Arqueología - Vitoria-Gasteiz.


 
 

 

 

ERMITAS EN NAVARRA.

Autor: Fernando Pérez Ollo.

Fotografías a color: José Luis Zúñiga.

Fotografías antiguas: José Esteban Uranga.


 


INTRODUCCIÓN. 


Ermita es, según el diccionario de la Real Academia de la Lengua, «santuario o capilla situado por lo común en despoblado». Ermitaño, «la persona que vive en la ermita y cuida de ella», así como quien «vive en soledad, como el monje y el que profesa vida solitaria».

El Diccionario de Autoridades, editado por la misma Academia en 1732, dice que ermita es «edificio pequeño a modo de capilla u oratorio con su altar, en el cual suele haber un apartado o cuarto para recogerse el que vive en ella y la cuida». Y en la voz ermitaño, cuya definición coincide con la actual, añade: «algunos escriben esta voz con h, diciendo hermitaño; pero se debe escribir sin ella, según su origen latino eremita.»

El maestro Covarrubias dice en su «Tesoro de la lengua castellana o española» (1610) que ermita es «un pequeño receptáculo con un apartado a modo de oratorio y capillita para orar y un estrecho rincón para recogerse el que vive en ella, al cual llamamos ermitaño».

La raíz de ermita y sus derivados -ermitaño, eremita, eremitorio-, así como yermo, es la voz griega eremos, que en los autores latinos cristianos da eremus y significa desierto, solitario, aislado.


Eremitas, cenobitas.

El cristianismo, afianzado en las ciudades, se adentró antes en el desierto que en el campo. La práctica de los consejos evangélicos impulsó a algunos a llevar vida solitaria en lugares incómodos. Ese movimiento es perfectamente conocido en el siglo III. Tales ascetas reciben el nombre de monjes, anacoretas y más tarde, eremitas o ermitaños, palabras de origen griego que significan respectivamente solos, apartados y, como va dicho, solitarios.

A veces se ha buscado la explicación de ese movimiento en las persecuciones o en la náusea de la decadencia y aun en la tibieza de los propios fieles. También se ha intentado afirmar cierta relación entre el monaquismo cristiano y escuelas y corrientes no cristianas, como esenios y terapeutas judíos, los neoplatónicos, pitagóricos, gnósticos, el budismo, los penitentes de templos como los de Menfis o Serapide. No parece existir tal relación, aunque sí analogías.

Los primeros ejemplos de esa vida solitaria aparecen en Egipto y los hombres más sobresalientes son Pablo de Tebas y Antonio (251-356). Este último es el patriarca de los eremitas, célebre por sus milagros y luchas contra el diablo.

El mismo S. Antón comenzó a rodearse de discípulos hacia el año 306. Así la vida eremítica giró hacia una vida en comunidad, Comunidad de anacoretas, sin reglas, ni lazos estables, ni jerarquía, salvo el prestigio personal.

La fase siguiente, el cenobitismo -de «koinós» y «bíos», vida común- va unida al nombre de S. Pacomio, fundador hacia el año 320 en la Tebaida, sobre el Nilo, de un monasterio, organismo regido por un abad, palabra cuya original arameo, abba, significa padre. El conjunto de normas o regla detallaba las normas referentes a la oración, el trabajo manual, la disciplina interna, el hábito.

La Tebaida seguía siendo en el siglo V la zona más importante del monaquismo. Pero éste, que no era exclusiva mente masculino, se había extendido con fuerza sorprendente, sobre todo por Oriente. El Bajo Egipto, Siria, Palestina estaban salpicadas de cenobios. Su nombre señero es S. Basilio el Grande, obispo de Cesarea de Capadocia, impulsor y reformador de monjes, de los que muy pocos eran sacerdotes.

En Occidente también es conocido el monaquismo, pero son S. Atanasio de Alejandría, desterrado en Tréveris (335-338) y la vida de S. Antón quienes impulsan el movimiento eremítico. 

El mismo S. Agustín nos dejó testimonio de la impresión que le produjo la lectura de la vida del santo patriarca del desierto. El movimiento contó con el favor de hombres destacados -S. Ambrosio, S. Agustín, S. Jerónimo, S. Paulino de Ñola, S. Martín de Tours- y también con adversarios activos. El patriarca del cenobitismo occidental es S. Benito (Nursia, circa 480 21 de marzo de 547), anacoreta un trienio en la cueva de Subiaco, monje y fundador hacia el año 529, sobre el solar de un antiguo templo a Júpiter, de Montecassino, corazón de la Orden benedictina. S. Benito preparó la Regla monástica por excelencia, que sería base del monaquismo occidental hasta fines del siglo XII.

Aquí nos interesa el monaquismo en la medida que afecta al eremitismo. Y como recalcan los autores, una de las constantes en la historia occidental del segundo es la dificultad de acuerdo con el cenobitismo. A grandes trazos, puede decirse que hasta fines del siglo X domina la concepción patrística del eremus, la de Egipto y los eremitorios no monásticos. 

Después sobreviene una fase transitoria: el eremitismo se va haciendo cenobítico y clerical, en la onda de los movimientos favorables a la vida en comunidad (canónigos regulares, Camáldula, Cartuja, etc.). A partir del XIII, el vocabulario del eremitismo ya no se aplica sólo a los solitarios (así sucede, verbigratia, en la Orden de Ermitaños de S. Agustín), y encontramos el eremitismo comunitario. El eremus, el desierto, es el silencio en el seno de una comunidad.

Todo lo antedicho podría resumirse en que existió una fase de eremitas premonásticos y otra de eremitas monásticos. En ésta, monjes, abades y aun obispos dimisionarios se retiraban temporalmente a ermitas -no granjas y decanías- próximas y dependientes de las abadías. Sin olvidar el eremitismo peregrino -en el sentido etimológico de esta palabra-, el navegan te -«in deserto Oceani»- y el «lauriota», ni individual ni cenobítico. 

