Vitoria-Gasteiz Arqueológica.


 
 

EL EREMITISMO DE ÉPOCA VISIGÓTICA TESTIMONIOS ARQUEOLÓGICOS

 

AGUSTÍN AZKARATE GARAI-OLAUN  Universidad del País Vasco



3.2. La cuestión de la cronología en los complejos rupestres : en pos de una metodología de trabajo.


Hemos indicado ya que uno de los principales problemas que encuentra quien trata de investigar los conjuntos rupestres , es el de su adscripción cronológica. La mayoría de las cavidades son en sí mismo neutras, es decir, no poseen criterios diferenciales suficientes que nos permitan su ubicación correcta y segura en el tiempo. Existen, sin embargo , una serie de recursos metodológicos que deberían constituir jalones obligatorios de cualquier trabajo que se emprendiera de manera monográfica sobre conjuntos rupestres . 

En esta línea, nos parece absolutamente fundamental agotar todas las posibilidades antes de aventurar un diagnóstico sobre tal o cual fecha, evitando sobre todo ese estilo de adscripción cronológica « altomedieval, con probables antecedentes visigóticos» que en realidad significa muy poco y que, por el contrario , llena de incertidumbre el panorama de los estudios sobre el tema que nos ocupa.

Si observamos el caso de los complejos rupestres de la cuenca de Treviño, podremos apercibirnos de la existencia de lauras eremíticas organizadas en núcleos agrupados entre sí y constituidos por cavidades rupestres de morfología y funcionalidad diferenciadas. Recordemos el caso de Las Gobas con sus dos iglesias, sus cavidades de estanoia única, su granero-refugio y su enigmática cavidad-nicho. De estas cuatro variantes morfológicas serán, lógicamente, las iglesias las que -por los aspectos tanto arquitectónicos como litúrgicos que presentan- ofrezcan las mayores posibilidades a la hora de intentar aproximaciones cronológicas . Pero existen, además, otros elementos de información que pueden resultar preciosos para la historia de cada uno de los complejos existentes . Nos referimos, en concreto, a los grabados e inscripciones de sus paredes, a las excavaciones arqueológicas que pueden realizarse en sus inmediaciones , al análisis de las técnicas de cantería utilizadas en la realización de las cavidades, etc. Todo ello -sabiamente administrado- puede constituir, sin duda, un buen camino que conduzca a resultados concretos . Vemos, en cualquier caso, que existen posibilidades que amplían notablemente las expectativas derivadas de la propuesta únicamente documental de un autor tan cualificado como J. Orlandis. ( 56 ) 

Repasemos , a modo de ejemplo , los argumentos utilizados en el caso alavés.


a) El argumento arqueológico.

Las excavaciones realizadas a pie de las grutas artificiales alavesas no han recibido, en nuestra opinión, la atención que se merecen . Produce cierta sorpresa, en primer lugar, la diversidad cronológica que manifiestan sus resultados, diversidad que puede parecer contradictoria o provocar decepciones si, como parece, se espera una cronología conjunta para todas las cuevas artificiales.

Los niveles estratigráficos reflejan una secuencia diacrónica que se extiende desde el epipaleolítico hasta época moderna, dato éste que nos obliga a ponernos en guardia ante pretendidos tratamientos globales de estas manifestaciones rupestres . Nos interesan ahora dos datos concretos:

- Tras las excavaciones efectuadas en el interior de las iglesias actualmente desaparecidas de El Montico de Charratu 1 y 2, J. M. Barandiarán databa estos templos en las postrimerías de época romana. Creemos que tal fechación no va del todo descaminada.


( 56 ) Véase nota 16.



La presencia, en efecto, de ocho fragmentos de TSHT en el nivel inferior (nivel IV), aunque escasos en número, pueden resultar suficientemente representativos, máxime teniendo en cuenta que lo excavado por Barandiarán supone una pequeña parte de la superficie cuadriculada inicialmente y menos aún del total del espacio circundante. El nivel inmediatamente superior al que contiene los materiales tardorromanos está formado, según Barandiarán, «por escombros procedentes de la destrucción de parte de los muros de las vecinas grutas artificiales» ( 57 ) 

Insistimos en ello porque nos parece importante: destrucción parcial y no construcción de los pequeños templos. Las claras señales de escoda similares a las existentes en los paramentos todavía en pie certificaba, de este modo, la coetaneidad de los templos con el nivel más antiguo (nivel IV) que es el que acogía, como se ha dicho, los fragmentos de TSHT. Si tenemos en cuenta que este tipo cerámico está siendo fechado entre los siglos IV-V, tenemos un dato interesante que aproxima nuestras iglesias rupestres a umbrales cronológicos tardoantiguos.


- Más recientemente se han realizado también excavaciones en los exteriores de la Cueva de Los Moros (Corro). Su secuencia estratigráfica es similar a las ofrecidas por las excavaciones de Barandiarán y, en este sentido, no parecen aportar demasiado al conocimiento que teníamos ya de estas cuevas.

Si que ofrecen, sin embargo, un dato absolutamente fundamental por cuanto constituye la primera fechación absoluta que conocemos de estos conjuntos rupestres. Los análisis de C-14 efectuados sobre una muestra ósea tomada en uno de los enterramientos exteriores de la cueva, han ofrecido la siguiente datación: 620 d.C. +/- 90. ( 58 )

Las tumbas excavadas en el interior de las cuevas plantean también problemas interesantes. Recuerda Caballero que «todas las iglesias de ábsides contrapuestos están cubiertas de enterramientos que evolucionan sin solución de continuidad hasta su abandono entre los siglos VIII y IX, en plena época islámica», preguntándose porqué no ocurre lo mismo en las de Álava, al menos durante los siglos VI y VII, y por qué han de pertenecer las sepulturas sólo a época de Reconquista. ( 59 ) 

 


( 57 ) J. M. BARANDIARAN, Excavaciones en El Montico de Charratu.... Estudios de Arqueología Alavesa, 2 (1967), p. 19.

