzi; 

Departamento de Cultura del Gobierno Vasco; Diputación Foral de Álava.

 

The results obtained during the archaeological intervention carried out at the San Martín de Dulantzi site enabled the recreation of a long chronological sequence ranging from prehistoric times to the present day. The most interesting remains are those corresponding to the Late Antiquity and Late Medieval periods. The main discoveries consist of a large religious building dating from the second half of the 6th century AD and a cemetery which was in use for many years, and which covers the whole area and overlaps with a large number of both negative and constructed structures. In this cemetery, various graves have been discovered which bear a direct relationship to the religious building and which present unique characteristics, including the presence of utensils and deposits, some of a clearly continental influence.

 

La decisión del Ayuntamiento de Alegría-Dulantzi de reurbanizar las calles de Nuestra Señora de Ayala y de San Martín, ambas fuera del Casco Histórico y dentro del propio barrio de Dulantzi, propició la realización de una intervención arqueológica de urgencia debido a que la zona norte de la calle San Martín estaba declarada Zona de Presunción Arqueológica, por encontrarse en sus cercanías la antigua ermita de San Martín de Dulantzi.

En un primer momento, los trabajos arqueológicos se limitaron a la apertura de sondeos y control de las obras, pero posteriormente y a consecuencia de la importancia de los restos detectados, se pasó a una excavación en área, en la que se ha intervenido un total de 800 m².

El objeto de este artículo es dar a conocer la secuencia histórica del yacimiento, en un momento en el que el proceso de investigación ya permite ofrecer unos resultados definitivos. Únicamente se pretende ofrecer la interpretación de los hallazgos sin entrar en una contextualización histórica de carácter general. Para facilitar su comprensión, se han establecido ocho fases históricas:

 

Fase 1. Segundo milenio a.C.

Los testimonios más antiguos son una serie de estructuras excavadas en el estrato geológico a modo de posibles fondos de cabaña de planta irregular y de grandes dimensiones y sus rellenos de amortización.

Su datación plantea problemas ya que son muy pocas las evidencias recuperadas. No obstante, la cronología más probable es la Edad del Bronce.

 

Fase 2. Siglo I d.C. - IV d.C.

Sorprendentemente, sobre todo si se tiene en cuenta la relativa cercanía con el castro de Henayo, no se ha documentado ningún resto adscribible a la Edad del Hierro, sino que existe una salto hasta la etapa romana altoimperial. Este periodo tiene bastante presencia en el yacimiento, si bien sus testimonios están muy afectados por la estratigrafía superior, en algunos casos impidiendo establecer una lectura muy nítida de ellos.

De todos modos, se ha podido detectar un primer poblamiento basado en estructuras excavadas (agujeros de poste y rozas) de carácter rupestre y levantes en materiales perecederos y uno posterior con estructuras murarías pétreas en torno a una calle. Siguiendo con la tónica ya vista en otros yacimientos romanos alaveses, este importante cambio parece darse en los últimos años del siglo I d.C. o ya en la siguiente centuria. En este momento, se decide modificar el poblamiento precedente con un nuevo programa edilicio.

 En este yacimiento, se ha podido ver alguna de las características de este nuevo urbanismo como es su disposición en retícula. Todas las estructuras localizadas, aunque se encuentren a mucha distancia entre ellas, siguen una orientación exacta (noroeste-sureste y noreste-suroeste).

En momentos más avanzados, siglo III-IV d.C., se observa una falta de estructuras edilicias de entidad que manifiesten la continuidad en el urbanismo de esta área del yacimiento.

Únicamente se detectan algunos testimonios aislados como un pozo cuyo relleno de amortización, U.E.405, se ha fechado gracias al C14 en el siglo II-III (datación calibrada a 1 (68%) 120-220 d.C. y a 2 (89%) 80-240 d.C.14), así como un significativo número de depósitos, posiblemente para nivelar la zona, que pueden llegar hasta el siglo IV.

Finalmente, merece la pena destacar la aparición, aunque de forma descontextualizada en fases posteriores, sobre todo en la gran iglesia tardoantigua, de un significativo conjunto de estelas funerarias romanas reutilizadas. Su mera aparición está indicando la presencia de una necrópolis altoimperial en las cercanías.

Antes de proseguir con el desarrollo de las siguientes fases, conviene realizar una breve reflexión sobre la equiparación que tradicionalmente se ha dado a la mansio de Tullonium con el cercano yacimiento de Angostina a los pies del castro de Henayo.

La vinculación toponímica entre los nombres de Dulantzi y Tullonium, siendo el primero una derivación lógica del segundo, era evidente. Por ello y porque la distancia con las mansiones vecinas cuadraba más o menos con la establecida en el Itinerario, se pensó en el yacimiento romano más cercano a esta localidad, que, hasta el momento, no era otro que el de Angostina. Sin embargo, en esta intervención dentro de una secuencia histórica muy dilatada y de gran complejidad se ha documentado un significativo número de evidencias de cronología romana, que modifican los planteamientos anteriores y que permiten vincular a Tullonium con el propio núcleo de Dulantzi. Además, la cercanía entre el término de Angostina y el de Dulantzi plantea la posibilidad de que se tratase de un único yacimiento con una extensión mayor, similar al de otras mansiones del entorno como pudiera ser la cercana Arcaya/Suestatium.


( 14 ) Las analíticas de C14 han sido realizadas en el laboratorio de Geocronología del Instituto de Química Física «Rocasolano» del CSIC y en el laboratorio de la Universidad de Uppsala (Suecia).

Especialmente queremos agradecer a Antonio Rubinos Perez toda la ayuda prestada.




Planos de las Fases 2, 3 y 4 (Iterbide S.C.).

Fase 3. Siglo V d.C. - primera mitad del VI d.C.

El paso entre el mundo romano y tardoantiguo se caracteriza por una singular ausencia de restos, quizás enmendada por un poblamiento basado en estructuras perecederas o por los primeros testimonios del uso de este espacio como necrópolis.

El presumible poblamiento romano tardío se sustenta en una serie de estructuras excavadas (fondos de cabañas, agujeros de poste, rozas, cubetas) repartidas por todo el yacimiento y que carecen de unas relaciones estratigráficas concluyentes, razón por la que sitúan entre los siglos IV y VIII. Para intentar acotar su cronología hay que acudir a los restos cerámicos de sus rellenos de amortización. En ellos, llama la atención la presencia de cerámica grosera típicamente tardoantigua y la ausencia de cerámica fina característica de los siglos IV-VI. ( 15 )


( 15 ) El estudio de la cerámica tardoantigua y medieval está siendo realizado por José Luís Solaun Bustinza a quien agradecemos su colaboración.



Por lo tanto, parece más sensato atribuir a este conjunto de estructuras una datación más avanzada, ya dentro de la siguiente fase histórica registrada.

La presencia de un pequeño cementerio de esta cronología está basada en la datación de C14 del enterramiento 218 (a 1 (68%) 430-540 d.C. y a 2 (95,4%) 410-550 d.C.). Su horquilla cronológica es amplía, pudiéndose datar en el siglo V, pero también en la primera mitad del VI. Sin embargo, sus relaciones estratigráficas, este enterramiento está cortado por una estructura excavada, que a su vez sabemos con seguridad que es anterior al gran edificio tardoantiguo del siglo VI, sugieren la elección de sus intervalos más antiguos.

El mayor problema a la hora de identificar esta inhumación con el primer cementerio es la falta de otras inhumaciones coetáneas. Esta ausencia se pudiera explicar por dos razones.

La primera, las propias circunstancias del proceso de excavación. Al ser una intervención de urgencia, la superficie intervenida venía dada por las zonas afectadas por la obra de reurbanización y no por criterios científicos. Por ello, gran parte del yacimiento se quedó sin intervenir. Entre ellas, áreas en las que pudiera haberse localizado esta necrópolis primigenia.