La vida eremítica es la raíz de la monástica o cenobítica y ésta lo es en la medida en que conserva el rasgo esencial de aquélla: la soledad de la vida contemplativa. Y la razón final de ésta, la unión con Dios, aparece idéntica en todos los autores y tratadistas de una u otra modalidad ascética.


Maquis monástico.

Pero de la teoría a la práctica media alguna sorpresa y ya Santo Tomás de Aquino (IIa, IIa 0, q. 188, art. 8) se enfrentó a la paradoja insoslayable de los ermitaños, que practicaban la obediencia, la caridad y el apostolado, pero no tenían supe rior, ni hermanos, ni acción. El eremita se une a Dios con un mínimo de institución eclesial. Y si bien es cierto que el eremitismo del medievo fue rara vez individual, autor tan ponderado como dom Jean Leclercq ha escrito que «de en trada, cabría la tentación de decir que hay ermitaños, pero no eremitismo», fenómeno que «da la impresión de un maquis monástico, anárquico e inorgánico».

Por otra parte, sería erróneo ignorar las circunstancias sociales que nos ayudan a entender muchas conductas. Como es obvio, los ermitaños normales, los que se limitaron a vivir su vocación, se extinguieron sin dejar más rastro que, en el mejor de los casos, su fama y leyenda. Pero para otros, ascetas de pega, la vida eremítica garantizaba, en tiempos de punzante pobreza, un techo, unas robadas de tierra y algunas piadosas limosnas. Para no pocos, sobre todo ya en la Edad Moderna, la vida en la ermita era una salida. Y el ermitaño, más que asceta era santero.


Eremitismo navarro.

Del eremitismo navarro antiguo y medieval apenas sabemos algo. Tenemos la convicción de que en tomo a Leyre debió existir una floración de eremitas.

Conocemos datos, incluso se conservan enseres recogidos en cuevas de Errando, pero no existe una investigación sobre el tema. Existieron eremitorios de Grandmont en Estella y Tudela, importados y breves, y emparedados, de los que Teobaldo II se acordó en su testamento de Cartago (1270). En la Cuenca hubo una congregación de ermitaños, cuyas constituciones aprobó Gregorio XIII.

En la época en que los obispos intentan aplicar la reforma tridentina, los canonistas distinguen cuatro clases de ermitaños: los profesos en religión aprobada, como los camaldulenses; los pertenecientes a congregación reconocida por el obispo; los solitarios nombrados por el ordinario de la diócesis, y los que se llaman ermitaños sin reconocimiento oficial alguno: se pusieron el hábito, se instalaron o los instalaron en una ermita y viven y andan a su aire, limosneros ociosos y santeros errantes. Sólo los incluidos en los tres primeros apartados pueden gozar del privilegio del fuero eclesiástico.

Goñi Gaztambide publicó hace años un breve estudio sobre el eremitismo navarro, que sigue siendo el mejor resumen de este fenómeno en nuestra tierra. En dieciséis páginas repasa los avatares de los ermitaños y su ordenamiento durante los siglos XVI y XVII.

 

La reforma de 1585.

En Navarra la reforma vino impulsada por Juan de Undiano, que acudió a Felipe II, de quien solicitó la reforma de los ermitaños del Reino. El rey pasó el memorial a Juan de Idiáquez, presidente del Consejo de Ordenes; éste se dirigió al virrey y al consejo real de Navarra y al obispo de Pamplona, que no prestaron atención al tema.

Undiano acudió de nuevo a Felipe II, que esta vez remitió (septiembre de 1584) los memoriales a las autoridades de Pamplona, para que los estudiasen y obrasen en consecuencia.

El virrey, marqués de Almazán, ordenó una encuesta sobre el número de ermitas, su emplazamiento y estado, las circunstancias de los ermitaños y la existencia de ermitañas. Las respuestas, como resume Goñi Gaztambide, dejaron en claro que el número de ermitaños era excesivo, admitidos en su mayoría sin previo informe de vida y costumbres, que no residían en las ermitas, sino que andaban de un lado para otro, llevados de la granjeria, con licencia y desordenados, y que los pueblos veían en el cargo una simple colocación. Virrey, consejo real y obispo iruñense trazaron un plan (1585). 

En adelante no habrá más de sesenta ermitaños, residentes en sendas ermitas; las demás quedarán deshabita das, al cuidado del ermitaño más próximo o de quien, sin serlo, cuide del lugar a expensas concejiles, siempre que demuestre conducta ajustada a unas «Reglas y constituciones de los ermitaños», que también regirán su admisión.

Esas Reglas y Constituciones tienen 17 artículos y establecen que no podrá aumentar el número de ermitaños sin licencia de los virreyes y obispos ni causa justificada; que estarán sometidos a la jurisdicción diocesana y el obispo los visitará, como mínimo, una vez al año; que serán naturales de Navarra, vascongadas o Castilla la Vieja y de ninguna otra parte; sabrán leer, escribir y las oraciones; hábito y sombrero, de buriel, lo tomarán previa aprobación del obispo, que se informará de su vida y costumbres; no podrán cambiar de ermita, ni pedir limosna fuera de ella, ni acercarse a poblado sin licencia, ni quedarse a comer en entierros y cabodeaños; los ermitaños existentes sufrirán examen y los que resultaren ineptos dejarán su puesto; a los ermitaños casados se les da tres meses para abandonar la ermita; las horas libres de oración y lección las ocuparán con trabajos manuales y en ningún caso saldrán de caza ni pesca, aun con caña; los no ordenados comulgarán dos veces al mes, además de Pascua y fiestas de la Virgen y apóstoles; el ermitaño que entrare en religión no podrá volver a su antiguo cargo; las ermitañas deberán pasar a vivir en poblado y el puesto de las vitalicias lo cubrirán, una vez difuntas, ermitaños.