( 58 ) Dato ofrecido personalmente por F. Sáenz de Urturi. La memoria de excavación aparecerá próximamente en Estudios de Arqueología Alavesa.

( 59 ) L. CABALLERO ZOREDA, Un «modelo» de estudio de nuestra Arqueología paleocristiana (recensión a A. AZKARATE, Arqueología cristiana..., cit.), Archivo Español de Arqueología, 62 (1989), p. 354.


 

Sería, ciertamente, muy aventurado asegurar que todas las sepulturas existentes son, en efecto, de época islámica. Pero tenemos la sospecha de que la mayoría, al menos, sí que lo son. Partiendo de que las tipologías sepulcrales no han de ayudarnos demasiado en el estado actual de nuestros conocimientos, hemos de fijarnos en otros aspectos que nos echen una mano. Dejando ahora de lado otros argumentos, ( 60 ) recojamos un aspecto que ha pasado siempre inadvertido a quienes han estudiado las cuevas artificiales alavesas.

Estos complejos rupestres sufrieron, en algún momento de su historia, grandes desplomes que afectaron de forma diversa a las cavidades existentes.

Mientras algunas no se vieron afectadas, otras, en cambio, quedaron desnudas a la intemperie perdiendo sus techumbres. Pues bien, cualquier visitante o curioso que se acerque a ellas podrá observar que no existen enterramientos en aquéllos que, tras la ruina de los complejos rupestres, quedaron al aire libre a pesar de que conserven su suelo de origen. El caso de la iglesia de Las Gobas 4 es claro, y mucho más aún en el del espléndido conjunto de Santorkaria 10-12. En este último, sobre todo, resulta absolutamente evidente que quienes excavaron estos enterramientos prefirieron aprovechar hasta el más pequeño rincón de las cavidades cubiertas -orientando mal incluso algunas tumbas- ( 61 ) antes de hacerlo en las estancias más espaciosas -pero descubiertasde sus inmediaciones. Todo ello induce a sospechar la posterioridad de los enterramientos no sólo respecto a la existencia del complejo eremítico, sino incluso a su propia ruina. La avalancha de enterramientos se produjo, por tanto, cuando los grupos rupestres de Las Gobas y Santorkaria (poseedoras, por otra parte, de más del 70 por ciento de las sepulturas catalogadas) estaban abandonadas y en avanzado estado de deterioro, Esto mismo se observa en algún otro ejemplo sumamente interesante. ( 62 )

Volviendo a las cuestiones que preocupan a Caballero, resulta lógico preguntarse por qué no ocurre en Álava lo que sabemos ocurrió en otros ámbitos peninsulares. La verdad es que tenemos la impresión de que para superar estas perplejidades hay que tratar de comprender el contexto histórico, geopolítico e incluso religioso del territorio alavés durante los siglos VI al VIII.

El eremitismo del actual condado treviñés estuvo donde está -y adelantamos algunos puntos de nuestras conclusiones- precisamente por el carácter fronterizo de una región que, como tierra de nadie a caballo entre dos mundos política y culturalmente antagónicos , invitaba a disidentes a refugiarse allá donde el largo brazo de la ortodoxia no alcanzaba a moverse con comodidad.

Sospechamos que aquellos eremitas prefirieron la peligrosa vecindad de unos pueblos vascónicos todavía no cristianizados a la proximidad de una autoridad episcopal acostumbrada, quizá, a cortar por lo sano con quien no seguía obedientemente sus directrices.


( 60 ) Cfr. A. AZKARATE, Arqueología cristiana ..., cit., pp. 288-334.

( 61 ) Véase cuanto decimos de las motivaciones que parecen subyacer en la elección de las orientaciones (motivaciones práctico-funcionales, motivaciones psicológicas, motivaciones religiosas) en A. AZKARATE, 1988 , pp. 321-327.

( 62 ) Ibidem, pp . 330-331.


 

Sugerente hipótesis difícil de probar, en efecto, pero que puede explicar otras perplejidades que han producido también estos complejos rupestres. Ha habido, por ejemplo, quien se ha preguntado la razón por la que estos complejos eremíticos no tuvieron continuidad en forma de cenobios surgidos en sus proximidades, la razón también por la que no aparecen en donaciones altomedievales, la razón, en definitiva, de ese silencio que parece ocultarlos a la historia si no fuera porque sus propias ruinas se empeñan en lo contrario.

 

b) El argumento arquitectónico.


El análisis morfológico de las iglesias rupestres puede también ofrecernos datos importantes sobre su datación. El grupo más uniforme de estas iglesias se encuentra en Treviño territorio burgalés administrativamente aunque enclavado en tierras alavesas-. Puede afirmarse , incluso, que constituye el único conjunto de templos monásticos rupestres fechables con toda seguridad en época visigoda para nuestra Península, si excluímos el de Cortijo de Valdecanales (Ubeda, Jaén). Las iglesias de San Martín y Ormita Peña de Villarén en Palencia, fechadas también en esta época deben ser puestas en duda por haberse defendido su visigotismo por una inscripción deficientemente leída que no es del siglo VI , como se ha pretendido, ( 63 ) sino muy posterior. ( 64 ) 

Mayores posibilidades parece tener, como veíamos, San Millán de la Cogolla, viejo monumento que ha sido objeto -de polémica entre mozarabistas y visígotistas. Los testimonios rupestres que pudieran remontarse a los siglos VI-VII, sin embargo , serían en todo caso pequeños oratorios muy distintos de los templos rupestres que venimos tratando. Puede asegurarse, por lo tanto, en el estado actual de nuestros conocimientos , la importancia y singularidad de las iglesias rupestres alavesas como el recuerdo más significativo que poseemos de nuestro primitivo eremitismo.