La segunda, la escasa densidad de ese primer cementerio. Teniendo en cuenta la primera causa, observamos que para otras fases posteriores de la necrópolis con las mismas circunstancias, el número de enterramientos recuperados es mayor. Este fenómeno se ha podido comprobar con las analíticas de C14.

Un buen número de ellas se realizaron a enterramientos que por una serie de características (relaciones estratigráficas, tipología, material cerámico de sus rellenos de amortización, localización), parecían bastante antiguos, sin embargo, todos han dado fechas tardoantiguas o altomedievales, nunca anteriores.

El único enterramiento con una cronología similar (a 1 (68%) 380-540 d.C. y a 2 (95,4%) 340-540 d.C.), es el enterramiento 181, localizado de forma secundaria dentro de la tumba de privilegio del ábside del edificio tardoantiguo. Dentro de su amplia horquilla cronológica, existen varios intervalos comunes con el enterramiento 218, por lo que perfectamente pudieran ser coetáneos y fechados en el siglo V o la primera mitad del VI. Sin embargo, su excepcionalidad, de la que se hablará en profundidad en la siguiente fase histórica, aconseja no usarlo para establecer ningún tipo de paralelismo.

En definitiva, la aparición de, al menos, un enterramiento anterior al edificio de culto permite hablar de una pequeña necrópolis a partir de la cual se puede levantar este gran complejo. La información sobre ella es mínima, ya que se desconoce su situación exacta en el yacimiento, su tamaño, su dispersión, etc. Su cronología tampoco es concluyente, ya que la horquilla cronológica que presenta su datación radiocarbónica es muy amplía (siglo V o primera mitad del siglo VI). En cualquier caso, su presencia está indicando los primeros atisbos de una serie de profundos cambios que se van a dar en el yacimiento a partir de este momento y que desembocarán en la ya comentada construcción del gran edificio religioso y en la cada vez mayor importancia de esta área hasta ahora marginal. Esta marginalidad explica la ausencia de restos que definía esta fase. De hecho, la paulatina disminución de testimonios, desde el momento de mayor auge a finales del siglo I o en el siglo II d.C., es una característica perfectamente visible en toda la superficie intervenida del yacimiento. Posiblemente este fenómeno responda a la propia transformación de la mansio de Tullonium, que motivará importantes cambios a la hora de gestionar el espacio.


Fase 4. Segunda mitad del siglo VI d.C. - siglo VII d.C.

Al contrario de lo que ocurre en la fase anterior, se define por su gran potencia arqueológica, fundamentalmente visible en la construcción de un gran edificio religioso, con su necrópolis asociada, pero también en otras muchas estructuras de menor entidad, repartidas por toda la extensión del yacimiento. Este elevado número de evidencias es consecuencia de las transformaciones acontecidas en el yacimiento desde que se ubica en esta zona este primer cementerio de carácter cristiano.

El repaso a todos estos testimonios no se va a comenzar con el gran edificio religioso sino con las estructuras excavadas de las que ya hacíamos referencia en la fase anterior.

Finalmente y a pesar de los problemas a la hora de datarlas, las ubicábamos dentro de esta fase o en momentos posteriores. Ahora bien, existe alguna estructura con unas relaciones estratigráficas más definidas que permiten establecer un nuevo matiz cronológico. Por ejemplo, sabemos con seguridad que, al menos una de ellas, es posterior a la necrópolis y anterior al edificio. En concreto, está cortando al enterramiento 218, mientras que el muro este del baptisterio está realizado en su relleno de amortización. Así pues, en la zona donde posteriormente se va a construir la iglesia se puede definir la huella de un mínimo de dos actividades antrópicas.

Un primer uso del espacio como necrópolis y otro posterior con estructuras excavadas, cuyo final probablemente coincidiera con su construcción.

En el resto del yacimiento también se documentan un buen número de estructuras negativas de muy variada tipología (agujeros de postes, cubetas, rozas, fondos de cabaña). Los datos sobre ellas son muy escasos por varios motivos. En primer lugar, la falta de relaciones estratigráficas entre estas estructuras y otros elementos mejor conocidos que permitan su interrelación. En segundo, el grado de arrasamiento que han sufrido un buen número de ellas y que impide conocer su aspecto original. En tercero, la propia superficie excavada que impide ver en extensión su distribución espacial. Por último, la importante horquilla cronológica, segunda mitad del siglo VI y siglo VII, en la que se datan sus rellenos de amortización. En consecuencia, sólo se puede atestiguar la importante ocupación de toda la superficie del yacimiento en esta fase.

El tema de las estructuras excavadas se retomará posteriormente, pero ahora queremos centrarnos en la descripción del gran edificio de culto, situado en la esquina noroeste de la actual Calle San Martín. Se trata de una construcción de la que apenas se conserva, en algunos tramos, la cimentación de sus muros, en otros, las primeras hiladas del alzado; mientras que hay zonas que están completamente perdidas, a causa de saqueos y arrasamientos posteriores. En buena parte se puede culpar de esta destrucción a la utilización posterior del espacio para nuevas fases de enterramientos, fundamentalmente los plenomedievales de lajas (siglos XII-XIII), pero tampoco debe olvidarse que parte de él se encuentra bajo viviendas de la moderna Alegría-Dulantzi, alguna de muy reciente construcción.

Aun así, los restos registrados sugieren una planta basilical, con orientación este-oeste, de la que pueden reconocerse las siguientes estancias:

Al este, una sala, recta al exterior y absidiada al interior, con unas dimensiones de unos 16 m². En su centro geométrico, e hincada en el suelo, apareció una estela funeraria romana de sección cuadrada (0,35 m de lado), que consideramos fuera reutilizada como altar. Entre este elemento y el muro norte de la sala se localiza un enterramiento de privilegio en fase (ent.181). Se trata de una tumba rectangular (1,80 m este-oeste y 1 m norte-sur, 1 m de profundidad desde el suelo) construida mediante muros de mampostería, revestidos con un enfoscado de tono rosáceo anaranjado tanto en sus laterales como en su base.

Posiblemente, alguna pared tendría un estucado de mayor calidad, con una base blanquecina decorada mediante dibujos en amarillos, negros, verdes y rojos.

El problema es que no se ha documentado en posición, sino caída sobre la base de la tumba, por lo que no es posible determinar dónde se localizaba y qué motivo formaba.

En su interior, lateral suroeste, se inhumó el esqueleto de una mujer, sin conexión anatómica, y sin ningún depósito ni ajuar asociado. Tan sólo aparecieron junto a sus restos óseos parte del cráneo con el arranque de ambas astas de un corzo ( 16 ). 


( 16 ) El estudio zooarqueológico está siendo realizado por Idoia Grau Sologestoa a quien agradecemos su colaboración.


 

Lo que induce a considerar que se trata de un personaje importante que, dado que fue situado en un lugar especial, trasladado desde su enterramiento original, quizá para ser honrado en esta tumba de prestigio.

Su datación también es excepcional, siendo el enterramiento que ha ofrecido una cronología más antigua, de aquellos a los que se les ha efectuado analítica de C14. Su resultado es a 1 (68,2 %) 380-540 d.C. y a 2 (95,4 %) 340-540 d.C. Como se puede ver la horquilla cronológica que presenta es amplía, pudiéndose datar desde el siglo IV al siglo VI, pero nunca pasando a la segunda mitad de esta centuria.

Este dato tiene bastante importancia, ya que como se explicará más adelante, los enterramientos inhumados dentro del edificio se datan a partir de la segunda mitad del siglo VI.

El muro occidental de esta estancia, si bien similar al resto en cuanto a su obra, (comparte la técnica y cimienta hasta la misma cota), presenta una superficie acondicionada como paso mediante unas losas especialmente planas y lisas, de 1 x 0,40 m. El suelo de esta sala debería coincidir con este acceso y, posiblemente, con las losas de la cubierta del enterramiento en fase, pero no se ha registrado.