El sínodo diocesano de 1590 recogió algunos de estos artículos.


Juan de Undiano.

Juan de Undiano era presbítero. 

Sabemos que vivió en las célebres ermitas de Córdoba, a las que llegó en 1576 con 24 años y permaneció en la Albaida dos años y medio. Allí conoció y ayudó a morir al «exemplo de solitarios el ermitaño Martín de Cristo», cuya vida publicó en Córdoba en 1620. Ya en Navarra se instaló en la ermita de San Martín de Arleta, de la que pasó el 4 de septiembre de 1586 a la de Amotegui, en Obanos. Se le atribuyen otros trabajos en romance y también en euskera.

Undiano debía de ser un hombre de carácter. En 1621 unos cameros, propiedad de Hernando de Asiain, vecino de Obanos, entraron en unas viñas de Amotegui. Undiano, en lugar de quejarse al dueño, atacó al pastor, un muchacho bajonavarro, al que dio de golpes y arrastró desnudo por el suelo. El joven desapareció y se le dio por muerto. Asiáin denunció al ermitaño ante los tribunales. Más tarde, el navarzal apareció en Cizur.

Mucho antes había dado pruebas surtidas de su temperamento. Cuando tomó posesión de la ermita de Obanos, Juan de Undiano se hizo cargo de la capellanía fundada allí por Juan de Santa María, clérigo ermitaño de Nuestra Señora de Amotegui durante cuatro lustros. Los patronos de la capellanía eran las fuerzas eclesiásticas y civiles del pueblo. No había pasado medio año, cuando los obaneses nombraron capellán a un clérigo del pueblo. Undiano opuso que le correspondía a él. Los tribunales eclesiásticos de Pamplona y Burgos fallaron a su favor.

La regla y ordenanzas sirvieron de muy poco. Siguió habiendo ermitaños analfabetos, beatas y seroras, presuntos solitarios de vida errabunda y poco ejemplar. Felipe II no encontró otra solución que extinguir el 13 de agosto de 1596 los ermitaños, que debían vivir en poblado o ingresar en una orden, «pues hay tantas en la Iglesia de Dios». Sólo hizo una excepción: quienes se sintieren llamados a la vida ermitaña podrían acudir a su obispo, que los examinaría con seis varones graves y, en caso de certificar la vocación, les daría licencia para proseguir su vida solitaria.

Alcaldes y jurados debían desahuciar a los inquilinos de las ermitas, cerrar éstas y entregar llaves y bienes a los párrocos. Pero ni las autoridades civiles ni las eclesiásticas pusieron mucho interés en ejecutar tal mandato, que quedó en papel inútil.

Los de Obanos, sí. Lo ejecutaron contra Juan de Undiano al pie de la letra. Cuando el ermitaño volvió a Amotegui dos semanas más tarde, la encontró cerrada. Recurrió al Consejo Real de Navarra y pidió ser examinado. El Consejo Real mandó a los de Obanos poner alguien que guardara los bienes de la ermita. El vicario, en ausencia del obispo, se negó a examinar a Undiano, pero le autorizó a ejercer su capellanía, siempre que no morase en Amotegui. El desposeído acató la resolución y se instaló en Obanos. 

En cuanto tomó posesión el nuevo obispo, Antonio Zapata y Mendoza -mayo de 1597-, le pidió examen y obtuvo autorización verbal para residir en la ermita. Los de Obanos le acusaron de transgredir la orden real de 1596 y el obispo le impuso el desalojo del lugar y el abandono del hábito ermitaño. Undiano volvió a los tribunales de Pamplona y Burgos, apeló luego a la Santa Sede y al nuncio en Madrid. Sus contrariantes, acaso más aburridos que desengañados, desistieron y Juan de Undiano pudo vivir en su ermita, en la que murió en 1633).


La congregación de ermitaños.

El número de los ermitaños hizo que se agrupasen en una congregación diocesana. El primer prior, a quien vemos actuar como tal en 1613, fue Miguel de Echarren o Maestro Navarro, maestro de capilla de la Catedral de Pamplona, polifonista cuya biografía ha pergeñado Aurelio Sagaseta y cuya obra merece estudio y conocimiento. 

En su testamento (1626) dejó a la congregación de ermitaños una casa de la calle Tejería, para que tuvieran en ella posada y sede central. El testamento fue un semillero de pleitos; el primero, entre los eremitas y la orden de la Merced (1670). Echarren fue ermitaño en Turruncún (Rioja).


Lafebre y Borbón.

En el citado año de 1670 salen a la luz en Pamplona las «Constituciones para la cofradía de los ermitaños» de la diócesis. La cofradía estaba instituida bajo el título de la Anunciación. Hizo las constituciones el obispo Andrés Girón, ya arzobispo electo de Santiago de Compostela.

Los ermitaños debían vestir el hábito, saber de doctrina, ayudar a misa, leer libros de devoción, aplicarse a algún trabajo corporal, acudir a una procesión anual el día de San Felipe y Santiago, previa reunión en el convento de la Merced de Pamplona, y obedecer al general. El primer elegido para ese puesto fue fray José de Lafebre y Borbón, ermitaño de San Jerónimo de Oro. Este personaje, acaso procedente de la familia real, mantuvo largas y tercas cuestiones con los palacianos de Salinas, como se verá.

La congregación sumaba en 1672 treinta y dos ermitaños, repartidos en ocho distritos. En esa fecha surgió nuevo pleito a cuenta del testamento del maestro Echarren: unos herederos suyos, vecinos de Yabar, Juan de Berema y María de Goñi, disputaban la herencia a los ermitaños.

