Arqueología - Vitoria-Gasteiz.


 
 

 

Dehesas, dólmenes y caminos. Una aproximación al fenómeno megalítico de la alta Extremadura desde la arqueología del paisaje.

UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID.
FACULTAD DE GEOGRAFÍA E HISTORIA.
Departamento de Prehistoria, Historia Antigua y Arqueología.

José Mª Señorán Martín.

Directores:
María Luisa Ruiz-Gálvez Priego
César Parcero-Oubiña
Madrid 2019.

 

CAPÍTULO 2.

EL PAPEL DE LA ARQUEOLOGÍA DURANTE EL AUGE DE LOS ESTADOS-NACIÓN EN EL S. XIX. EL CONCEPTO DE NEOLÍTICO COMO OBJETO DE ESTUDIO.

"Para comprender algo humano, personal o colectivo, es preciso contar una historia. Este hombre, esta nación hace tal cosa y es así porque antes hizo tal otro y fue de tal otro modo. La vida sólo se vuelve un poco transparente ante la razón histórica"

(Ortega y Gasset, Historia como sistema y otros ensayos de filosofía, 1981).

 

2.1. Introducción.

Durante el último tercio del S. XX, los estudios historiográficos en Arqueología se han convertido en un apartado habitual de un gran número de tesis y artículos científicos. La obra de B.Trigger será una referencia continuada en este tipo de trabajos, donde A History of Archaeological Thought, publicada en el año 1989, y que analiza la evolución del conocimiento arqueológico así como el contexto social donde se desarrollaban las diferentes corrientes arqueológicas, se convertirá en un libro básico para los estudios historiográficos. 

En el caso del estado español, el congreso "Historiografía de la Arqueología y de la Historia Antigua en España (Siglos XVIII-XX), que tendrá lugar en Madrid en diciembre del año 1988, organizado por Javier Arce y Ricardo Olmos (1991), marcará el inicio de unos trabajos historiográficos que prestan especial atención al contexto sociohistórico en el que se desarrollarán las diferentes tradiciones arqueológicas peninsulares. 

En este caso, se centrará, especialmente, en las instituciones públicas así como a las diferentes personas que marcaron la Arqueología hispana.

Algunos/as autores/as establecen toda una serie de ventajas para este tipo de estudios: la posibilidad de reunir datos dispersos; recuperar materiales que se encontraban perdidos en Museos, Archivos, etc.; aumentar el valor de la Arqueología mostrando las dificultades que ha superado nuestra disciplina; y, por último, entender la génesis de las diferentes interpretaciones (Ayarzagüena, 1993:393). 

Al final, un conjunto de datos, una acumulación de materiales y conocimientos (Olmos, 1997), en ocasiones innecesarios, y, normalmente, acríticos (Marín, 2004:76), que siempre adquieren una apariencia positiva aunque funcionan según todo un juego de relaciones de poder, inclusión y exclusión de teorías (Foucault, 1992:32).

Este tipo de estudios suelen encuadrarse dentro de lo que se denominaría "enfoque internalista" de la Ciencia, en este caso, de la Arqueología, cuya oposición natural sería un "enfoque externalista". Esta visión "internalista" defiende una ciencia como empresa intelectual independiente del contexto histórico, las circunstancias políticas, sociales y culturales.

Por otro lado, una visión "externalista" defiende que la Historia de la Ciencia no puede comprenderse sin examinar el contexto general donde se desarrollan las diferentes corrientes científicas, independientemente del campo concreto (Kuhn, 1983). El "internalismo", relacionado con determinadas filosofías de la ciencia, como el positivismo y el inductismo, entiende que la ciencia se construye de manera acumulativa (Moro, 2005:262), algo que, dentro del campo de la Arqueología, manifestó Jensen (1987:81), y que, como explicaba Ayarzagüena (1993:393), nos facilita la acumulación o reunión de datos. 