( 63 ) L. A. MONREAL JIMENO, Eremitorios rupestres..., cit., pp. 36-37 y 40.

( 64 ) E. VAN DEN EYNDE, La problemática de la datación cronológica ..., cit.




Veamos, en primer lugar, cuántas son las iglesias rupestres de este grupo pues son numerosos, e importantes, los errores que se han filtrado en la bibliografía que, de una u otra manera, las ha recogido. La figura clave que, tras los primeros estudios prehistoricistas de Barandiarán, Aranzadi y Eguren, recondujo el tema de los conjuntos rupestres alaveses a los umbrales cronológicos que les correspondía es F. Iñíguez Almech. Fue, en efecto, este insigne arquitecto el primero que, con una intuición digna de elogio, defendió el visigotismo de los pequeños templos rupestres ( 65 ) 

Sus referencias, sin embargo -y sin negarles el mérito y la transcendencia que tuvieron en su momento-, están plagadas de frecuentes errores, algunos sin excesiva importancia (Uriarte por Urarte, Lorca por Larrea, etc.) y otras, por el contrario, de más consideración: cita una iglesia en El Montico de Charratu cuando en realidad fueron dos (p. 46), hace referencia a dos iglesias contiguas en el grupo de Marquínez cuando nunca hubo ninguna (p. 46), en Santorkaria menciona solamente un templo cuando existieron, al menos dos (p. 49), las plantas que presenta están confundidas en ocasiones, etc. ( 66 ) Th. Hauschild y H. Schlunk reproducen en el cuadro tipológico que presentaron cotejando la iglesia de Valdecanales con otras peninsulares los errores de Iñíguez mostrando hasta dieciséis iglesias cuando en realidad no son más de diez ( 67 ) cinco de ellas de planta basilical con ábsides opuestos (Montico de Charratu 1, Montico de Charratu 2, Las Gobas 4, Las Gobas 6 y Loza 2), dos de planta basilical con ábside único (Nuestra Señora de la Peña 3 y Santorkaria 5) y otras tres (Nuestra Señora de la Peña 2, San Julián de Fardo 2 y Santorkaria 12) de tipología atípica y que, bien por las remodelaciones o costumbres que sufrieron, resultan de difícil catalogación. ( 68 )

El que en el complejo rupestre alavés exista un grupo de templos de exedras opuestas constituye un dato de máxima importancia a la hora de concretar su cronología, a pesar de que no haya existido entre los autores una unanimidad de criterios en este sentido . Ello se debe , sin duda, a que las iglesias de ábsides contrapuestos ocupan dentro de la arquitectura cristiana un amplio abanico temporal que se inicia con los ejemplares norteafricanos del siglo V, se constata también en el Sur de la Península desde una cronología similar con importantes perduraciones mozárabes , y continúa en Europa hasta épocas muy tardías. No resulta convincente , ni probable , la fugaz sugerencia de Iñíguez Almech para explicar los templos rupestres contrabsidados a través de lo carolingio, ni había necesidad de retrasar su cronología hasta el siglo IX ( 69 ) rectificando una hipótesis anterior  ( 70 ) en la que había acertado plenamente . No debemos mirar al Norte sino al Sur para justificar nuestras modestas -aunque importantísimas- iglesias rupestres.

Existen, como se sabe, paralelos norteafricanos de las iglesias con ábsides contrapuestos bien estudiadas por N. Duval y que se fechan en los siglos V y V1. ( 71 ) 

Las hay también en nuestra Península -Casa Herrera, San Pedro de Alcántara, Torre de Palma y El Germo- en algún caso de fecha tan temprana que pone en duda su pretendida filiación africana ( 72 )


( 65 ) F. IÑIGUEZ ALMECH, Algunos problemas de las viejas iglesias..., cit.

( 66 ) Reproduce los errores en J. E. URANGA, F. IÑIGUEZ, Arte medieval navarro..., cit.

( 67 ) Th. HAUSCHILD, H. SCHLUNZ, Die HShlenkirche..., cit. La lámina 7 resulta especialmente confusa y merece alguna corrección para no desorientar a futuros interesados en el tema. El recuadro señalado con la letra «d» y que acoge las plantas de tres iglesias de Marquínez ha de ser excluido por no existir en esta localidad ninguna obra rupestre que responda a las tipologías propuestas. El recuadro «e» es correcto, con las dos iglesias superpuestas de Nuestra Señora de la Peña de Faido, así como el «f», con las dos iglesias de Las Gobas. El recuadro «h», en cambio, es también erróneo: la planta de la iglesia contrabsidada que se presenta ubicada en Albaina responde a una de las dos de Montico de Charratu o Sarracho (emplazadas, antes de su destrucción, en la localidad de Albaina). El recuadro «i» es correcto, mientras que el siguiente («j») vuelve a estar equivocado. Responde, según Hauschild y Schlunk a dos iglesias de Laño, que no son, sin embargo, más que las dos de Las Gobas recogidas ya en el recuadro «f».

La planta de «m» responde a una estancia rupestre de tipología no eclesial. El recuadro «o» es válido con las dos iglesitas contiguas de Montico de Charratu o Sarracho, hoy en día desaparecidas. La figura de «r» es nuevamente errónea por corresponder a una de las dos iglesias ya recogidas en el cuadro «e». La figura «s», finalmente, es correcta.