Lafebre -que en la documentación aparece también como La Febre o La Fiebre- murió el 7 de abril de 1705. Le sucedió fray Lope de Usechi, ermitaño de San Juan Bautista de Ripa-Guendulain hasta 1715, en que pasó a San Salvador de Sorauren, donde murió en 1719. Fue su sucesor, fray Jorge Martínez, titular de San Blas de Riezu, quien acabó con el litigio, en 1727. Para entonces la congregación tenía una organización diferente: contaba, además del general, con te niente de general, secretario, cuatro diputados y varios cela dores.

Goñi Gaztambide, a quien hemos seguido en este resumen, porque su exposición es nuclear y sucinta, concluye que en el XVIII «el eremitismo estaba en declive. Muchas ermitas estaban administradas por capellanes o simples mayordomos. 

El espíritu de la Ilustración francesa y las desamortizaciones del XIX precipitaron su ruina».


Cuatro acotaciones.

Este libro pretende ser un inventario de ermitas, un trabajo de divulgación, que, dadas sus características, se presenta descargado de aparato crítico, de tesis y conclusiones.

Aquí se entiende por ermita todo lugar de culto, no sólo de retiro y soledad, sin rango de parroquia. No es una definición estricta, pero tampoco lo es la misma calificación popular de ermita, que no atiende a la existencia histórica de ermitaños.

Entre las actuales ermitas navarras abundan las parroquias de viejos lugares, hoy despoblados, y las persistencias de monasterios y enclaves religiosos u hospitalarios. En otras palabras, puede decirse que muy pocas de las actuales ermitas fueron eremitorios.

A la hora de redactar el texto de estas páginas, se adoptó el criterio de hablar de las ermitas existentes a fines del XVIII y principios del XIX. Las razones son varias; las menos frágiles, que en ese tiempo las guerras y el fin del Antiguo Régimen aún no habían asestado sus golpes al catálogo de ermitas, y que, para buena parte de la diócesis de Pamplona, tenemos un documento minucioso, la visita del obispo Lorenzo Igual de Soria. El mismo prelado colaboró en el Diccionario Geográfico Histórico de la Real Academia de la Historia, publicado en 1802.

Del cúmulo de hechos documentados sobre nuestras ermitas he espigado unos pocos, acaso suficientes para llegar a hacerse una idea de cómo fueron los hombres que vivían en ellas y las cuidaban.


Agradecimientos.

Antes de cerrar esta breve introducción, deseo dejar constancia de mi agradecimiento a cuantos me han facilitado datos y opiniones sobre las ermitas existentes o desaparecidas. En primer lugar, a Tomás López Sellés, acaso el amigo más tenaz de nuestras ermitas, que fue visitando durante largos años y en cuya restauración gastó más dinero que quienes en algún caso se quisieron apuntar el tanto. 

A él le debemos el mejor catálogo de estos templos. Algunos le debemos también caminatas y excursiones fructíferas por senderos desvanecidos de nuestra tierra, que conoció como pocos. Para quienes tuvimos la fortuna de compartir sus últimos años de montaña -y murió solo, al bajar de una-, Tomás López Sellés es amigo presente en cada una de nuestras ermitas, rutilantes u oscuras y desvencijadas.

De todos los demás, quiero hacer mención expresa de los compañeros de trochas y de romerías -y no desgrano los nombres por no herir su humildad de maestros- y a los directores de nuestros tres grandes archivos, que en todo momento me han ayudado y facilitado la consulta de los fondos.


A.

ABAIGAR.

Cuando visita el pueblo en 1801, Igual de Soria sólo se refiere a las de S. Miguel y S. Bernardo. En S. Miguel, a media hora del pueblo hacia Monjardín, manda que la vea un perito que reconozca «el cielo raso y demás obras precisas para su decencia», además de ordenar que «se terraplene la iglesia» y se haga un cubierto exterior «para acogerse los vecinos en caso de lluvia», y de retocar el bulto del santo y retirar «los tres niños que están a la parte del Altar y se ponga en su lugar una cruz». Esta es ermita románica de origen, de planta rectangular y cubierta a dos aguas.

En la de S. Bernardo, en el centro del pueblo, mandó retocar la imagen de la Virgen, «perfeccionar la mano de ésta» y «componer la mano del santo pintándolo». La imagen está en la parroquia y de la ermita quedan restos. También desapareció la de S. Nicasio.

A la salida del pueblo, se levanta el Calvario, que conserva el ático del anterior retablo mayor de la parroquia, del XVI. S. Bartolomé está sobre el camino que une los que van a Oco y Etayo, cerca de la muga con el primero de estos pueblos. La ermita es neoclásica, del XIX, con planta de cruz latina. La imagen en el retablo principal es moderna; pero se guarda otra del XVI, con ojos de cristal.

Durante siglos, S. Bartolomé, sede de la Cofradía del mismo nombre, con hospital anexo, ha estado en Oco. Así lo afirman la relación de ermitas de 1585 -fue una de las sesenta autorizadas-, numerosos procesos y la visita de 1801, entre cuyos mandatos se expresa que «se reserva S.S.I. proveer con más conocimiento acerca de la traslación de la ermita de S. Bartolomé». En la cofradía ingresaban los vecinos de pueblos de Valdega, salvo Learza. Los de Oco a veces intentaron aplicar su jurisdicción sobre S. Bartolomé. Así, en 1625 se opusieron a la intención de la cofradía de celebrar una comida en la casa pegante a la ermita y argüyeron que la comida se hacía con mucha indecencia del santo.

 

ABARZUZA.