Planta general del edificio religioso en la fase tardoantigua con los enterramientos asociados. 1. Sala absidiada con tumba privilegiada. 2. Gran aula central. 3. Sala al sur de estancia absidiada. 4. Baptisterio (Iterbide S.C. y Enklabe Koop.S.Txikia)

Imbricándose con esta sala, en su lado oeste, se localiza un gran espacio del que se conocen sus laterales este y sur, quedando los otros dos debajo de las casas actuales del pueblo. De esta gran estancia alargada (tiene una longitud conservada de unos 10 m y una anchura conservada de 5 m) tampoco se ha podido registrar el suelo, si bien se puede adivinar su cota, ya que existe una relación directa con la sala más oriental. Se trata de un escalón constituido con una cimentación de mampuestos oblicuos trabados con barro, con un suelo de pequeñas lajas muy finas y planas.

Al sur de este escalón y trabado con el muro testero, se documenta la cimentación de la primera pilastra divisoria de la nave central y sur. El resto de pilares no se han detectado, por lo que no es posible conocer su situación y número total en la gran aula.

En cambio, sí se ha podido observar una reforma en el único apoyo conservado, posiblemente para darle mayor estabilidad al edificio.

En esta gran aula se han documentado una total de diez enterramientos con orientación este-oeste, a excepción de uno, girado completamente, que se distribuyen por buena parte del espacio. Se trata de tumbas de fosa simple, con ataúdes de madera en los que se conservan los clavos para su armazón, dotadas de ajuares y depósitos asociados. Los esqueletos están colocados en posición decúbito-supino, siempre con las piernas estiradas, y alternando la disposición de sus brazos, en algunos casos cruzados a la altura del pecho, otros a la de las caderas y otros estirados.

En la esquina sureste de este recinto se ha documentado el umbral de una puerta, realizado a partir de una gran lápida funeraria romana. Para ello, en el extremo externo de esta pieza, se abre una roza bastante profunda, previsiblemente, para encajar la puerta. Este vano parece conectar el gran espacio con otro de menor tamaño situado al este y al sur de la cabecera.

Desgraciadamente, de este recinto que conformaría el límite sureste del complejo, apenas se tienen datos, por estar totalmente afectado por enterramientos de etapas posteriores y por las zanjas de los servicios actuales de la calle. Por esta razón, sólo se han podido documentar el muro este que, con dirección norte-sur, se imbrica con el de la cabecera y el oeste que, con la misma dirección, arranca desde la esquina sureste de la gran aula, faltando el muro que cerraría este espacio por el sur. Tampoco se ha podido localizar el suelo de uso. En esta estancia también se han documentado tres enterramientos en fase, compartiendo las mismas características que los descritos anteriormente.

Finalmente, en el extremo suroeste del complejo, y compartiendo muro con la nave, se abre una habitación de planta rectangular de 4 m de largo y casi 3,5 m de anchura, con una pila central. Aunque muy saqueada se puede adivinar su morfología. Se trata de una estructura de planta cuadrada de 1,60 m de lado y una profundidad de 0,80 m, con una serie de escalones para su acceso. Toda ella se encontraría revestida con un enfoscado rosáceo similar a la de la tumba de privilegio del ábside.

De este recinto es el único en la que se ha podido documentar su suelo, formado por una superficie de cal y cantos. También es la única estancia en la que se ha conservado in situ restos de revestimiento parietal, concretamente en la cara interna de los muros norte, este y oeste.

En resumen, se trata de edificio religioso de planta basilical y orientación este-oeste, de la cual se ha localizado el ábside, la nave, el baptisterio y una sala abierta al sur.

Su técnica constructiva es de mampostería y lajas trabadas con un mortero de argamasa blanquecina, aunque también se observa la reutilización de materiales anteriores, sobre todo restos de estelas funerarias romanas, para elementos destacados del edificio.

Los casos más evidentes son el tenante de altar del ábside y el umbral de acceso entre la gran aula y la sala al sur del ábside ( 17 ).


( 17 ) El estudio arquitectónico está siendo realizado por Egoitz Alfaro Suescun a quien agradecemos su colaboración.



También debía tener piezas realizadas ex novo para otras partes básicas del edificio, sin embargo, éstas nunca se han encontrado en su posición original, sino en los rellenos de amortización de los silos correspondientes a los últimos momentos de uso de este espacio. Por ejemplo, se han constatado distintas piezas en lumaquela para vanos, dovelas para arcos, algunas decoradas con motivos cordiformes, varios fragmentos de celosías para cubrir ventanas, una de ellas con grafitos y un fuste de columna. Junto a estas piezas bien definidas también se han documentado otras sin una funcionalidad aparente pero que también formarían parte del edificio. Destacan unos fragmentos de lumaquela revestidos con pintura roja que sugieren que alguna parte del edificio estuvo pintada, tal vez la parte de mampostería estuviera enlucida y la de sillería pintada. Asimismo y también en lumaquela, un posible capitel en muy mal estado de conservación y una pieza cuadrada con seis caras trabajadas y un rebaje en el centro.

Pocos son los testimonios directos sobre el momento de su construcción. Las zanjas de cimentación de los muros estaban realizadas a saco, sin que hayan dado ningún resto material y tampoco existen rellenos de nivelación claros del momento de su levantamiento. Luego, es necesario buscar otros datos procedentes del registro estratigráfico. Por ejemplo, toda la obra está cortando a rellenos de cronología romana avanzada (siglos III y IV). Además, hay una serie de estructuras excavadas en estos depósitos cuyas amortizaciones se datan en época tardoantigua. Sobre una de ellas se dispuso el muro este del baptisterio, por lo tanto sabemos que es posterior a éste. Asimismo, el enterramiento 218 está cortado por este agujero. Si su cronología de C14 da a 1 (68,2 %) 430-540 d.C. y a 2 (95,4 %) 410-550 d.C. el edificio, o al menos el baptisterio, se tuvo que construir a partir de esa fecha.

El enterramiento de privilegio del ábside (ent.181) también aporta valiosa información cronológica. Su datación de C14 ha dado como resultado a 1 (68,2%) 380-540 d.C. y a 2 (95,4%) 340-540 d.C. y sabemos, por su estratigrafía, que es inmediatamente posterior a la construcción del edificio. De hecho, se colocó en el espacio existente entre el lateral norte de este recinto y el tenante de altar. Por lo tanto, se puede asegurar que esta tumba y por ende, esta sala se realizó con posterioridad a estas fechas.

Finalmente, las analíticas de C14 efectuadas a varios de los enterramientos asociados al edificio (ent.190, ent.197, ent.198, ent.204, ent. 212), unido a la información cronotipológica que ofrecen sus ajuares, han permitido aventurar, con cierta seguridad, que la iglesia estaba ya en pie a finales del siglo VI d.C. Momento en el que todos los enterramientos se realizan en relación con el edificio, algunos en su interior y otros inmediatamente al exterior. O, lo que es lo mismo, estos individuos se inhuman una vez que el edificio estaba ya en pie.

A pesar de las dudas que puedan plantearse, hemos venido defendiendo la funcionalidad religiosa de este edificio.

Su perfecta orientación este-oeste y su distribución, siguiendo un esquema lógico para un edificio con este propósito. El ábside está ubicado al este y tiene en su centro el tenante de altar. A él se accedería desde su extremo occidental, a través de unos escalones que lo comunican con la nave. Esta gran aula parece ser el centro vertebrador de todo el espacio, ya que también conectaría con la sala al sur del ábside y posiblemente con el baptisterio, si bien esta última relación no se ha podido documentar, a causa de los cortes posteriores. Las dos salas de la cabecera no parecen comunicarse. Tampoco se ha documentado ninguna entrada desde el exterior. Lo más lógico es pensar que también se diera a través de la nave, quizás en la zona de los pies, no conservada.

La disposición de las distintas salas del complejo en torno a la nave y la situación de los accesos pueden dar información adicional sobre la funcionalidad de cada espacio. No obstante, la parcialidad de los restos aconseja no profundizar en este tema. En cualquier caso, lo más importante es que este gran edificio parece presentar los componentes estructurales básicos de cualquier templo cristiano de esta cronología: Ábside con altar, nave y baptisterio.