Tratando de aclarar este pequeño galimatías, resumiríamos diciendo que del cuadro presentado por estos dos autores han de ser excluidos -por inexistentes o repetidos los recuadros siguientes: «d», «h», «j», «m», «r». Los errores, como queda dicho, tienen su origen en las obras de Iñíguez (1955) y Uranga-Iñíguez (1971), y están motivados por las distintas denominaciones que una misma obra rupestre recibe quedando convertida, de este modo, en una obra diferente.

( 68 ) Mantenemos nuestras dudas sobre el carácter eclesial de Larrea, 7 (A. AZKARATE, Arqueología cristiana..., cit., p. 361).

( 69 ) J. E. URANGA, F. IÑIGUEZ, Arte medieval navarro, cit.

( 70 ) F. IÑIGUEZ, Algunos problemas de las viejas iglesias..., cit.

( 71 ) N. DUVAL, Les églises africaines á deux absides. Recherches archéologiques sur la liturgie chrétienne en Afrique du Nord, 1; Recherches archéologiques a Sbeitla. Les basiliques de Sbeitla á deux sanctuaires opposés (Basiliques I, II et IV), Paris, 1971, II; Inventaire de monuments. Interprétation, Paris, 1973.

( 72 ) TH. ULBERT, Frühchristliche Basiliken mit Doppelapsiden auf der Iberischen Halbinsel, Berlin, 1978.



Las iglesias alavesas de ábsides contrapuestos resultan de una simplicidad enorme cotejadas con sus paralelos norteafricanos y peninsulares. Las mayores semejanzas se consiguen con el pequeño edificio contrabsidado de La Dehesa de La Cocosa y resultaría, en efecto, una analogía notable si no fuera por las serias dudas que se han vertido sobre tal construcción y que parecen descartarla como templo cristiano  ( 73 ) 

Con el resto tienen en común su planta basil:ical y los dos ábsides, todo ello en dimensiones mucho más modestas. Las diferencias de ellos, en cambio, el trazado en herradura de las cabeceras, claramente distinto del que se constata en las iglesias contrabsidadas del siglo V, pero continuador, sin embargo, de una vieja tradición constatada tanto en las aulas tardorromanas, en iglesias de época inmediatamente posterior, en algún ejemplo también rupestre e incluso en alguna de las propias basílicas contrabsidadas norteafricanas. ( 74 )

Este modelo basilical tuvo, al parecer, una larga tradición en la Península, como cabe deducir de su perduración en el siglo X. Las iglesias mozárabes de Santiago de Peñalba y San Cebrián de Mazote reflejarían, en este sentido, la presencia de monjes huidos del Sur que llevaron consigo sus hábitos constructivos a tierras septentrionales. Pudiera sospecharse también, por ello, un posible mozarabismo y una cronología más tardía para nuestros templos rupestres.

Hay que decir, sin embargo, que los datos arqueológicos que hemos apuntado -con testimonios pertenecientes a umbrales cronológicos tardoantiguos-, los arcos de medio punto retraídos ( 75 ) junto a la ausencia total del arco de herradura y, sobre todo, la presencia en sus paredes de inscripciones en cursiva común romana las alejan irremediablemente de lo mozárabe para acercarlas a lo paleocristiano.

De acuerdo con los trabajos de Palol, Hauschild o Cerrillo  ( 76 ) sobre tipologías eclesiales de los siglos VI y VII, nuestras iglesias, con sus plantas basilicales de exedras opuestas y sus ábsides ultrapasados con bóveda de cascarón, se situarían entre las construcciones de tradición paleocristiana fechables en el siglo VI y pertenecientes a la «época de transición» de Palol. 


( 73 ) N. DUVAL, Les églises af ricaines..., cit., II, 390; TH. ULBERT, Frühchrisliche Basiliken..., cit., p. 109.

( 74 ) Cfr. referencias bibliográficas sobre todo ello en A. AZKARATE, Arqueología cristiana..., cit., p. 359.

( 75 ) Los arcos retraídos del complejo rupestre alavés han sido cotejados con otros de las iglesias de las Santas Céntola y Elena (Siero) y de San Esteban de Viguera, ambas del s. VIII (L. A. MONREAL JIMENO, Eremitorios rupestres..., cit., p. 148).

No se trata, sin embargo, del mismo tipo de arcos. Mientras que en Montico de Charratu 1 y Santorkaria 11-B el retranqueo de los arcos es evidente, en las dos iglesias mencionadas los arranques del arco quedan a línea con las verticales de las jambas, siendo el retranqueado -debido al vuelo adquirido por las impostas- más aparente que real.

( 76 ) Cfr. referencias bibliográficas en A. AZKARATE, Arqueología cristiana..., cit., p. 372.



La presencia mayoritaria de arcos constructivos de medio punto -predominantes en el siglo VI-, con ausencia casi total de el de herradura, redundaría en la misma cronología alejándola del siglo VII y, con más razón todavía, del período mozárabe en los que este último tipo de arco es predominante.

L. Caballero Zoreda, sin embargo, en una recensión  ( 77 ) -positiva e, incluso, generosa- que realiza de nuestro trabajo plantea algunos puntos de discusión sumamente interesantes. Encuentra, en primer lugar -ciñéndose únicamente en sus reflexiones a los aspectos arquitectónicos y litúrgicos- que existen diferencias notables entre las iglesias rupestres que nosotros fechamos en el siglo VI y aquellas otras construidas ya en el Sur de la Península para fechas similares, diferencias que, en algún caso como el de las reducidas dimensiones de las iglesias rupestres o sus ábsides de herradura, quedaban ya señaladas en nuestro propio trabajo.