Este carácter acrítico de la perspectiva internalista se debe a que, al analizar el proceso de conocimiento desde el interior, niega la intromisión de valores externos en la aceptación o el rechazo de teorías, hechos, hipótesis, etc. No repara en que la Ciencia es, en parte, un constructo social, que depende de los contextos sociales, culturales y económicos (Valero, 2006:222).

En oposición, a finales de los años sesenta comienzan a desarrollarse las corrientes "externalistas", hasta ese momento minoritarias. Esto se debe a la convergencia de tres tradiciones distintas: la sociología de la ciencia; las investigaciones que dentro de los estudios de historia de la ciencia mostraban la importancia del contexto histórico donde se desarrollaba el conocimiento científico; y los trabajos que, desde una perspectiva más filosófica, mostraban la influencia del interés sobre el conocimiento (Habermas, 1982), del poder sobre el saber (Foucault, 1985) o de la sociedad sobre la cultura (Mannheim, 1987) (Moro, 2005:266). 

Desde esta de postura, no se reduce el análisis de la ciencia al quehacer científico, sino que amplía su campo de investigación a valores sociales que intervienen en la determinación y valoración de la ciencia como producto (Valero, 2006:222). 

De esta manera, se presta atención no sólo al impacto que el pensamiento científico tiene sobre la sociedad, sino también, el impacto que tiene la sociedad sobre el conocimiento científico. 

Al final, intenta responder a la pregunta que se hacía M. Foucault así mismo en su obra Saber y Verdad (1985:230): "¿Cómo se constituye un saber?, un saber creado por intelectuales que forman parte de ese sistema de poder (Foucault, 1995:9) y que piensan que su modus operandi es algo natural, cuando en realidad es algo histórico (Moro, 2006:73), algo genealógico, en el sentido propuesto por Foucault (1992), sujeto a una trama histórica, "una forma de Historia que dé cuenta de la constitución de saberes, discursos, dominios de objetos, etc..." (Foucault, 1995: 136). La elaboración científica como elaboración social de la realidad (Bourdieu, 1997:89).

En este sentido, y desde una posición externalista, debemos tener en cuenta que el uso de los términos y el discurso no son inocentes. Como señala Foucault (2008:14), "en toda sociedad la producción del discurso está a la vez controlada, seleccionada y redistribuida...".

El lenguaje, donde incluiríamos estos términos, está fuertemente condicionado por la visión del mundo que poseemos y, como dije anteriormente, por la ideología reinante, a pesar de que los usos de los términos puedan resultar naturales y obvios (Bourdieu, 2007a). El lenguaje y la escritura no son neutrales ni instrumentos objetivos, representan el mundo y son resultado de la producción social (Shanks y Tilley, 1987b:14). 

Estos discursos relacionados, en nuestro caso de estudio, con el conocimiento arqueológico, estarían determinados por los intereses, conflictos, preocupaciones y sensibilidad general de cada época (Hernando, 1999b:19). 

La Arqueología podría entenderse, en este sentido, como "evento y experiencia del presente, como práctica social que no puede escapar del presente", dando lugar a una interpretación del pasado influenciada por la ideología, y, por lo tanto, no neutral (Shanks y Tilley, 1987a:28). 

El pasado no sería idéntico a su representación, y la Arqueología sería producida en un contexto determinado, con unas circunstancias y condiciones sociales, por hombres y mujeres, dentro y fuera de las instituciones (Ib.:116).

Así, tanto la Prehistoria como la Arqueología se ven inmersas en ese proceso de creación de discursos, nunca inocentes (Tilley, 1989:193), apropiándose del pasado en un acto moral y político (Shanks y Tilley, 1987b).

Los discursos en torno a la Prehistoria serían "narrativas basadas en la estrategia discursiva que caracteriza el mundo moderno-occidental, la ciencia". Su principal objetivo sería "la construcción de la identidad del individuo moderno-occidental, el desarrollo de mecanismos discursivos de orientación en la compleja realidad que nos rodea" (Hernando, 1997:251). 