A todo esto debe añadirse, la presencia de elementos indudablemente litúrgicos. Fundamentalmente, nos referimos al tenante de altar localizado in situ en el centro geográfico del ábside, o a la pila bautismal de inmersión localizada en el baptisterio.

Asimismo, no podemos dejar de mencionar la aparición de una serie de restos arquitectónicos que sin bien no son exclusivos de contextos religiosos si suelen aparecer más en ellos. Sobre todo, incluimos varios fragmentos de celosías, una de ella con varios grafitos. Éstos, como otros restos constructivos recuperados (tambor de columna, sillares para aperturas de vanos, dovelas de arcos, posibles cornisas, piezas en lumaquela con restos de pintura, posible capitel) hablan de la monumentalidad del edificio en un momento en que el resto de construcciones coetáneas están elaboradas mediante arquitectura lignaria o, posteriormente, mixta. Una monumentalidad que sólo puede ser atribuida, en el contexto en el que nos movemos, a la función que estamos defendiendo.

También debe hacerse especial mención a la localización en el ábside de la tumba monumental en la que se depositaron, de forma secundaria, los restos de un personaje femenino de relevancia. Tanto su posición como su monumentalidad dan idea de su importancia dentro del edificio si bien plantea nuevas cuestiones de difícil respuesta, quién fue la persona depositada en esta tumba o qué papel pudo tener su presencia en la liturgia del edificio, etc.

Finalmente, la presencia de un cementerio de prestigio en su interior. En relación directa con el edificio se documentan diecisiete enterramientos in situ (a este número habría que sumarle otros seis localizados en posición secundaria) con unas características específicas, que los distinguen del resto de enterramientos localizados en el yacimiento. Esta diferencia radica en la presencia de ataúdes de madera con clavos de hierro y, sobre todo, de ajuares y depósitos.

Su orientación es este-oeste, con la cabeza siempre mirando a oriente, a excepción de un caso en el que se invierte el esquema. Sobre estos enterramientos hay varios aspectos a destacar.

En primer lugar, su ubicación. Todos los enterramientos se localizan en relación con el edificio. Al interior doce individuos, diez en la nave y dos en la habitación sureste. No se ha documentado ninguno ni en al ábside ni en el baptisterio. Al exterior, en el espacio existente entre el baptisterio y la sala sureste, cinco individuos. Todos los enterramientos respetan los muros del edificio o lo que es lo mismo, se inhumaron cuando éste estaba ya en pie.

En la nave, los diez enterramientos se distribuyen por todo el espacio, a excepción de la zona de paso con el ábside, en tres tumbas individuales y tres múltiples. De éstas tres últimas, dos respetan a los enterramientos anteriores, colocando un ataúd encima de otro. En cambio, otra corta a un individuo anterior.

Sólo la mitad de los inhumados llevaban ajuar o depósito. Todas las fosas están excavadas a gran profundidad, lo que corrobora que el edificio es anterior a estos enterramientos.

 

1. Foto cenital del ábside con la tumba de privilegio, la ubicación del tenante de altar y silos de la Fase 6. 2. Detalle de la tumba de privilegio con los restos de la mujer en posición secundaria. 3. Detalle del tenante de altar durante el proceso de excavación. 4. Pila bautismal (Iterbide S.C. y E. Alfaro).

En la sala sureste sólo hay tres enterramientos. Dos de ellos con individuos adultos en posición primaría y otro con dos infantiles en posición secundaria. Tan sólo, un enterramiento tiene ajuar. Todos están enterrados a menor profundidad que los de la nave.

Finalmente, cinco son los enterramientos localizados al exterior del edificio, entre el baptisterio y la sala sureste. Se encuentran en dos grupos. En el primero aparecen dos enterramientos fundacionales, ambos con ajuar. En el segundo, tres individuos de los que sólo uno tiene ajuar. Al igual que los enterramientos de la sala sureste, están enterrados a menor profundidad que los de la nave.

A modo de resumen, podemos extraer de todo lo expuesto hasta ahora alguna consideración de carácter general. Por un lado, la disposición de la necrópolis sólo en algunos de los recintos del edificio. Existen dos ambientes en los que no se entierra: el baptisterio y el ábside, en el que paradójicamente se ubica la tumba de relevancia. Por otro, la diferencia de cotas a las que aparecen los enterramientos según se sitúen en la nave, en la sala sureste o fuera, que está indicando que, en función de su localización en una determinada sala o al exterior del edificio, la profundidad a la que se debía excavar la tumba era distinta.

En segundo lugar, la cuestión de los ajuares y depósitos. De los diecisiete enterramientos de esta etapa, sólo nueve iban acompañados de algún tipo de objeto.

Esta ausencia se puede deber al estado en que se encontraban los esqueletos, de los cuales sólo cuatro han llegado completos, ninguno dentro de la gran aula (este hecho se puede relacionar por la masiva presencia de los silos posteriores, en esta estancia). En cualquier caso, de los cuatro enterramientos completos, tres llevaban ajuar o depósito y uno no, lo que apunta a que no todos tendrían. Por lo tanto, se deben buscar otro tipo de razones como puede ser la de preeminencia social.

A partir de estos ajuares y depósitos recuperados pueden hacerse, también, algunos comentarios.

Se observa cómo, a los pies de los esqueletos, se colocan distintos tipo de recipientes tales como un cuenco de vidrio, un caldero de bronce, los armazones metálicos de cubos de madera y alguna vasija cerámica. En las manos, dos de ellos llevaban sendas cucharillas metálicas, una de plata con decoración mitológica y el nombre (ACREGI) y otra de bronce, mientras el tercero empuñaba un hacha de combate arrojadiza. En los dedos, tres tenían anillos, destacando uno de oro.

En la zona de la cadera, se han documentado hebillas de cinturón arriñonadas con apliques de distinta tipología. Además del hacha empuñada, las armas estaban representadas por tres puntas de lanza localizadas en distintos puntos anatómicos.

El tema de los depósitos y ajuares proporciona una valiosa información sobre las características de este cementerio de prestigio, ya que permite aventurar la forma en que estas gentes representaban su posición social, su personalidad o su modo de vida.

Es el caso de dos enterramientos fundacionales (ent.199 y ent.212) de una tumba colectiva de cuatro individuos situada en la zona central de la nave. Ambos portan sendas cucharillas, una de bronce y otra de plata, generalmente admitidas, no queremos entrar en la discusión, como objetos relacionados con la liturgia cristiana. Además, el individuo con la cucharilla de plata también lleva un gran anillo de oro en su dedo corazón. Contrariamente, los dos miembros más modernos de esta misma tumba no tienen ningún tipo de ajuar. También merece la pena destacar la presencia de armas en enterramientos tanto al interior como al exterior del edificio. De hecho, otro de los enterramientos fundacionales (ent.197) en una tumba de dos individuos también dentro de la nave del edificio, tiene una punta de lanza. Por lo tanto, no parece que el hecho de situarse en relación a un lugar de culto impida la deposición de armas. 

Finalmente, la tipología de alguno de los objetos de aparente filiación con ajuares de influencia continental como los detectados en la cercana necrópolis de San Pelayo o en la conocida necrópolis de Aldayeta, puede indicar una cierta semejanza con los individuos inhumados en esos cementerios ( 18 ).


( 18 ) Azkarate Garai-Olaun A., 2005, «Sobre los orígenes cronológicos de los cementerios cispirenaicos de época tardoantigua», Munibe (antropología-arkeologia) 57. Homenaje a Jesús Altuna, pp.404-417.


 

La información extraída del análisis de los depósitos y ajuares sugiere alguna consideración sobre la personalidad de esta comunidad y su relación con el edificio. La presencia en dos de los individuos de mayor relevancia de sendas cucharillas fortalece la hipótesis que veníamos desarrollando de un ambiente cristiano para el edificio. Además, el anillo de oro macizo que porta uno de ellos indica la alta categoría social de ese personaje. Asimismo, la ausencia de armas, presentes en otros individuos enterrados tanto al interior como al exterior del edificio, no hace sino recalcar su singularidad.