El Diccionario Geográfico e Histórico de la Academia (1802) dice que había tres ermitas: Santa Bárbara, «colocada en un alto a la parte del Sur», S. Sebastián y S. Miguel, «dentro del pueblo». El año anterior, el obispo Igual de Soria mandó extinguir la de S. Miguel, cuyos materiales debían aplicarse en la parroquia y «los 100 ducados que tiene la Hermita se agregan a la capellanía que posee D. Adrián Norrás con arreglo a la fundación». De S. Miguel no quedan vestigios.

En la de S. Sebastián dio un plazo de seis meses para que el patrono la dotase de lo necesario. Desapareció y su solar lo ocupa el cuartel de la Guardia Civil.

La de Santa Bárbara, que tampoco estaba bien dotada, fue una de las sesenta autorizadas en 1585 a tener ermitaño. A media hora del pueblo, es edificio espacioso y atendido. En 1801 la imagen de la santa carecía de torre y el obispo mandó ponérsela.

El capítulo de ermitas desaparecidas tiene en Abárzuza nombres ilustres. Cuando los cistercienses llegaron allí, ya existía el monasterio de San Adrián, mencionado en la primera mitad del siglo XI. Construido Iranzu, la iglesia fue ermita pequeña -Zapater, el cronista, dice que no cabían diez o doce personas-, cuyas ruinas se conservaban en el siglo XVII, al N. de la puerta principal del monasterio.

San Adrián poseía el monasterio de San Pedro de Ayllide o Allide, al N.O. de la ermita de Santiago en el torrente hacia Elizarrate. Entre las posesiones de Iranzu en el siglo XIV va «la heredat de Ayllide». (No cabe confusión con S. Miguel de Aillibia, monasterio que en 1069 Sancho el de Peñalén dona a Irache, y que en 1180 encontramos como granja. La iglesia subsistía en 1394. Aillibia era en 1415 simple término).

En la cima de Monte Negro, al E. del vallecito, aún existía en el siglo XVIII la ermita de Santiago.

 

ABAIGAR. San Bartolomé.

 

ABARZUZA. Santa Bárbara.

 

ABAURREA ALTA.

Ya el Diccionario de 1802 habla de una sola ermita. En 1796 Igual de Soria manda que «la de San Miguel se blanquee y componga y se reconozca por facultativo, se entierre por indecente una imagen, coloque ara en el sagrario y se dore la media luna». Hoy la imagen está en la parroquia y la ermita, caserna durante la guerra y posguerra última, es una bella ruina.

ABAURREA ALTA. San Miguel.


ABAURREA BAJA.

Las dos ermitas han desaparecido: Asunción y Santa En gracia, cuyas imágenes pueden verse en la parroquia. En 1796 sólo hablan de la última, en la que prohíben el culto, mientras no «se habilite».

En la de Santa Engracia se reunían, al decir de las tradiciones locales, las brujas de la zona.

 


ABERIN.

El Calvario, en el camino a Oteiza.

La ermita histórica es San Juan Bautista, desaparecida, con cuyo relicario -que contenía reliquias del Precursor, S Bartolomé y del Lignum Crucis- conjuraban las tormentas. Igual de Soria llama ermita a la iglesia rural de Avínzano.

 


ABLITAS.

Dos ermitas, dicen en 1802, San Miguel «y la otra, que es muy grande, de la purísima Concepción». La de San Miguel estaba derruida en buena parte, cuando en 1807 fue a instalarse el ermitaño recién nombrado. Estaba en el barrio de su nombre y su solar lo ocupan hoy viviendas 

Un portal, a la salida de la Calle Mayor, recuerda la de la Concepción.

En Ablitas quedan los restos de San Juan de Pedriz. Pedriz fue lugar conquistado en 1117 por Alfonso el Batallador, al que dio el fuero de Tudela. Cuatro años más tarde la mezquita y diezmos pasaron a la iglesia de Tudela. También figura entre las donaciones del mismo rey a S. Miguel de Excelsis. 

En 1174 Sancho el Sabio dio Pedriz y la laguna de Lora la Orden de S. Juan, que lo incluyó en la encomienda de Calchetas. En 1353 tenía 6 fuegos, todos moros, más el alcaide Johan García; en 1366, 5 moros y un hidalgo; en 1802, 30 personas; en 1842, 29. Hoy es despoblado. El derribo de la iglesia se ha acelerado estos dos últimos años.

 

ABLITAS. San Juan de Pedriz.


ACEDO.

S. Miguel, S. Vicente y Santa Ana. Las tres, desaparecidas. 

El DGH sólo habla de la primera y la tercera.

 

ADIOS.

S. Cristóbal. Igual de Soria no la menciona en su visita de 8 de julio de 1801, pero aparece en el DGH. Queda a la derecha de la carretera a Muruzábal. No muestra signos externos religiosos.

 

ADIOS San Cristobal.


ADOAIN.

Nuestra Señora del Socorro; Concepción. Ambas desaparecidas.

 


AGUILAR DE CODES.

S. Cristóbal, rehecha en época próxima, tal vez con viejos materiales. S. José, una capillita, estuvo antes en Collantes. De allí procede Santa María de Collantes, cuya imagen reposa en la parroquia. Collantes fue lugar en el que Roncesvalles tenía casa en 1197. Aparece en 1265 en el primer Registro de Comptos. También Iranzu tenía allí fincas, en el siglo XIV, según el Libro Rubro. 

En 1453 el Príncipe de Viana dio el monte de Lanz, término que había sido de Collantes, a Juan Periz de Torralba, su vicecanciller. Trece años después, Dª. Leonor libera a Aguilar de la pecha de trigo mediateco que pagaba por el lugar de Collantes.

La de S. Bartolomé, de estilo románico tardío de transición, es ermita de nave única, cabecera ultrasemicircular y tres ventanas en el ábside muy abocinadas, que puede encuadrarse dentro del románico rural navarro. La espadaña es moderna. 