La Arqueología constituiría "uno de los discursos más directamente relacionados con la identidad del grupo social que la ha creado y sostiene, y por tanto, es uno de los discursos más directamente implicados en el avance globalizador de la sociedad capitalista actual" (Hernando, 2006:222), cuestionada intelectualmente desde la Teoría Crítica (Fernández Martínez, 2006:192).

Por ello, parece necesario establecer una posición que se enmarque dentro de esta corriente "externalista", que nos permita desarrollar teorías, pero que, sobre todo, nos permita entender en qué contexto se producen dichas teorías.

Elaborar una verdadera historia social de las ciencias sociales (Bourdieu, 2002) que saque a la luz todas las adherencias inconscientes al mundo social que las ciencias sociales deben a la historia de las que son fruto, problemas, teorías, métodos, conceptos, etc. (Bourdieu, 1997:96). 

Adherencias inconscientes en el habitus (Moro, 2006:81), ese "principio generador y unificador que retraduce las características intrínsecas y relacionales de una posición en un estilo de vida unitario, es decir, un conjunto unitario de elección de personas, de bienes y prácticas" (Bourdieu, 2007a:19) que son resultado de la Historia (Bourdieu, 1987:22).

Por ello, parece necesario desarrollar, como propone C. Marín (2004:76) "una verdadera Arqueología científica que analice las condiciones sociales de la producción del conocimiento a través del origen del investigador (clase social, género, etnia...), el lugar que ocupa éste en el campo científico de la Arqueología y las categorías que usa para pensar" una Arqueología de la Arqueología que nos permita comprender las relaciones de saber-poder que dieron lugar a unas determinadas teorías. Un método que nos permita, además, comprender los contextos, intercalando posiciones internalistas con posiciones externalistas.

Un método que nos permita desentrañar cómo se ha producido, a su vez, lo que P. Bourdieu (2007:201) denomina acumulación primitiva de capital cultural, que se trataría de la monopolización total o parcial de los recursos simbólicos, la Religión, la Filosofía, el Arte o la Ciencia, a través de la monopolización de los instrumentos de apropiación de esos recursos (lectura, escritura, y otras técnicas de desciframiento). Y que en nuestro caso de estudio se reduce, en numerosas ocasiones, a poder cultural o científico acumulado por el control de los recursos económicos y políticos.

2.2. La Arqueología como elemento configurador de las identidades nacionales, regionales y locales.

Resulta complicado acercarse a la Historia de la Arqueología extremeña sin tener en cuenta el papel que jugó la política y la identidad regional en la misma. Incluso, si ahondamos en el concepto de "Arqueología extremeña", podemos ver que, como tal, como corriente de trabajo o pensamiento, no existe. Lo que nos encontramos, en realidad, es una Arqueología hecha tanto dentro como fuera de nuestra región, que analiza la cultura material desde una metodología arqueológica concreta. Una Arqueología realizada por "paisanos" y "forasteros", que decidieron tomar como casos de estudios los restos arqueológicos hallados en nuestra región. 

Por ello, cuando hablemos a lo largo de este trabajo de "Arqueología extremeña", estaremos invocando a aquellos trabajos que se refieren a nuestro patrimonio arqueológico como tema de investigación. Por todo ello, parece necesario acudir al análisis previo de conceptos como identidad, identidad regional, Neolítico, estado-nación, etc.

Todo ello nos proporcionará un marco de análisis conceptual que nos facilité la labor a la hora de analizar el desarrollo de la "Arqueología extremeña".

Volviendo a los conceptos anteriormente mencionados, política e identidad regional, entrelazados en sí mismos, e imposibles de diferenciar en el caso extremeño, serán claves en el desarrollo institucional de la Arqueología extremeña. La acumulación y el control del capital científico y cultural por parte de las clases altas de la sociedad (clero, nobleza, grandes latifundistas, etc.) será clave en el desenvolvimiento de la misma.