Otras peculiaridades tipológicas de las iglesias rupestres como la reducidísima superficie de sus ábsides, los pies de altar pegados a la pared e, incluso, su propia duplicidad le parecen más en consonancia con la arqueología del siglo VII que con la del VI, y, aunque admite que buena parte de estas peculiaridades pudieran deberse a las propias dificultades inherentes a la técnica rupestre, propone algunas sugerencias para solventar estas paradojas de nuestra hipótesis (con lo que básicamente, sin embargo, se muestra de acuerdo) y que deberían articularse en torno a alguna de estas posibilidades: 

a) rebajar la fecha de los elementos principales al siglo VII; 

b) admitir la precedencia de las peculiaridades indicadas en uno o dos siglos respecto al resto de la Península;

c) aceptar la existencia de un proceso evolutivo en el modelo alavés, debidamente controlado en su desarrollo diacrónico.

No creemos, como tampoco parece creerlo Caballero, que las dificultades constructivas de lo rupestre «actuaran como detonante de los cambios formales en los elementos litúrgicos que ocurren hacia el siglo VII». Y estamos de acuerdo con él en que hay que profundizar en las diferencias entre «los elementos fechables con seguridad en el siglo VI, en el siglo VII y en fechas posteriores». ( 78 ) 

Hemos insistido en ello de forma reiterada. Lo que ocurre es, sencillamente, que para conseguirlo hace falta aún mucho más tiempo y esfuerzo y, fundamentalmente, abordar un estudio monográfico en profundidad de cada uno de los grupos rupestres, agotando al máximo el estudio exhaustivo de todos sus elementos susceptibles de ser analizados. Lo contrario -estudiando el fenómeno de los eremitorios en amplios ámbitos geográficos- conlleva el riesgo de convertir los resultados en simples inventarios.


( 77 ) Cfr. nota 60.
( 78 ) Ibidem.



d) El argumento epigráfico.

El más espectacular de los argumentos utilizados para la fechación de los conjuntos de la cuenca de Treviño es, sin duda, el que deriva del análisis epigráfico. ( 79 ) 

Sin ser muchas las inscripciones que conservan las paredes de las cuevas artificiales alavesas resultan, sin embargo, del más alto interés para su correcta comprensión. Su importancia es indudable no solamente por la ayuda que prestan a la adscripción cronológica de los eremitorios rupestres, sino también por lo que suponen de aportación al exiguo fondo de testimonios que conservamos de la escritura hispano-visigoda documental.

Los fragmentos epigráficos se ubican en seis cavidades rupestres. Los existentes en cinco de ellas (Kruzia 1, Nuestra Señora de la Peña 4, Las Gobas 4,

Las Gobas 6 y Santorkaria 8) eran conocidos desde antiguo y los de la sexta fueron descubiertos recientemente por nosotros (Nuestra Señora de la Peña 3) estando todavía a la espera de un estudio detallado. Son diez ( 80 ) los conjuntos epigráficos que, además del importantísimo de Las Gobas 6-G, se ha recopilado en estas cuevas. Su contenido e importancia son muy diversos: unos están constituídos únicamente por un breve fragmento (Nuestra Señora de la Peña 4,

Las Gobas 6-B/2, Las Gobas 6-E/2), otros no pasan de ser una maraña confusa de incisiones con unos pocos caracteres gráficos (Kruz,ia 1, Las Gobas 6-D,


( 79 ) Cfr. las 114 páginas que dedicamos a esta cuestión en AZKARATE, Arqueología cristiana..., cit: Corpus de manifestaciones parietales (pp. 250-272) y Estudio de conjunto de graffiti e inscripciones (pp. 383-473).

( 80 ) Kruzia 1 (p. 250 y 405, figs. 76 y 99); N.a S.a de la Peña 3-D (p. 252 y 405-408, desplegable np 1); N .II S. de la Peña 4 (p. 252 y 408-411, fig. 101); Las Gobas 4 (p. 253 y 411-413, fig. 102); Las Gobas 6-B/2 (p. 254 y 413, fig. 103); Las Gobas 6-D (p. 255, fig. 104); Las Gobas 6-E/2 (p. 255, fig. 119); Las Gobas F (p. 255 y 413, fig. 105); Las Gobas 6-G (p. 256 y 388-405, desplegable n .O 2); Santorkaria 8-B (p. 258 y 413, fig. 106). En la página 418 de nuestro trabajo, existe un error que se repite hasta tres veces. En las líneas 6, 12 y 20, donde dice Las Gobas 6-B/2, 6-E/6 y 6-E/7, debe decir únicamente Las Gobas 6-B/2 y 6-E/2.



Las Gobas 6-F, Santorkaria 8-B) y los últimos, por fin, constituyen o constituyeron ( 81 ) textos de cierta entidad (Nuestra Señora de la Peña 3-D, Las Gobas 4, Las Gobas 6-G).

Paleográficamente pueden distinguirse dos grupos : el primero y más numeroso (Kruzia 1, Nuestra Señora de la Peña 3, Las Gobas 4, todos los fragmentos de Las Gobas 6 y Santorkaria 8-B) pertenece a un mismo ámbito cronológico , circunscribible a las centurias sexta y séptima. El segundo (Nuestra Señora de la Peña 4), de difícil estudio e interpretación, parece tardío -quizá bajomedieval- dato éste que conviene aventurar con las reservas necesarias.

Nos interesa obviamente el primero de los grupos indicados . Y en él, sobre los demás, el friso de la iglesia de Las Gobas 6 que hemos denominado 6-G, importante por su contenido , con advo caciones (Sci Primitivi, Atanasius), aclamaciones (Valerianus viva et viva, etc.), invocaciones (Orate lectores sic dominum abeatis adiutorem ; Orate pro me lectores sic dominum adiutorem; Qui Jecit vivat, qui legerit gaudeat), onomásticos (Flainus, Iohanni, Valerianus, Armerius, Senticio), etc. Paleográficamente resulta también del máximo interés revelando la existencia de, al menos, cinco escribientes distintos. 