S. Bartolomé ha atraído a los estudiosos del arte, por el interés del conjunto y de los capiteles de la portada, acaso relaciona dos con los del maestro Esteban y los de la portada occidental de S. Pedro el Viejo de Huesca. Restaurada hace un cuarto de siglo.

 

AGUILAR DE CODES. San Bartolomé.


AGUINAGA (Amasgoíti).

Igual de Soria, en 1798, consigna que no hay ermita y que el lugar está sujeto a Galdúroz. San Antonio.

 

AGUINAGA. Trinidad de Erga.

AGUINAGA (Gulina).

Trinidad. En la muga de Aguinaga y Aizcorbe, cerca de la cumbre del Erga. Planta rectangular, de 18 por 8 m., con cubierta a dos aguas y espadaña. Puerta forzosamente orientada al Norte; ventanas al E. La imagen titular, alta de un metro, en piedra arenisca, de escuela francesa de siglos XV-XVI, está en la parroquia desde que la imagen de la Virgen -restaurada en 1935 y ahora en Irurzun- apareció con quema duras en manos y nariz. 

La escultura, de finales del XIII, según el Prof. Iñiguez; del XIII-XIV, para Germán de Pamplona, se subía el domingo de Trinidad en carreta de bueyes, hasta que en los años 40 se hizo réplica en pasta, que permanece en la ermita.

La romería del valle de Gulina está documentada en el año 1513, pero los avalares de la ermita los conocemos con algún detalle sólo desde la segunda mitad del XVII. Las obras más notorias se llevaron a cabo a partir de 1773, cuando se hizo nueva mesa de altar -cuyo basamento es mármol rojo de Aizcorbe-, con grada de piedra de sillería, y se renovó la mitad de la «portalada de la puerta principal». La ermita no tenía espadaña, sino torre, tres altares, coro, pulpito y pavimento de madera. 

En 1783 sustituyeron el entarimado por enladrillado y continuaron el paredón «para resguardo de la casa nueva y ensanchar el camino o sitio para la gente», según dice el Libro de Cuentas, que se mandó llevar en 1721 pero no se estrenó hasta 1754. Las tropas francesas saquearon y dañaron la ermita, cuya reparación costó 560 reales en 1795.

En 1858 se hizo el paredón que contiene la explanada, cuyo relleno sepultó en la parte de Aizcorbe el mojón, repuesto, según acta de 21 de mayo del mismo año, en presencia de los vecinos de Aguinaga y Aizcorbe. El muro se rehizo en hormigón en 1971. En 1880-81 se construyó en la planta baja el depósito que recoge el agua de lluvia. Antes, la ermita tenía dos cubas, provistas de agua por acarreo a lomos de caballería.

En 1882 pusieron el pararrayos, que subsiste.

Tras años de abandono, en 1971 los montañeros de Lagun Berriak de Irurzun acometieron desinteresados la restauración de la Trinidad. Renovaron el tejado -tela asfáltica y mortero-, quitaron el enlucido de las paredes y el yeso de la techumbre, suprimieron el coro, perfeccionaron la recogida de la lluvia, reformaron la cocina, abrieron un refugio en la planta baja de la casa e instalaron nueva chimenea. En 1972 el concejo de Aguinaga abrió una pista hasta la ermita, sobre el camino viejo.

La construcción de la casa del ermitaño ocasionó en 1686 un pleito entre Aguinaga y Aizcorbe. Estos últimos se oponían a los planes de aquellos, y aducían la conveniencia de mantener intacto el lugar abrigado en que se guarecían del cierzo, cuando llegaban sudorosos a la cumbre. El paraje estaba en su jurisdicción. Los de Aguinaga contestaban que mejor se podrían guardar en la nueva casa, capaz para todos. 

Luego se rehizo, adosada a la antigua, en 1780-81: se emplearon robles de Latasa y Eraso -pagados con un refresco a los vecinos-, 2.000 ladrillos y 2.300 tejas. El primer ermitaño conocido es Martín de Saldise, de casa Iñigorena, de Erroz, que aparece como tal en 1685. El ermitaño de la Trinidad de Erga era también monitor de la Hermandad sacerdotal de San Pedro ad Vincula de Echalecu. El último ermitaño fue José María Oroquieta, que lo era en 1891. El cargo se afincó por tres generaciones en casa Marchancerena de Aguinaga, y luego pasó de casa en casa. En 1969 quedó vacío.

 

AIBAR.

Santa María, a la salida hacia Tafalla, es la única ermita del pueblo.

En 1802 quedaban en pie cuatro: Santa María, S. Juan Bautista, S. Joaquín y S. Roque, que Igual de Soria halló «decentes», aunque mandó que en la segunda se retocaran las imágenes del titular y la de S. Ginés «siempre que se le quiera dar veneración».

En tiempos anteriores, Aibar contó hasta veinte ermitas, de las que algunas son venerables nombres en la historia de Navarra. Así, S. Cristóbal, cuya campana dieron en 1660 los primicieros de Aibar, además de otra parroquial rota, a Juan de la Piedra, campanero pamplonés, por la fundida para la iglesia del pueblo. 

En el mismo siglo, Pedro de Uscarrés, beneficiado del pueblo, edificó dentro de Aibar y a sus expensas una basílica de San Joaquín, cuyo patronato se reservó. Algo más tarde, en 1696, sabemos que repararon las ermitas de San Miguel y S. Lorenzo con los materiales de un cuarto del hospital que el alcalde, Martín de Arbeloa, mandó derribar.