En este sentido, hemos de comenzar destacando que hasta mediados del S. XIX la Arqueología de la región será utilizada desde posturas románticas para admirar la "grandeza" de la región a través de su pasado y vestigios monumentales, especialmente los romanos. En este primer momento, destacarán los libros de viajeros que ensalzarán la riqueza arquitectónica del pasado de nuestra región (Segura, 1950; Corchado, 1989; Ortega, 1990; Calle y Arias, 2009). Algo muy común también en otras regiones peninsulares (Ponz, 1783; Gadow, 1897). 

A partir de mediados del S. XIX, con el desarrollo de los estados liberales y la profesionalización de la Arqueología, ésta se convertirá en un arma utilizada por las diferentes facciones políticas que luchan por el control del poder político. En el caso extremeño, los liberales regeneracionistas, se apoyarán en la monumentalidad arquitectónica de los vestigios arqueológicos de la región para mostrar que "cualquier tiempo pasado fue mejor" pero que estaban a tiempo de recuperarlo (Viu, 1852). 

Por otro lado, los conservadores, mantendrán sus posiciones ultrareligiosas para explicar el pasado relacionando Biblia y Arqueología, atacando a las nuevas posiciones cientifistas que se expanden por Europa, en general, y por España en particular (Muñoz Gallardo, 1942).

Por otro lado, el papel de la Arqueología y el auge de los estados-nación y la identidad europea, estarán íntimamente relacionados con la aparición de la Arqueología Prehistórica y conceptos como los de "Neolítico" y "Megalitismo" (Zvelebil: 1996; Mansilla, 1998).

 

Fig.2.1 Identidades nacionales y Arqueología.

Por todo ello, parece necesario analizar las relaciones entre Arqueología y Estados-Nación, por un lado; y, Arqueología, Neolítico e identidad europea, por otro.


2.2.1.
El papel de la Arqueología en la configuración de los Estado-Nación del S. XIX.

En las últimas décadas se han multiplicado los estudios que analizan la relación entre Historia, Arqueología y las identidades nacionales, étnicas, etc. (Díaz-Andreu y Champion, 1996; Abdi, 2001; Tomásková, 2003; Hamilakis, 2007; Wills, 2009).

Todos estos trabajos analizan cómo la Arqueología se emplea como medio de justificación de un pasado nacional. Partes de la Historia son seleccionadas, olvidadas, reinventadas, recordadas, etc., y reproducidas por la conciencia popular (Jones y Graves-Brown, 1996:6), dando lugar a esa "comunidad imaginada", propuesta por Anderson (1993), que comparte una cultura.

Este término de "cultura" o "cultura compartida", relacionada con la aparición de una nación, es clave a la hora de analizar el término o concepto de identidad o cultura europea. En primer lugar, este término, "cultura", no aparece hasta el S. XV en castellano e italiano. Pero no será hasta el S. XVII cuando comience a usarse como sinónimo de nación (Díaz-Andreu, 1996:48). 

Es decir, el uso del concepto de "cultura europea" entendido como "nación europea" no se desarrollará hasta el Renacimiento, cuando nace esta idea de Europa como identidad y cultura. Este concepto de nación europea se verá fuertemente influenciado por las exploraciones hacia el Este y el "Nuevo Mundo". Esto, junto con el desarrollo, a su vez, de la cartografía, el mercantilismo y el nacionalismo europeo, permitirá que se conozcan nuevas culturas, y por comparación con estas nace la idea de la identidad europea (Jones y Graves-Brown, 1996:11). 

Era necesario definir a esos "salvajes", que habitaban las tierras sobre las que se estaban expandiendo las naciones europeas, para delinear al civilizado occidental (Hernando, 2006:8).