El PRIMERO es el autor de la advocación de Sci Primitivi; al SEGUNDO se deben las aclamaciones, un onomástico (Flainus) y algunos otros signos escritos en cursivas con mayúsculas intercaladas ; el TERCERO fue el responsable de las tres invocaciones indicadas. Mantiene constante el módulo de sus grafías, siendo característica la e (a veces muy simplificada, con un trazo vertical ligeramente curvo en su parte inferior, y un segundo horizontal, como queriendo evitar bucles o trazos curvados que produjeran exfoliaciones ), la t (con remate superior no volteado), la g y algunos -de sus nexos. Este tercer escribiente se nos presenta como una persona habituada a la escritura libraria sobre pergamino, como lo indican la forma de ciertas letras, aunque no pueda ocultar las limitaciones que conlleva el escribir en una pared. 

De ahí, por ejemplo, los pocos trazos curvados del texto, como intentando evitar exfoliaciones de la roca. La cronología de los fragmentos incisos por este escribiente, así como los del segundo de ellos, podría llevarse a fines del siglo VI o, quizá también, al primer cuarto del VII . El CUARTO fue el autor de una de las advocaciones (Atanasius) que con el trazo superior un poco volteado de la T, nos llevaría a fechas algo posteriores . El último, por fin, dejó sus huellas en un onomástico (Senticio) y en un largo fragmento que no hemos podido descifrar.

En él se aprecian la a con un segundo trazo bastante prolongado, la t con la espalda cerrada,


81 El de Las Gobas 4 está, por ejemplo, muy deteriorado.



la 1 con ángulo marcado, en un estilo acostumbrado a la escritura cursiva documental. Los paralelos con el manuscrito de Medema (fechado por A. Mundó en el año 696) son evidentes, permitiéndonos retrasar la cronología de este fragmento hasta finales de la séptima centuria.

A modo de conclusión sintetizaríamos los más significativo de todo lo dicho en los siguientes puntos: nos encontramos ante unas inscripciones escritas en cursiva común romana con mayúsculas intercaladas. Reflejan un momento anterior a la formación de la visigótica clásica, apreciándose en ella la actividad de distintas manos en un abanico temporal fechable entre fines del siglo VI y fines también del VII.


D. El argumento histórico: sobre la necesidad de contextualizar históricamente los datos arqueológicos.


Además de presentar datos arqueológicos, morfológicos y epigráficos que coadyuvan, sin muchas dudas, a ubicar estos testimonios en los siglos VI-VII, nos gustaría realizar también algunas reflexiones de carácter histórico que ayuden, quizá, a contextualizar el fenómeno eremítico. Hacíamos referencia en la introducción a esta conferencia a la confrontación que la jerarquía eclesial vivió con quienes reivindicaban una vivencia más radical de los ideales aseéticos allá por las postrimerías del Imperio y en los siglos que le sucedieron.

En este contexto la calzada Asturica-Burdigala se convirtió, al parecer, en un importante eje vicario a través del cual las ideas priscilianistas arribaron -y echaron raíces- en Aquitania y el valle del Ebro a juzgar por los concilios condenatorios que se celebraron a uno y otro lado de los Pirineos. Es por ello por lo que se ha sospechado -razonablemente a nuestro parecer- la implantación de estas corrientes ascéticas en los territorios vascónicos más meridionales y áreas adyacentes. Porque, si bien es cierto que carecemos de evidencias concluyentes, no podemos tampoco cerrar los ojos ante los numerosos indicios que apuntan en el sentido de lo dicho.

No es improbable, por lo tanto, que en fechas bastante tempranas existieran núcleos eremíticos en territorios vascónicos. Su presencia -incluso en el siglo V- no debe de producir extrañeza si nos situamos en el contexto político-religioso de la época. El carácter periférico de estas tierras y su marginalidad respecto de las instancias oficiales las convertía en refugios idóneos para la práctica de un ascetismo perseguido en algunos casos y mirado con recelo casi siempre. De todas maneras nos queda la duda de su presencia durante la quinta centuria y buena parte de la siguiente. Esta duda, sin embargo, desaparece para fechas posteriores. 

Sabemos con total certeza que durante fines del siglo VI y a lo largo del VII, los núcleos de Faido, Albaina y Laño estuvieron activos organizados al modo de lauras eremíticas con grutas artificiales aisladas, espacios comunes para sus reuniones y templos que cubrieran sus necesidades litúrgicas. Pero decirlo, sin más, sin plantearse las graves contradicciones que ello produce nos parece descontextualizar los datos históricos o tratarlos como compartimentos estancos, como si unos no tuvieran nada que ver con los otros.

La cuestión es la siguiente: ¿cómo justificar la presencia de un grupo más o menos numeroso de ascetas al norte de la Sierra de Cantabria, en un contexto bélico lleno de sobresaltos y con episodios tan sombríos para un colectivo de este tipo como el que Tajón describió a propósito del ataque vascón a Zaragoza durante el reinado de Reoesvinto y en el que, como se sabe, no se tuvo piedad ni de templos, ni de altares ni de clérigos?

Y, sin embargo, los datos arqueológicos son inapelables: tal colonia de eremitas vino a coincidir, en efecto, con las fechas en las que se dio el mencionado enfrentamiento bélico. Tres fueron las hipótesis que proponíamos recientemente para superar tal dificultad: ( 82 ) 

la propia idiosincrasia del fenómeno eremítico, la existencia de un limes visigodo que sirviera de cobertura a los complejos rupestres y la ubicación del escenario bélico en ámbitos más orientales del territorio vascón.