En tercer lugar, las características antropológicas de estos enterramientos. La mayor parte son individuos adultos masculinos. Tan sólo dos en posición y otros dos secundarios, además del personaje enterrado en la tumba de privilegio del ábside, no lo son.

Todo el grupo tiene una alta presencia de sarro, consecuencia de una alimentación rica en carne ( 19 ).

En último lugar, su cronología. La tipología de los ajuares y depósitos documentados databa esta necrópolis en la segunda mitad del siglo VI y el siglo VII.

Los estudios de C14 han confirmado esta datación relativa atribuida al cementerio en fase con el edificio.

Ahora bien, las dataciones calibradas de alguno de estos enterramientos han puesto de manifiesto algunas diferencias entre ellos ( 20 ).


( 19 ) El estudio antropológico fue llevado a cabo por Teresa Fernández Crespo y financiado por el Departamento de Cultura del Gobierno Vasco. Fernández Crespo, T. (2011): Estudio arqueoantropológico de las inhumaciones tardorromanas, tardoantiguas y altomedievales de la necrópolis de San Martín de Dulantzi (Álava). Informe inédito elaborado para el Centro de Patrimonio Cultural del Gobierno Vasco.

( 20 ) Es cierto que establecer esta evolución cronológica tienen sus riesgos, ya que todas las dataciones a dos sigmas se pudieran solapar, pero hemos querido dar lectura a esas pequeñas diferencias en su datación a 1 . Estos pequeños matices cronológicos podrían ayudar a explicar la secuencia cronológica de este cementerio.


 

Los fundacionales de la nave, enterramiento 197 y enterramiento 212, son los que dan cronologías más antiguas. El primero a 1 (68,2 %) 545-605 d.C. y a 2 (93,8 %) 530-650 d.C. y el segundo a 1 (61,6 %) 530-600 d.C. y a 2 (95,4 %) 430-610 d.C. Estas dataciones puestas en relación con las relativas de sus ajuares permiten fecharlos en la segunda mitad del siglo VI.

El de la habitación al sur, enterramiento 204, (a 1 (68,2 %) 605-655 d.C. y a 2 (95,4 %) 570-665 d.C.) y el superior, enterramiento 198, (a 1 (68,2 %) 580-650 d.C. y a 2 (95,4 %) 540-660 d.C.), de la tumba colectiva en el que se inhumó el enterramiento 212 parecen ser algo más tardíos, ya de la primera mitad del VII.

Por último, al exterior del edificio, el enterramiento 190, (a 1 (68,2 %) 640-675 d.C. y a 2 (92,2 %) 600-700 d.C.), pudiera datarse en los años centrales del siglo VII.

Por lo tanto, es posible aventurar una secuencia cronológica en este cementerio. Primeramente, se ocuparía la nave con los enterramientos fundacionales. Posteriormente, se completaría las grandes tumbas con la deposición de una segunda fase de individuos y se empezaría a enterrar en la habitación sureste y finalmente, se inhumaría al exterior
del edificio. 

Al margen de estos enterramientos no se han localizado otros sin esos elementos de prestigio que sugieran la presencia de una necrópolis de carácter «popular». Este vacío se puede deber a dos razones.

La primera vuelve a incidir en el tipo tan complejo de intervención desarrollado y que imposibilitó la excavación total del área inmediata al gran complejo edilicio. En este sentido, pudiera caber la posibilidad de que el cementerio «popular» se localizara en alguna zona no excavada.

La segunda es que realmente no existiese en esta zona del yacimiento. En un primer momento, sólo se entierran en el ámbito del nuevo edificio religioso un pequeño grupo, aparentemente individuos de cierta relevancia social, mientras que el resto de la comunidad, se inhumarían en un cementerio al margen, no localizado.

En definitiva, la única necrópolis documentada en esta fase es la de prestigio en relación directa con el edificio. En general, todos los miembros comparten unas mismas características, no obstante, existe algunos matices que pueden estar indicando algunas diferencias tanto sociales como cronológicas. Por un lado, la presencia o ausencia de ajuares y depósitos en algunas inhumaciones. En particular, llaman la atención los importantes objetos en los dos individuos fundacionales de la tumba colectiva de la nave y la
ausencia en los dos superiores de esa misma tumba.

Por otro, las distintas cronologías en función de su situación. En este sentido, el individuo con una cronología más reciente ya no se entierra bajo el amparo directo del edificio sino que se ubica inmediatamente al exterior, lo que, tal vez, está mostrando los primeros cambios en las costumbres de esta comunidad.

Al inicio de esta fase ya hacíamos referencia a la presencia de alguna estructura excavada en relación directa con el edificio, que manifestaba la presencia de una actividad inmediatamente anterior a su construcción. Ahora bien, en el resto del yacimiento también se documenta otro buen número de estructuras, de muy variada tipología (agujeros de postes, cubetas, rozas, fondos de cabaña) y de las que apenas tenemos datos por varios motivos. En primer lugar, la falta de relaciones estratigráficas entre estas estructuras y otros elementos mejor conocidos que permitan su interrelación. En segundo, el grado de arrasamiento que han sufrido un buen número de ellas y que impide conocer su aspecto original. En tercero, la propia superficie excavada que impide ver en extensión su distribución espacial. Por último, la importante horquilla cronológica, segunda mitad del siglo VI y siglo VII, en la que se datan sus rellenos de amortización. En consecuencia, sólo se puede atestiguar la importante ocupación de toda la superficie del yacimiento en esta fase, sin poder determinar su funcionalidad y su relación con el gran edificio.


Fase 5. Finales del siglo VII d.C. - segunda mitad del siglo IX d.C.

A finales del siglo VII o ya en el siglo VIII la necrópolis deja de ubicarse en el entorno directo del edificio y se traslada a otras zonas del yacimiento. Este traslado va a desarrollarse de forma gradual, ocupando distintos espacios en función del número de individuos que haya que inhumar. Esta modificación del espacio funerario causara importantes cambios en el paisaje del yacimiento.

Los enterramientos más antiguos fuera del entorno directo del edificio se localizan a unos 20-30 metros al Noreste de su cabecera, en el tramo central dela actual calle de Nuestra Señora de Ayala. Se trata de un amplio conjunto de unas 50 inhumaciones con fosas en grandes bañeras orientadas este-oeste y sin presencia de clavos para armar ataúdes, en la que se depositan individuos en posición decúbito-supino, colocados en vacío, y sin ajuares y depósitos. Otra característica común es el respeto existente entre todas estas tumbas y su perfecta distribución espacial que permite crear pasillos entre ellas.

Sus relaciones estratigráficas apenas aportaban información cronológica, ya que cortaban la estratigrafía romana y estaban cortados, a su vez, por arrasamientos contemporáneos. Su tipología de fosa simple, y la ausencia de ajuares y depósitos, tampoco añadían más información. El único dato cronológico con el que se contaba era el material cerámico que aparecía en sus rellenos de amortización; de apariencia antigua y con un gran predominio de producciones romanas, más alguna cerámica grosera. Por lo tanto, se concluía que pudieran ser anteriores al gran edificio y a sus enterramientos asociados o coetáneos a éstos pero con otras características.

Sin embargo, las analíticas de C14 de tres de ellos: enterramiento 46, (a 1 (68 %) 680-810 d.C. y a 2 (95,4 %) 680-880 d.C.), enterramiento 50, (a 1 (68 %) 640-685 d.C. y a 2 (90%) 600-710 d.C.) y enterramiento 72, (a 1 (62,6 %) 690-820 d.C. y a 2 (95,4 %) 680-880 d.C.), han posibilitado su datación en una horquilla cronológica entre los últimos años del siglo VII y el siglo IX. Lo que significa que, nuestra hipótesis de trabajo previa, publicada en el artículo de Vasconia en la Alta Edad Media ( 21 ), era errónea y los enterramientos de esta zona del yacimiento eran posteriores a los asociados a la gran edificación.