Esta idea de "cultura europea" se sustentaba sobre un mito de origen, que pone su atención en la emergencia de la civilización y la cultura, definida por oposición a lo natural (Tomásková, 2003:488). Estos mitos de origen tienen gran fuerza en el conocimiento de nuestras concepciones del pasado, además, dan orden y significado al presente. Los mitos son clave en el triunfo de los modelos nacionales. Por ello, los historiadores del S. XIX centraron sus esfuerzos en desarrollar narrativas históricas que sirvieran para justificar el nexo entre una misma historia y los habitantes de un espacio común (Rina, 2015:75), creando un ente homogéneo (nación-gente) (Alonso, 1994:387).

El mito de origen europeo, en este sentido, se encuentra dominado por la dicotomía entre "civilización" y "barbarie". Esta oposición "civilización" versus "barbarie" es el reflejo de una categorización etnocéntrica de dominados y dominantes (Kristiansen, 1996:138), legitimada por la Arqueología y la Antropología (Hernando, 2006; Røyne, 2012), que justificaban la empresa colonial.

Este papel de la Arqueología en el afianzamiento de los Estado-Nación, se ve claramente con el desarrollo de las instituciones oficiales que pretenden regular y controlar el "Patrimonio Nacional", donde se busca el espíritu de la nación y clave en su trasmisión ideológica (Riviére Gómez, 1997; Hernández y Frutos, 1997; Martins, 2001).

Las diferentes expediciones llevadas a cabo durante los SS. XVI y XVII al Pacífico, América y África pusieron en contacto a los europeos con diferentes culturas de diferente grado de complejidad tecnoeconómica. Los grupos cazadores-recolectores y agricultores tribales, como dije anteriormente, fueron vistos como una cultura "primitiva". Éstos fueron utilizados para crear paralelos entre los pueblos "primitivos modernos" y los pueblos que habitaron Europa en el pasado (Trigger, 1989:59), una especie de "embrión" de los grupos actuales (Hernando, 2006:8). 

Todo ello fue motivado por el desarrollo de la Ilustración y la Revolución Científica que tiene lugar en este momento, que desarrolla las ideas de "progreso" y "evolucionismo", fuertemente influenciadas por las ideas de la burguesía europea, con poder político y económico gracias a la Revolución Industrial, que creían en el progreso como algo inherente a los seres humanos (Trigger, 1989:109).

En definitiva, el problema radica en que los Estado-Nación, que se encuentran en auge entre los SS. XVIII y XIX, utilizarán la Arqueología Prehistórica para defender y demostrar la antigüedad de los pueblos (Sánchez Gómez, 2006: 203), justificando su existencia, y legitimando su superioridad sobre los grupos humanos que se van encontrando durante la empresa colonizadora. Superioridad que podemos ver en los documentos de los expedicionarios del momento, como el relato realizado por el expedicionario Juan Pérez: "por la tarde se le presentaron en más de 30 canoas muchos indios, al parecer más civilizados, que los que hasta ahora hemos descubierto de buena talla, blancos, rubios, y con ojos azules" (Sánchez Montañés, 2010:1666).

Como consecuencia de ello, se inician las exposiciones universales, con exhibición no sólo de cultura material de estos pueblos, sino también de seres humanos.

Durante la 2ª mitad del S. XIX se inicia, especialmente en Europa, aunque también se extenderá por EEUU y Australia, una serie de exhibiciones y exposiciones, que tienen entre sus "objetos" a exhibir a seres humanos traídos desde diferentes partes del mundo, especialmente desde las colonias de países europeos.

La exhibición de estos individuos será similar a las realizadas en zoos, jardines botánicos, circos, etc. Son una de las principales muestras del imperialismo de los diferentes estados del S. XIX, mostrando la conexión, entre otras cosas, de política y ciencia (Corbey, 1993:338). Además, estas exhibiciones pretenden ser una muestra del ascenso de la civilización occidental y su imposición sobre el resto de culturas, consideradas "primitivas". 