De la nómina, los dos nombres más ilustres son Santa Cilia o Cecilia y San Jaime. Santa Cilia fue villa fundada en el 858, según Avalos de la Piscina, al que se remite Moret. Hoy nos consta la falsedad de la documentación relativa al siglo XI, pero también que en 1097 Santa Cecilia pertenecía a Santa Cruz de la Seros, y que Pedro I lo ratificó. En 1135 Ramiro II amplió las propiedades del monasterio femenino aragonés en el lugar. En la bula de Alejandro III (1178) figura entre las posesiones de S. Juan de la Peña. En 1366 censa 62 fuegos. 

En 1389 violaron la iglesia y derribaron las puertas. Después fue lugar de mayorazgo y en 1534, despoblado desde mucho antes, pertenecía a Aibar.

S. Jaime, en Letermendía, sobre la izquierda del Uñézcar y cerca del nacedero, fue ermita hasta 1678. El año 983 Sancho Garcés II lo donó a S. Juan de la Peña, según una noticia de 1080. Poco después la iglesia y casas se cayeron «por su mucha antigüedad». 

En 1056 repoblaron el lugar -pero no Aibar- gentes venidas de Aézcoa. Acaso estaba ya abando nado en 1171, cuando lo cita el fuero del Castellón de Sangüesa. En 1361 seguía en propiedad del monasterio pinatense.

 

AIBAR. Santa María.


AINZGAIN.

En 1796, tres: S. Miguel, S. Andrés y Nuestra Señora del Camino. Subsiste la de San Miguel, junto al palacio de Oronsuspe, modificada, si no construida, a una con aquél.

 


AIZAROZ.

Existe el testimonio personal de un vecino: llevó las imágenes a la parroquia de Jaunsaras. J. Ruiz de Oyaga expuso la hipótesis de que Olarumbe, monasterio donado a fines del XI a Santa María de Pamplona -y que no cabe confundir con el Olarumbe, ferrería entre Vera y Lesaca, ni Larumbe de Gulina-, hubiese subsistido como ermita. La hipótesis puede afectar a la ermita de Aizaroz o a la de Ichaso.

La advocación de Olarumbe era San Salvador.

 


AIZPUN.

Hubo dos: S. Pedro y Sto. Tomás Apóstol. Igual de Soria mandó, tras visitarlas el 29 de julio de 1797: «Que dichas Hermitas se extingan absolutamente y su piedra la aplique el abad en el destino piadoso que estime conveniente, sin hacerse función alguna en aquellas ínterin no se reedifiquen y repongan con la decencia y ornatos debidos». El DGH de 1802 las da por ya derruidas. San Pedro estaba en la peña sobre el nacedero de Arteta.

 


ALCOZ.

Salbatore o la Ascensión. Se demolió. La imagen está en la parroquia. También está en la parroquia la imagen titular de Nuestra Señora de Velate, titular del monasterio levantado junto a la calzada de Lanz a Baztán, camino jacobeo que unía Bayona y Pamplona, por Urdax y Velate. Tal imagen no es la primitiva, botín, según parece, de la rapiña francesa.

El monasterio y hospital de Velate fueron, desde el principio, de la mitra iruñense. Poseyó heredades en Baztán. Su decadencia comenzó en el siglo XV y, desaparecidos los religiosos, el prior pasó a ser dignidad capitular en la Catedral. 

El monasterio sufrió saqueo en 1513, en la retirada de las tropas del rey D. Juan. Quedó destruido en la guerra con los convencíonalistas. Se conserva la iglesia, del XIII.

 

ALCOZ. Ntra. Sra. de Velate.

 

ALCOZ. Ntra. Sra. de Velate.


ALDAZ (Larraun).

Santa Lucía. En la parte alta del pueblo, adosado el camposanto. Parece que fue la parroquia primitiva.

 

ALMAZ. Santa Lucia.

 


ALMANDOZ.

San Blas. En el puerto de Velate. Albergue de peregrinos.

Hoy, Ventas de San Blas. Santiago de Velate: se levantaba en el collado junto a la divisoria de Baztán y Ulzama, en el camino jacobeo, y sobre Santa María de Velate, perteneciente a Alcoz. Existente a fines del XII. Ya en 1791 el pueblo pidió al valle, propietario de la ermita, la reparación del templo, taladrado de goteras. 

La amenaza de ruina había impuesto que el día del apóstol del 1790 no se pudiese decir misa cantada, sino sólo rezada. El batzarre baztanés aprobó las obras. Hoy sólo quedan cimientos y piedras sueltas.

 

ALMANDOZ. Santa Bárbara.

 

ALMANDOZ. Santiago de Belarte.

 

ALSASUA.

El 18 de agosto de 1797 Igual de Soria visitó las ermitas del Santo Cristo de Otadia, de Nuestra Señora de Ercuden, San Juan Bautista, San Pedro Apóstol, San Martín, Santa Lucía y Santa Bárbara.

De la imagen auténtica de Ercuden, a la derecha de la carretera de Echegarate, «blanca de nieve, / en una mano el solo / y en la otra la nieve» según una bella canción en euskera, se desconoce el paradero. La imagen actual es ano dina y de nulo valor, pero el edificio no es, como escribió el P. Clavería, una choza. Elcuren fue lugar, citado en 1290 y destruido en 1328 en la guerra con Castilla. La abadía rural del despoblado existía aún en 1736.

San Juan Bautista, a la derecha del camino a la estación de ferrocarril, se levanta en el término de Zunguitu.

San Martín -a cuya efigie el obispo en 1797 mandó poner «dos dedos que le faltan en la mano»- ha desaparecido. Era la iglesia del despoblado homónimo, que ya figura como tal en la relación de 1800. También desaparecieron Santa Bárbara y Santa Lucía, aquélla hacia Urbasa y ésta -también en 1800 despoblado y abadía rural- hacia S. Pedro.

El Cristo de Otadia, en el pueblo, es una pieza renacen tista, que obró en 1632 en el matrimonio Martín de San Román y María López de Gainza un milagro. Suscita mucha devoción. El obispo citado mandó poner cerraduras en las puertas.