Las dos primeras propuestas son antitéticas: una supone, en efecto, que la elección de este escenario tan conflictivo para practicar el eremitismo pudo ser una elección voluntaria por parte de un movimiento ascético que reflejaba, como se ha señalado en alguna ocasión «una especie de oposición religiosa al ordenamiento social del Estado visigodo». ( 83 ) 

Con su ubicación en territorio vascón los eremitorios constituirían, quizá, un reflejo de la delicada situación de estos ascetas radicales en el entramado del Estado visigodo hasta el punto de buscar refugio en aquellos territorios alejados del largo brazo del poder civil y religioso.

La segunda propuesta, en cambio, contemplaba la posibilidad de que el presunto limes establecido por los visigodos frente a los pueblos del Norte y que defiende buen número de autores, pudiera haber servido de cobertura y protección a estas lauras eremíticas de la cuenca de Treviño. 


( 82 ) A. AZKARATE, Arqueología cristiana..., cit., pp. 491-497.

( 83 ) L. A. GARCIA MORENO, Las invasiones y la época visigoda. Reinos y condados cristianos, en Romanismo y germanismo. El despertar de los pueblos hispánicos (siglos IV-X), Barcelona, 1981, p. 406.


 

Pero la existencia de tal limes presenta no pocos aspectos polémicos y no explica muy bien cómo pudiera defender unos complejos eremíticos ubicados al norte de la Sierra de
Cantabria «frente al enemigo» cuando la mayoría de sus plazas -Carbonara, Abalos, Briones, Cenicero, Alesanco- se ubican en tierras riojanas, es decir, al Sur de la sierra citada.

La tercera hipótesis se basaba en la suposición hipotética de que, quizá, el territorio alavés no hubiera sido en época visigoda tan conflictivo como se ha pretendido. Esta conflictividad tiene su origen en la supuesta reducción del Victoriacum de Leovigildo con algún punto de la Llanada, reducción que no se sostiene por ningún argumento consistente. Su defensa, apoyada en criterios exclusivamente homofónicos, refleja más bien intereses no precisamente científicos que no podemos abordar en el breve marco de esta conferencia. Nos parecía que mientras no se demostrase la congruencia de la reducción Victoriacum/Vitoriano-Vitoria, etc., podía razonablemente ponerse también en duda la identificación del territorio alavés con el escenario de la confrontación bélica entre vascones y visigodos. La ausencia en Álava de restos visigóticos significativos y el carácter de las menciones documentales que parecen apuntar hacia el valle medio del Ebro nos hizo plantear la posibilidad de la coexistencia de ascetas cristianos y población autóctona en un ámbito geográfico menos conflictivo, como decíamos, que el que se ha supuesto.

Un nuevo dato, sin embargo, que no conocíamos entonces, nos obliga hoy en día a reconsiderar estos razonamientos priorizando la primera de las hipótesis sobre las dos restantes. En el término municipal de la localidad alavesa de Nanclares de Gamboa y a pocos kilómetros de la divisoria de aguas cántabromediterránea hemos localizado recientemente una necrópolis -Aldaieta- de gran significado para el conocimiento de la tardoantigüedad en los aledaños de los Pirineos Occidentales.

Son, por el momento, más de cincuenta las sepulturas exhumadas, respondiendo todas ellas a la misma tipología de enterramiento: se trata, sistemáticamente, de tumbas en fosa simple en la que se depositó el cadáver dentro de un ataúd de madera acompañado de un depósito funerario siempre interesante y, en algún caso, francamente notable.

Los rituales funerarios son, en algún caso, alejados radicalmente de concepciones de carácter cristiano.

El ajuar militar puede considerarse ya único en la Península para este período, con casi una cuarentena puntas de lanza de tipología diversa y diez hachas disimétricas de combate. Se han recuperado, además, la estructura metálica de un casco, cuchillos, anillos, torques, pendientes, una magnífica empuñadura en asta decorada, hebillas arriñonadas con agujas de base escutiforme, cuentas de pasta vítrea y ámbar, apliques de cinturón escutiformes, seis recipientes cerámicos y uno de bronce magníficamente conservados, un pequeño vaso de vidrio intacto, una espléndida hoz, numerosos objetos de hierro y varios centenares de clavos, remaches, etc. Teniendo en cuenta que es una parte mínima la que se ha excavado, el material recuperado puede ofrecer una idea de la transcendencia del hallazgo. Poseemos, además, varias fechaciones por C-14 que van bien con la cronología supuesta para la necrópolis (siglos VI-VIII).

De los ajuares descritos llaman poderosamente la atención varios aspectos, aunque ahora nos fijemos únicamente en la ausencia absoluta de evidencias de carácter cristiano y, sobre todo, en la impresionante presencia de armamento.

La población inhumada en la necrópolis de Aldaieta vivía, sin duda, en un estado de guerra, magníficamente preparada bien para la defensa bien para el ataque.

Resulta lógico que nos preguntemos inmediatamente sobre quiénes pudieron ser estas gentes. La presencia de determinados ajuares conceden a la necrópolis un cierto sabor germánico. ¿Pudieron ser visigodos, o mejor merovingios... algún otro pueblo quizá? De los primeros les aleja la notoria presencia de armamento. Sabemos que una de las características de la necrópolis visigodas es la rareza de armas en sus enterramientos. Aldaieta, en cambio, proporciona un porcentaje que supera ampliamente incluso a la necrópolis merovingias en las que, como se sabe, son frecuentes los ajuares de carácter bélico.