( 21 ) Loza Uriarte, M. y Niso Lorenzo, J. (2011), «Resultados preliminares de la intervención arqueológica de San Martín de Dulantzi (Alegría-Dulantzi, Álava), en J.A. Quirós (ed.), Vasconia en la Alta Edad Media 450-1000, poderes y comunidades rurales en el Norte Peninsular, Documentos de Arqueología Medieval 2, p.236, Universidad del País Vasco, Bilbao.


 

En resumen, se trata de un cementerio con amplio espacio para sus inhumaciones, sin interés por buscar el amparo del edificio religioso, que sigue desarrollando su funcionalidad litúrgica, representado por una comunidad antropológicamente completa, en la que están presentes tanto individuos adultos como jóvenes y niños, en masculinos y en femenino, sin elementos de prestigio que marquen su condición.

Respecto a su cronología, es importante recalcar la diferencia existente entre las tres dataciones absolutas. La más antigua fecha esta necrópolis en el siglo VII. Las otras pueden prolongarse a las dos centurias siguientes, aunque lo más lógico es pensar que no se llevaran tanto tiempo, ya que comparten las mismas características y se respetan entre ellas. 

Sin poder concretar cuándo, incluso cabe la posibilidad de que todo el espacio se ocupará a la vez, la necrópolis avanza hacia el sur para ocupar toda la zona del actual cruce entre la calle Nuestra Señora de Ayala y la de San Martín e incluso extenderse ligeramente hacia la zona central de la actual calle San Martín. Se trata de un significativo número de inhumaciones ( 22 ). con unas características similares a los anteriores. El mayor problema para este conjunto era la falta de datos estratigráficos, que impedía concretar a
qué momento de la secuencia del cementerio correspondían. Sabíamos que eran posteriores a las amortizaciones de las estructuras excavadas de la fase anterior, datadas en la segunda mitad del siglo VI o el siglo VII pero no existía ninguna relación que marcará un término ante quem. Por lo tanto, las dataciones de las analíticas de C14 se hacían imprescindibles para poder concretar su cronología.


( 22 ) No es posible determinar una cifra exacta, ya que ha sido imposible individualizar todos los enterramientos y es posible que algunos a priori correspondientes a esta fase de la necrópolis sean posteriores o, al contrario, otros incluidos en la fase posterior realmente fueran de ésta.


 

En total, son seis los enterramientos datados entre el siglo VII y IX. Dos en el cruce entre las actuales calles de Nuestra Señora de Ayala y de San Martín. Por un lado, el enterramiento 83, (a 1 (61,4 %) 640-690 d.C. y a 2 (95,4 %) 630-780 d.C.), ligeramente más reciente que el enterramiento 50. Por otro, el enterramiento 90, (a 1 (68 %) 685-775 d.C. y a 2 (95,4 %) 660-820 d.C.), algo anterior a los enterramientos 46 y 72. En general, se pudieran datar en la segunda mitad del siglo VII o en el siglo VIII y pudieran ser perfectamente coetáneos a los más septentrionales. Cuatro en la zona central de la actual calle San Martín, más cerca del edificio religioso: enterramiento 124, (a 1 (61,9 %) 770-870 d.C. y a 2 (95,4 %) 690-890 d.C.), enterramiento 126, (a 1 (68,2 %) 690-860 y a 2 (95,4 %) 680-880 d.C.), enterramiento 162, (a 1 (68,2 %) 775-880 d.C. y a 2 (86,6 %) 760-900 d.C.) y enterramiento 188, (a 1 (68,2 %) 770-890 d.C. y a 2 (85,5 %) 760-900 d.C.). La datación general de este conjunto se sitúa en el siglo VIII y IX, por lo que es ligeramente posterior a la de los anteriores.

En definitiva, a partir de la segunda mitad del siglo VII d.C. la necrópolis se localiza fuera del edificio religioso, en un área del yacimiento sin huellas de un anterior uso funerario y con la suficiente amplitud para abrir nuevas fosas sin tener que alterar otras anteriores. La secuencia de esta necrópolis es difícil de recrear. Dos enterramientos situados en la actual calle Nuestra Señora de Ayala marcan el comienzo de este cementerio en la segunda mitad del siglo VII o principios del VIII. El resto ya dan cronologías más recientes que nunca llegan a pasar el siglo IX. En este sentido, es significativo que los enterramientos con una datación más avanzada se sitúen en la zona central de la actual calle San Martín y por lo tanto, más cerca del edificio. Parece ser que desde su primera ubicación y debido a su propio crecimiento, la necrópolis se va desplazando hacia el suroeste, hasta llegar de nuevo a las inmediaciones del gran edificio. 

Al mismo tiempo que se está desarrollando la necrópolis de fosa simple, aparece un nuevo tipo de inhumación con unas características muy bien definidas. Se trata de una veintena de enterramientos con estructuras de muretes y cubiertas formadas por grandes losas. En principio, este nuevo conjunto de tumbas se localizan en la zona más al sur del yacimiento. De nuevo, se busca un espacio amplio y carente de inhumaciones previas. Al igual que ocurre con el cementerio anterior desde su ubicación original se ira desplazando a otras zonas del yacimiento.

Su cronología es coetánea a las tumbas de fosa simple de la zona de la Plaza. En este caso, los datos los proporcionan tanto sus relaciones estratigráficas como las analíticas de C14. Sobre sus relaciones, sabemos que están cortando a rellenos de amortización de estructuras excavadas datados en el siglo VIII y que, al menos una de ellas, está cubierta por un relleno de nivelación datado a finales del siglo IX o principios del X y otra está cortada por el enterramiento 20 de la fase posterior, ya fechada a partir del siglo X. Respecto a las analíticas de C14, se realizaron tres dataciones. Todas correspondían a individuos situados en la zona sur del yacimiento: enterramiento 14, (a 1 (68 %) 780-970 d.C. y a 2 (95,4 %) 770-980 d.C.), enterramiento 144, (a 1 (68,2 %) 700-870 d.C. y a 2 (95,4 %) 680-890 d.C.) y enterramiento 168, (a 1 (68,2 %) 770-880 d.C. y a 2 (95,4 %) 690-950 d.C.). Tal y como se pensaba, el solapamiento de estas fechas sugería una datación global para todas ellas entre los años 770 y el 880 d.C.

En resumen, la secuencia de la necrópolis durante esta fase sería la siguiente.

A finales del siglo VII la necrópolis, hasta ese momento asociada al gran edificio religioso, se desplaza a una nueva área sin relación con aquel. Estas tumbas se ubicarían primeramente por todo el tramo norte de la actual calle Nuestra Señora de Ayala y por la intersección entre ésta y la calle San Martín, para posteriormente ir avanzando hacia el suroeste hasta llegar a las inmediaciones del edificio y se definirían por su tipología de fosa simple, la falta de clavos de ataúdes, la ausencia de ajuares y depósitos y su perfecta distribución espacial. Este modelo de cementerio funcionaría durante los siglos VIII y IX y posiblemente conviviría con los primeros momentos de un nuevo tipo de necrópolis caracterizado por las tumbas de muretes. Estas inhumaciones se localizan también en una zona concreta al sur del yacimiento, para irse desplazando paulatinamente a otras zonas del mismo. Parece evidente una planificación a la hora de ocupar algunos puntos y respetar otros. Se eligen zonas amplías en las que exista una superficie suficiente para poder distribuir las tumbas sin problemas de espacio. En este sentido es importante volver a destacar el respeto existente entre todas las inhumaciones, que indica un conocimiento de las anteriores y un interés en no alterarlas.