Bajo una supuesta finalidad científica y lúdica, los estados muestran, en realidad, la riqueza, potencia y superioridad material y moral de la metrópoli (Sánchez Gómez, 2002:87), algo que guardaría relación con las teorías de saber-poder de Foucault. De esta manera, los estados mostrarían los logros y avances industriales de las metrópolis sobre las colonias, mostrando "la ascensión al poder de los civilizados sobre la naturaleza y los primitivos" (Verde Casanova, 1994:211). 

Además, de esta manera, se mostraba a la ciudadanía europea la suerte que habían tenido por escapar a las condiciones del pasado, advirtiendo de las condiciones de atraso a las que podían llegar si hacían caso a los escritores románticos europeos, que atacaban el progreso en sus obras literarias (Street, 1991; en Verde Casanova:211).

Esta exhibición de grupos humanos de otras culturas se llevará a cabo de dos maneras principalmente, como parte de las diferentes exposiciones universales, donde destaca la exposición de Londres de 1851, así como parte de exhibiciones etnológicas que tienen como único objeto expositivo a estos individuos. 

Éstas, además, solían ser organizadas por empresarios privados.

Algunos investigadores señalan que estas exhibiciones de individuos formaban parte de una estrategia estatal, que mediante oposición al "otro", intentaban mostrar a la ciudadanía que el sistema político elegido era el adecuado, que la civilización occidental se había erigido sobre el resto de culturas, imponiéndose a ellas, justificando también, de esta manera, las políticas imperialistas que se imponían en la Europa del momento (Bennet, 1996). 

Por otro lado, el complejo expositivo sería un medio para regular la moral y la cultura de las clases bajas, aunque esto podría variar entre unos países y otros. Sería una muestra de poder de los estados, que mediante la exhibición de estos individuos, en contra de su voluntad, pretenden exhibir un acto de dominación (Sánchez Gómez, 2005:31).

Otro elemento que debemos tener en cuenta es la relación entre las diferentes exhibiciones y la teoría darwiniana. Los estados pretendían mostrar la superioridad "racial" de occidente sobre el resto de los pueblos, conocidos como "primitivos". De esta manera, los europeos podrían conocer a estos supuestos "salvajes".

Además, los científicos dispondrían de personas para avanzar en sus estudios etnológicos y antropológicos, hecho que en ocasiones sólo servirá para justificar ideas racistas (Wiwjorra, 1996; Sánchez Gómez, 2002:87). 

Estas ideas se apoyarán, a su vez, en el desarrollo de la antropología física (Royne, 2012:48) y la Arqueología Prehistórica. Ésta, será utilizada por primera vez en una exposición universal en el año 1867, en París. Posteriormente, en la exposición universal de París de 1878, aparecerá una sección de Arqueología, denominada de "arte retrospectivo". 

Esta exposición, también conocida bajo el nombre de "arte primitivo", constaba de diez secciones oficiales, cuya cronología se extendía desde "la más remota antigüedad hasta el año 1800".

Esta exposición fue dirigida por Adrien Prévost de Longpérier, especialista en Arqueología clásica y numismática, y destacará por un fuerte componente de exaltación nacionalista (Martins, 2001:66; Sánchez Gómez, 2006).

Estas exhibiciones eran financiadas, principalmente, por las administraciones públicas. Además de los individuos se mostraban numerosos elementos, como la flora, fauna, etc. de la colonia, así como parte del papel que ejercía el Estado en dicha colonia. En oposición a este tipo de exhibiciones, nos encontramos con las exposiciones etnológicas lúdico-comerciales, gestionadas, principalmente, por empresarios privados, en ocasiones, propietarios de los individuos exhibidos.

Estas exhibiciones tenían un marcado carácter ferial, aunque se intentaban recubrir de un velo de cientifismo, para ocultar la degradación que se ejercía sobre estos individuos exhibidos, degradación que en numerosas ocasiones se centraba en mostrar desnudos a los individuos exhibidos. (Sánchez Gómez, 2005)


Fig.2. 2 Exhibición Ashanti en el Parque del Retiro, Madrid, 1897 (A. S. Xatart). Museo Nacional de Antropología, Madrid (Sánchez Gómez, 2013).