San Pedro es ermita común con Urdiain. Una lápida asegura que allí fue elegido el 17 de enero de 717 primer rey de Navarra García Ximénez. El DGH califica la lápida de «moderna». Es efectivamente una superchería. La ermita, con sendas puertas en términos de Alsasua y Urdiain, fue reedificada en 1647. El altar está en Urdiain y el resto en Alsasua.

Igual de Soria mandó poner un crucifijo «enterrándose la efigie, que se halla muy indecente».

 

ALSASUA. Sto. Cristo de Otadia.

 

ALSASUA. San Pedro.

 

ALSASUA. Ercuden.

 

ALSASUA. San Juan Bautista.


ALZORRIZ.

San Gregorio, San Martín, Nuestra Señora de los Reme dios y San Pedro. En julio de 1799 el obispo mandó que la de San Gregorio «se acabe de demoler y que la piedra se aplique a la reedificación» de la segunda, que «halló profanada» y en la que ordenó poner «puerta con llave». San Gregorio tuvo ermitaño, al menos hasta el primer tercio del XVII. 

En la de N.a S.a de los Remedios Igual de Soria dejó mandato de fundir la campana y retocar la .imagen; así como en la de S. Pedro fundir la campana y enterrar la imagen «que está al lado de S. Pedro». Los mandatos se debieron de cumplir: el DGH sólo habla de tres ermitas, cuyas advocaciones no detalla.

No queda ninguna de las cuatro. 

A Alzórriz pertenece Muguetajarra, lugar que en 1366 tenía un fuego y en 1534 era despoblado y explotaban los de Alzórriz. Volvió a ser habitado y en 1897 sufrió un incendio nocturno del que, según el periódico, «se salvaron inquilinos, ganados y la mayor parte de los aperos». Quedan la ermita con la bóveda agrietada, ruinas de un torreón y casas abandonadas en un paraje tranquilo y sedante. La imagen titular de S. Pedro Mártir se conserva en la parroquia.

 


ALZUZA.

El libro de visita de 1796 habla de dos: S. Pedro, a un cuarto de hora del lugar, y Santiago en estado penoso. Han desaparecido. No hay recuerdo de la segunda, sino de una ermita de San Miguel, también topónimo. Clavería habla de una Virgen de los Remedios, cuya imagen está en la parroquia. Es advocación desconocida.

 

ALLO.

Santo Cristo de las Aguas. Ermita de planta de cruz latina, de piedra y manpostería, con cúpula de ladrillo. Está junto a la parroquia.

De las desaparecidas, Santiago, San Sebastián, San Cristóbal y San Pedro, destacan las dos últimas, cuyas imágenes se guardan en los altares de las capillas laterales a derecha e izquierda del crucero del Cristo de las Aguas. San Pedro fue una de las sesenta ermitas autorizadas en 1585 a tener ermitaño. En 1616 y desde hacía muchos años lo era fray Gabriel de Aguirre.

 

ALLO. Sto. Cristo de las Aguas.


ALLOZ.

San Miguel. Edificio moderno, en el que se habilitó la escuela. A la entrada del pueblo.

 


AMATRIAIN.

S. Fructuoso, S. Vicente y Ntra. Señora del Sagrario.

Desaparecidas las tres. En octubre de 1801, Igual de Soria mandó blanquearla, poner llave a la puerta y enterrar una estatua de S. Pedro y un cuadro. Ocho años antes el cantero Pedro de Lasalde había reconocido la ermita e informado que era necesaria «la renovación de la pared de 20 pies de larga por diez de ancha con el mismo grosor que hoy tiene, dar vuelta a todo el tejado y renovar mucha parte del maderamen».

La imagen, del XIII-XIV, según Olcoz y Ojer, románica, está en la parroquia.

S. Pelayo es ermita común con Artariain y Orisoain.

 


AMILLANO.

San Cristóbal. En la ladera de la sierra. El obispo visitador en 1801 prohibió «todo acto de religión hasta tanto se ponga con decencia» y dio un año de plazo.

 


ANCIN.

De las de San Andrés de Mendilibarri y S. Saturnino de Mendilibarri quedan las imágenes, en la parroquia, y los términos.

San Román, junto a lo que fue estación del tren, es ermita reducida y cuadrada. López Sellés constató que no había imagen del titular, sino de la Virgen. En septiembre de 1801.

Igual de Soria manda retocar y componer «el cuadro de San Román que está en la ermita de su título, se entierre el bulto de Ntra. Señora que llaman del Pueblo y se haga otro nuevo componiéndose la ermita a juicio de un perito». La ermita, ya arruinada al tender la vía férrea Estella-Vitoria, la derribaron y la compañía levantó la actual. S. Cristóbal de Mendilibarri.

 

ANDOSILLA.

Santa Cruz. En el núcleo poblado. Nuestra Señora de la Cerca, restaurada en tiempos del párroco D. Agapito Sorvet Martínez, en 1951. La imagen, a la que se atribuyen múltiples curaciones, es, según Clavería, del XIII.

 

ANDOSILLA. Sta. Cruz.


ANIZ.

Santísima Trinidad. Muy cerca del poblado. Arruinada.

 

ANIZ. Santísima Trinidad.


ANOCIBAR.

San Pedro. A unos minutos del pueblo.

 


ANOZ (Olio).

San Pedro. La convirtieron en casa para el maestro. En agosto de 1797, el obispo mandó reconocerla «por un facultativo maestro de obras del país», pero sin necesidad de tal inspección era visible el deterioro de la techumbre. Santa Lucía. Correspondía al lugar ya despoblado en 1534 de ese nombre, entre Ilzarbe y Anoz. Desaparecida.