La nueva ubicación de la necrópolis va a condicionar el hábitat que se iba desarrollando alrededor del gran edificio. Algunas estructuras negativas en uso durante la fase anterior son amortizadas. Además, aparecen otras nuevas en zonas todavía no ocupadas por el cementerio. Junto a ellas aparecen por primera vez restos murarios de piedra, de los que apenas se conserva su primera hilada. Son construcciones pobres con un aparejo de mampostería trabado con barro, con orientaciones que intentan seguir el eje esteoeste y norte-sur del gran edificio. Su alzado es muy complicado de recrear pues ni siquiera tenemos los datos suficientes para hablar de zócalos con levantes en otros materiales perecederos o de paredes íntegramente erigidas en piedra. Tampoco resulta sencillo relacionar estas cimentaciones de piedra con otras estructuras excavadas de este mismo momento con las que podían conformar otras mayores.

La presencia de todos estos restos, tanto negativos como construidos, indica que durante esta fase hay una ocupación intensa del espacio. Sin embargo, su mala conservación ha motivado que en muchos casos sólo sea posible atestiguarla, sin poder ir mucho más allá. Así, se ha podido observar el desarrollo diacrónico entre los distintos restos y la necrópolis, pero no ha sido posible realizar ningún tipo de interpretación sobre ellos.

Finalmente, hay que hablar del edificio de culto.

En él no se evidencia ninguna modificación destacable, más allá del ya referido abandono como espacio funerario, por lo que su funcionalidad religiosa no parece sufrir ninguna variación.

 


Fase 6. Primera mitad del siglo X d.C. - siglo XII d.C.


Sin embargo, en los últimos años del siglo IX o los primeros del siglo X, el edificio religioso sufre una fuerte trasformación. El baptisterio y su pila bautismal son amortizados por dos rellenos de nivelación, datados en el siglo X. Quizás, la sala sureste también se amortizó, sin embargo apenas existen datos sobre este proceso. El resto del edificio, en cambio, sigue en pie, aunque también va a experimentar una novedad importante. Ésta es la apertura de un gran número de silos tanto en la gran aula como en el ábside.

Resulta difícil de precisar en qué momento se empiezan a excavar estas estructuras de almacenaje.

Parece ser que los primeros silos están amortizados ya en el siglo X, por lo que consideramos que su apertura pudo ser una acción coetánea a la amortización del baptisterio y la sala sureste. Su presencia en estas dos salas está constatada hasta, al menos, el siglo XII cuando se colmata el último conjunto abierto.

Posiblemente su final coincide con el del gran edificio religioso, pues a la vez que se rellenan, toda la superficie del gran edificio es nivelada. Es de suponer que previamente a esta nivelación el edificio ya empezaría a ser saqueado. De hecho, pudo utilizarse parte de los sobrantes de este saqueo en la amortización de los últimos silos abiertos. Ejemplo de ello es la gran cantidad de restos arquitectónicos fragmentados que se han localizado en alguno de sus rellenos. Posteriormente, todo este espacio se utilizará como necrópolis al amparo de un nuevo edificio religioso.

En definitiva, el edificio sufre una importante modificación perfectamente visible en la amortización de dos de sus salas y en la apertura de un gran número de silos en el suelo en las que siguen estado en pie.

La anulación del baptisterio está perfectamente constatada y además parece responder a un proceso lógico, motivado por el cambio en el ritual del bautismo que pasaría de inmersión a aspersión. Más problemas plantea la amortización de la otra sala. El único dato que permite pensar en qué también se abandonó es la ausencia de silos en su interior, sin embargo esta ausencia pudo estar motivada por otras circunstancias desconocidas.

 

Planos de las Fases nº 5 y 6 (Iterbide S.C.).


La apertura del primer conjunto de silos parece producirse en el mismo momento de la amortización de las dos salas. Posteriormente y en un proceso diacrónico, se van abriendo nuevos conjuntos de silos hasta el siglo XII cuando se decide abandonar completamente el edificio. Según el momento en que se va colmatando cada silo, sus rellenos tienen unas características específicas. A grandes rasgos, los más antiguos apenas dan restos cerámicos ni constructivos, mientras que los más recientes tienen un gran volumen de restos tanto cerámicos como constructivos. Otro dato importante es que todos los silos respetan a las partes elementales para la sustentación (muros, apoyos de los pilares, escalón de acceso al ábside) y la liturgia (tumba de privilegio, altar) del edificio lo que da a entender que se seguiría manteniendo su carácter religioso. Este hecho supone que la hipótesis que planteábamos en el artículo de Vasconia en la Alta Edad Media ( 23 ), de la reutilización del edificio como almacén o cellaria era errónea y que la presencia de este conjunto de silos debía estar relacionada con el proceso de captación de renta y su almacenamiento en suelo sagrado.


( 23 ) Loza Uriarte, M. y Niso Lorenzo J. (2011), op.cit., pp. 240-242,


 

La necrópolis apenas va a sufrir novedades en esta fase. Los enterramientos siguen presentando las mismas características, lo que ha provocado que en muchos casos sea muy complicado diferenciar a qué fase corresponden. De hecho, tan sólo las analíticas de C14 han permitido determinar la cronología de muchos de ellos. En total, cinco son los enterramientos correspondientes a esta fase, con los siguientes resultados: enterramiento 13, (a 1 (68 %) 890-975 d.C. y a 2 (89 %) 860-1020 d.C.), enterramiento 20, (a 1 (61 %) 810-970 d.C. y a 2 (95,4 %) 770-980 d.C.), enterramiento 47, (a 1 (68 %) 895-990 d.C. y a 2 (95,4 %) 880-1020 d.C.), enterramiento 81, (a 1 (68 %) 990-1035 d.C. y a 2 (95,4 %) 970-1150 d.C.) y enterramiento 183, (a 1 (68,2 %) 890-985 d.C. y a 2 (95,4 %) 880-1020 d.C.).

El análisis de estos cinco enterramientos permite observar alguna pequeña diferencia respecto a la fase anterior. Fundamentalmente, llama la atención su localización en áreas muy dispersas del yacimiento. Ahora es cuando la necrópolis alcanza una mayor extensión, habiéndose documentado dos enterramientos, uno al norte (ent.13) y otro al sur (ent.183), a una distancia de unos ochenta metros en línea recta. Si en los últimos momentos de la fase anterior, se observaba como la mayor concentración de enterramientos se localizaba en las inmediaciones del gran edificio, ahora se puede ver como se vuelve a enterrar en zonas más alejadas del mismo, en las que ya se había inhumado con anterioridad. Quizás la falta de espacio, al querer respetar a los enterramientos allí presentes, motiva este nuevo traslado a otras áreas del yacimiento. Se busca zonas en las que, a pesar de existir algún enterramiento (por ejemplo el ent.47 corta al ent.54 y ent.87 de la fase anterior), el recuerdo es menor.

Junto a la necrópolis, una serie de estructuras tanto negativas como construidas ponen de manifiesto la importante ocupación del espacio durante esta fase.

Todas ellas se localizan en la misma área en la que se está inhumando, por lo que la gran mayoría tienen alguna relación con los enterramientos. En esta fase el mundo funerario y el de hábitat siguen estrechamente relacionados, sin que exista una división entre ambos sino una visible interrelación. Lo que interesa es ocupar todo el espacio ya sea para enterrar a los muertos o para desarrollar otro tipo de actividades.

Por ejemplo, es muy llamativa la relación entre varios enterramientos y un conjunto formado por una estructura semiexcavada a modo de fondo de cabaña y tres silos. Por un lado, el fondo de cabaña está cortando al enterramiento 90, (datado en la fase anterior en el siglo VIII) y un silo al enterramiento 83 (datado en la fase anterior entre finales del siglo VII y el siglo VIII). Por otro, los rellenos de amortización del fondo de cabaña están cortados por el enterramiento 81 (datado en esta fase en el siglo XI). En este caso, parece ser que entre dos fuertes momentos de ocupación funeraria, se decide realizar un conjunto doméstico formado por un posible lugar de hábitat y una zona de almacenaje. Este conjunto se podría datar en el siglo X, por lo que pudiera ser coetáneo a los primeros silos del interior del edificio.