Además, la brutalidad de las exhibiciones, especialmente las de carácter privado, será una constante, en ocasiones, casi inimaginable. En numerosas ocasiones, los empresarios recurrirán a la captura, al rapto de indígenas, exhibiéndolos de un lugar a otro sin que las autoridades tomen ningún tipo de medidas, y con el apoyo de importantes antropólogos del momento (Mason,2001; Bancel et al. 2002, en Sánchez Gómez, 2002:84).

En el caso español, destacarían la Exposición de Filipinas de 1887; la Exposición ashanti de 1897; y la Exposición esquimal de 1900.

Hoy día mantenemos parte de estas ideas en la base de nuestra cultura occidental, como la influencia de la civilización greco-latina, la Cristiandad, la Ciencia, la Razón, el progreso, la Ilustración, la democracia, etc. (Jones y Graves-Brown, 1996:11). Otros autores mantienen que la base de la cultura occidental europea moderna se fundamenta en dos grandes civilizaciones: la civilización clásica romana y la clásica renacentista (Kristiansen, 1996:138). 

Por lo tanto, vemos como en este momento, y como consecuencia, entre otras cosas, de la relación con los grupos cazadores-recolectores que se van conociendo en diferentes viajes y exposiciones, los europeos necesitan definir su identidad y justificar las empresas coloniales. Esto lo harán por oposición a los otros, en este caso, los grupos cazadores-recolectores y agricultores tribales, situándose los europeos en una posición privilegiada, sintiéndose el "pueblo elegido", el civilizado.

Justificando la colonización y aniquilación de los "pueblos salvajes".

Por otro lado, y como ya he explicado anteriormente, vemos cómo los intereses de la Arqueología están en función de los intereses generales del momento. De esta manera, en diferentes momentos se ha utilizado el pasado con el objetivo de dar orden al presente, centrándose en diferentes aspectos de la sociedad dependiendo del momento, pudiendo establecer tres fases, según Hernando (1999b):· 

 · Atención a los objetos materiales, con el inicio del mercantilismo capitalista en la esfera económica y el nacionalismo en el apartado político, así como con el desarrollo de los hábitos de consumo. De esta manera, la Prehistoria nació vinculada a las Ciencias Naturales, relacionando la construcción social de la realidad con el desarrollo del capitalismo, sustituyendo el espacio y el estatismo del Mito por el tiempo y el cambio.

Conforme la sociedad capitalista iba desarrollándose, la preocupación por los objetos va siendo sustituida por el interés en las relaciones sociales.

 · Atención a las relaciones sociales. Esta etapa la podríamos dividir en 2 fases. Una primera que muestra interés por la injusticia social que favorece el incipiente capitalismo."El deseo de cambio, de generalización del nivel de bienestar, de una ausencia de explotación entre clases y la evidencia del conflicto social interno" estructuraban las teorías con las que se analizaba el pasado, predominando el materialismo dialéctico (Hernando, 1999b:20). 

En una segunda fase las relaciones sociales siguen siendo prioritarias, a pesar de ello, no se idealiza el futuro y se entiende que las condiciones de bienestar que se han alcanzado constituyen el ideal de vida, favoreciendo así la aparición del funcionalismo como corriente dominante a partir de los años 60s. De esta manera surgen tres corrientes principales que tendrán como objetivo la formulación de leyes generales sobre el comportamiento social: 1) la tradición ecológica escandinava; 

2) la Arqueología Soviética; 3) la Antropología Social, con gran influencia de los estudios funcionalistas aplicados a los trabajos etnológicos. Así, desde el funcionalismo se proyectaba al pasado una idea de una sociedad como un todo armónico, en equilibrio, donde todas las partes cumplen una función positiva en el conjunto (Ib.:21)