El mundo merovingio, por el contrario, parece culturalmente más próximo por el propio ritual funerario, similar al de muchas necrópolis de esta época allende los Pirineos, ( 84 )  por la presencia de «franciscas» o hachas de combate arrojadizas, la similitud de algunas lanzas, etc. A los inhumados en Aldaieta les diferencia de él, no obstante, la ausencia hasta el momento de armas tan características del mundo funerario franco como el «scramasax», la ausencia casi total también de broches de cinturón, fíbulas y otros elementos típicos de la toréutica germánica, las cerámicas aparecidas, bastante alejadas tipológicamente de los perfiles carenados del mundo merovingio y similares, sin embargo, a un tipo que pervive en el País Vasco desde el mundo protohistórico...

El hecho de que esta necrópolis no fuera visigoda plantearía interesantes problemas históricos puesto que, por esas fechas Leovigildo había vencido a los vascones en Victoriacum (supuestamente Vitoria, Vitoriano, Iruña... es decir, en cualquier caso un lugar muy próximo a Aldaieta).


( 84 ) Cfr. A. AZKARATE , Algunas consideraciones sobre la Arqueología de Época Germánica en Euskal Herria, en Homenaje a José Miguel Barandiarán, Munibe (Antropologia-Arkeologia), 62 (1990), pp. 345 ss.



Si nos aparece un asentamiento estable y no visigodo de gente fuertemente armada en el escenario teóricamente victorioso de Leovigildo habría que poner en duda no la veracidad del -testimonio de Juan de Biclara sino, probablemente, la ubicación de los acontecimientos. El que pudieran ser merovingios plantea también apasionantes problemas de gran interés aunque nos alejarían del objeto que ahora discutimos.

A la espera de los resultados de futuras campañas arqueológicas que confirmen o desmientan lo que decimos, somos partidarios, en principio y como hipótesis de trabajo, de considerar a los habitantes de Aldaieta como una población indígena -vasca, vascona o similar- con un indudable grado de aculturación germánica, aunque más de carácter continental que peninsular.

Se preguntarán ustedes a cuenta de qué traemos a colación un tema aparentemente ajeno al que tratamos. Lo comprenderán, sin embargo, si les digo que este yacimiento de Aldaieta y los establecimientos eremíticos están separados por unos pocos kilómetros, si les digo también que pertenecen a la misma época, es decir, que los guerreros inhumados en la necrópolis y los eremitas de Treviño coincidieron físicamente en el lugar y en el tiempo y que todo ello nos puede ayudar a comprender mejor el contexto histórico en el que se desarrolló la vida de estos eremitorios.

La mayoría de las plazas del presunto limes que defienden algunos autores se sitúa en La Rioja, al abrigo del auténtico :limes natural que fue sin duda,

durante mucho tiempo, la sierra de Cantabria, al norte de ella, en la cuenca de Treviño vivían distintos colectivos de eremitas, y, más al norte tras otra cadena montañosa (Montes de Vitoria, Iturrieta, Sierra de Tuyo) se abría la Llanada alavesa controlada por unas gentes, probablemente de estirpe vasca, que aparecen por primera vez ante nuestros ojos representados por los inhuma- dos en la necrópolis de Aldaieta. La indudable importancia que conceden a lo militar, como queda reflejado en sus ajuares funerarios, denuncia su enfrentamiento con algún poder político que no pudo ser otro que el de la monarquía de Toledo empeñada, como sabemos, en doblegar los comportamientos rebeldes de los pueblos norteños. Y entre unos y otros los colectivos eremíticos, en tierra de nadie, en un ámbito peligroso por fuerza y siendo testigos, sin duda, de correrías y escaramuzas entre combatientes -aquí podemos comprender la función de los refugios que antes comentábamos en cuevas inaccesibles.

Creemos que esta ubicación no es casual, ni que lo es tampoco el hecho de que -a la espera de lo que deparen futuras investigaciones- los únicos núcleos eremíticos importantes que con seguridad podemos considerar de época visigótica, se sitúen en una zona de frontera, en los confines entre dos mundos culturalmente antagónicos. El País Vasco ha sido considerado en palabras de Estepa Díez -de forma exagerada- como «un caso límite en el ámbito de la cristiandad occidental» ( 85 ) por su tardía cristianización. De parecida opinión se muestra Caro Baroja al afirmar «que no hubo en el mediodía y occidente europeo núcleo que asimilara más tarde la doctrina cristiana que el que hoy representan los vascos de habla en su conjunto».86 Sea como fuere, no deja de ser una ironía del destino que este ámbito rebelde al impacto aculturizador de la Roma Christiana haya sido precisamente testigo del Evangelio vivido en su más alto grado de maximalismo. Y, sin embargo, no deja de ser lógico conocida la idiosincrasia del fenómeno eremítico.

No resultaría difícil, en este sentido, diseñar a grandes rasgos la geografía del monaquismo peninsular de los siglos VI y VII y, sobre todo, de este último.

Los cenobios, muchas veces ubicados en ámbitos urbanos y suburbanos, en torno a ciudades como Córdoba, Mérida o Toledo. Los eremitorios, en cambio, buscando zonas marginales, fronterizas, sin apenas romanizar todavía. Todo ello está de antiguo reflejado en las noticias literarias. Lo que necesitamos, en adelante, es que no falte quien con muchas dosis de ilusión y capacidad de trabajo se aventure por el difícil sendero de la localización in situ de estos testimonios monásticos y por el más difícil todavía de su estudio monográfico, labor ingrata muchas veces por las dificultades que conlleva, aunque imprescindible para un enfoque más correcto de las experiencias ascéticas que conocieron aquellos siglos remotos.


( 85 ) Cfr. Cristianizzazione e organizzazione delle campagne nell'Alto Medievo: espansione e resistenze, Settimane di Studio del Centro Italiano di Studi su1l'Alto Medioevo, XXVIII (Spoleto, 1982), pp. 679-680. 86 J. CARO BAROJA, Los Vascos...