Otro ejemplo diferente es el de alguna estructura aparentemente respetada por varios enterramientos. Se trata de un par de muros de mampostería trabados con arcilla, localizados al sur del gran edificio, uno de ellos cortaría a la cimentación del antiguo baptisterio, y que, aunque no tienen relación directa, parecen configurar un pequeño espacio rectangular. Su mala conservación aconseja ser prudentes a la hora de realizar cualquier tipo de interpretación. No obstante, si se tiene en cuenta su localización, su orientación este-oeste y el respeto de varios enterramientos, se pudiera sugerir su vinculación con el gran edificio religioso todavía en uso.

En resumen, esta fase se caracteriza por las trasformaciones llevadas a cabo en la gran edificación, que causan la anulación del baptisterio y la utilización del subsuelo de la nave y del ábside para el almacenamiento de cereal derivado del proceso de captación de renta. Respecto a la necrópolis apenas se observan novedades, tan sólo destacando su desplazamiento a zonas más alejadas del edificio, posiblemente a consecuencia de la falta de espacio en la zona más cercana a aquel. Por último, se siguen evidenciando estructuras tanto negativas como construidas que completan la articulación del espacio y que siempre tienen relación directa con el cementerio.

 


Fase 7. Siglo XII d.C. - siglo XIV d.C.


En el siglo XII, el gran edificio tardoantiguo es abandonado definitivamente. En este momento se termina por colmatar los numerosos silos abiertos tanto en la gran aula como en el ábside y se nivela todo el espacio. Para ello, aparte de basura doméstica, se utiliza gran cantidad de restos constructivos, muchos de ellos elementos arquitectónicos claves en la fisonomía del edificio, lo que indica que su proceso destructivo había comenzado con anterioridad y que mientras los últimos silos aun estaban parcialmente vacíos ya se estaba saqueando. Posteriormente, todo este espacio será utilizado como cementerio.

La necrópolis presenta varias novedades. La más importante es que vuelve a concentrarse en un punto concreto, en este caso al noroeste de la calle San Martín, precisamente, en la zona donde hasta este momento se había ubicado el gran edificio de culto. El fuerte interés en inhumarse en este marco parece estar relacionado con la presencia de un nuevo edificio religioso, probablemente similar a la cercana ermita de estilo románico de Nuestra Señora de Ayala, antigua iglesia parroquial de la aldea de Aiala. El problema es que no se ha llegado a documentar en la excavación. En este sentido, es necesario acudir a la documentación que nos habla de la ermita de San Martín en pie hasta el siglo pasado y que actualmente se encontraría bajo las casas actuales del pueblo.

En resumen, en esta fase es cuando se produce el paso del gran edificio religioso, en uso desde el siglo VI, a uno nuevo, localizado en sus cercanías pero sin relación física aparente, que, tras la creación de la nueva villa de Alegría, pasa a ser ermita. El cementerio asociado a este nuevo edificio se localiza en sus proximidades y está formado por unas treinta tumbas de lajas muy cuidadas con la singular presencia de orejetas en su cabecera y con cubiertas con grandes losas, en algunos casos, monolíticas.

Estos enterramientos cortan a las cimentaciones de la antigua iglesia, lo que está indicando el estado totalmente ruinoso en la que se debía encontrar, causante de la falta de cualquier tipo de recuerdo y de su consecuente respeto.

 

Plano de la Fase nº 7 (Iterbide S.C.).

Cronológicamente, el siglo XII es la fecha a partir de la cual parece construirse este nuevo templo. Por un lado, ya hemos visto como el abandono y nivelación del anterior edificio se puede datar en esta centuria. Por otro, la datación de 3 monedas localizadas en otros tantos enterramientos en fase así lo confirma. En el enterramiento 8, un dinero de Sancho V de Aragón (finales del siglo XI-XII), en el enterramiento 30, un óbolo de Alfonso VI de Castilla de la ceca Toletum (finales del siglo XI-XII) y en el enterramiento 174, un dinero de Sancho VI de Navarra (finales del siglo XII) ( 24 ).


( 24 ) El estudio numismático está siendo realizado por Raúl Sánchez Rincón a quien agradecemos su colaboración.




Su abandono perfectamente pudiera producirse tras la fundación de la villa de Alegría en el año 1337, ya que no se ha evidenciado ningún dato que permita llevar la necrópolis más allá del siglo XIV.

En esta fase apenas se detectan otros restos.

Quizás esta ausencia se deba a los fuertes arrasamientos actuales, que lógicamente han afectado en mayor grado a la estratigrafía superior. Esto ha provocado que en muchos puntos sólo se hayan conservado estructuras excavadas y que, en ausencia de ellas, los testimonios sean muy escasos. Esta característica ya ha sido visible en el resto de fases analizadas, pero en esta su incidencia pudo ser mayor. Aunque también cabe la posibilidad de que originalmente en este momento no hubiese tantos restos, ya que esta área del yacimiento tenía un uso más específico, religioso y funerario, sin apenas otro tipo de estructuras de hábitat. 

Tan sólo se ha evidenciado una cisterna localizada en la zona central de la actual plaza de San Martín y de la que sólo se ha conservado la mitad norte, ya que el resto se encuentra fuera de los límites de la excavación. Sus dimensiones son 4,14 m de espacio interior real (este-oeste) y 1,90 m de espacio interior conservado (norte-sur). Además, debía tener una profundidad considerable, ya que se llegó a bajar más de 1, 5 m desde la cimera del muro y no se encontró su base. Su técnica constructiva es mampostería trabada con un mortero de argamasa blanquecina. La pared interna de los muros estaba revestida con un enlucido blanquecino para la estanqueidad del agua.

Esta cisterna es posterior a los enterramientos altomedievales datados entre el siglo VIII y el siglo IX. Para matizar más su cronología hay que acudir al estudio de los restos cerámicos de su relleno de amortización que lo data en el siglo XIII. Luego, esta estructura pudiera ser coetánea al segundo edificio religioso.

Asimismo, se han documentado varios niveles de empedrado que se extienden por gran parte de la superficie intervenida y que amortizan a la estructuras precedentes, fundamentalmente a la necrópolis. Por lo tanto, parece existir una idea de nivelar toda la zona, quizás coincidiendo con la construcción de la iglesia románica.

Posteriormente se han detectado algunos niveles de abandono sobre ellos, posiblemente en relación con el aforamiento de esta villa y con el declive de la antigua aldea, al quedarse fuera del espacio amurallado.

 

Fase 8. Siglo XV d.C. - siglo XXI d.C.


Apenas se evidencian testimonios entre los siglos XV y XXI. Tan sólo se pueden destacar algunos restos posiblemente relacionados con la casa-palacio de los Gaona. Sin embargo, a partir del siglo XIX son más abundantes y han causado un fuerte impacto en la secuencia del yacimiento, fundamentalmente por la masiva presencia de actividades negativas de gran afección en la estratigrafía anterior. En primer lugar, los caños en piedra de finales del siglo XIX y principios del XX, en segundo, las zanjas para insertar los servicios actuales y por último los arrasamientos generales para los distintos suelos de esta etapa.

Esta es la secuencia histórica completa de la intervención arqueológica en San Martín de Dulantzi.

Sin duda, destacan la etapa tardoantigua y altomedieval, sobre todo, con la presencia de una gran iglesia, edificada sobre un cementerio previo, probablemente en la segunda mitad del siglo VI d.C. y que se mantiene en pie hasta la segunda mitad del siglo XII.

Este edificio sería el centro vertebrador de todo el área circundante, articulando tanto el espacio funerario como el de hábitat.

No se puede finalizar este artículo sin incidir en la importancia de este yacimiento, que, sin duda, se va a convertir en un referente para las futuras investigaciones sobre la Tardoantigüedad y Alta Edad Media en nuestro territorio.


 

 

 
AMURRIO.