 · Atención a las cuestiones cognitivas y la subjetividad. Debido al individualismo extremo al que nos ha conducido la sociedad post-moderna se ha producido un abandono de la lucha social, esto ha afectado en el estudio de las "ideas" y de la subjetividad humana en el estudio de la Prehistoria. Se está produciendo un auge de los modelos hermenéuticos para interpretar el pasado, cuyo compromiso social parece escaso. De esta manera se ha desarrollado la "Arqueología Interpretativa" o "Cognitiva" como nuevo paradigma interpretativo. Se presta especial atención a los factores de subjetividad que afectan al investigador en su estudio (Ib.:22)


Por lo tanto, vemos como los intereses de la Arqueología, así como los discursos que versan sobre la misma se encuentran supeditados a un momento histórico concreto, con unas preocupaciones e intereses determinados, que podemos observar, si analizamos con precisión, en ese discurso arqueológico. 

El Estado-Nación será justificado a partir de afinidades culturales y de la interrelación de los conceptos Estado-Cultura-Nación, será el momento del desarrollo de la identidad europea (Hobsbawm, 1983; 1991; 1994), así como del concepto de nación política (Kedourie, 1988:43 en Díaz-Andreu, 1994: 201).Y la Arqueología será utilizada como herramienta hegemónica de un discurso occidental de Historia, un colonialismo científico y una mitología blanca (Young, 1990).


2.2.2.
El concepto de Neolítico y su papel en la construcción de la identidad europea.

El papel de la Arqueología, así como sus hipótesis e interpretaciones, no es inocente. Está cargada, de manera implícita o explícita, de subjetividades. Estas hipótesis ejercen un efecto concreto y directo sobre la sociedad que las genera, un efecto legitimador de la estructura de la que es expresión (Hernando, 2006:222). Además, debemos entender la Arqueología como evento y experiencia del presente, como práctica social que no puede escapar del presente (Shanks y Tilley, 1987a). 

Por ello, escribir el pasado no será un acto inocente y desinteresado, no será una lectura de un pasado autónomo producido como una imagen (Tilley, 1989). Más bien, supone una forma de reproducción del orden social establecido más que de su transformación (Tilley, 1987a: 130).

Dentro de esta idea de la Arqueología como Ciencia que reproduce y legitima las estructuras sociales que la generan, la interpretación del Neolítico, como ahora explicaremos, no escapó a las influencias ideológicas de mediados del S XIX en la que se inscribe su aparición. Y además, como señala Mansilla (1998:12), "la influencia de la ideología actual está presente en la creación de un discurso sobre el Neolítico", el concepto está ligado a usa serie de imposiciones contemporáneas (Thomas, 1999:6).

El auge del nacionalismo y del Estado-Nación fue clave en el desarrollo de la Arqueología Europea del S. XIX (Díaz-Andreu, 1996). En estos momentos, la Arqueología se erige como proyecto de memoria colectiva, de identidad colectiva, en el sentido propuesto por E. Zerubavel (2003), que con el concepto "mnemoniccomunnity", nos explica cómo los grupos de seres humanos construyen una temporalidad para mantener su identidad grupal. Por ello, uno de los factores a analizar será el de Arqueología como proyecto humanista, como guardián de nuestra conciencia del tiempo que nos hace denegar otras conciencias.

Dentro de este contexto de auge de los estados nación durante el S. XIX, aparecen conceptos como el de Prehistoria, para referirse a épocas anteriores al conocimiento de la Historia (Muñoz, 1996), surgen la Paleontología, la Antropología, la Arqueología Prehistórica, que hacen frente a las concepciones eclesiásticas, preponderantes en ese momento. En definitiva, se trata de un enfrentamiento entre dos maneras de interpretar el pasado, las explicaciones racionales cientifistas frente al Creacionismo, con un claro predominio, aún, en la cultura judeo-cristiana europea (Martins, 2001:68). Una explicación "racional "frente a otra explicación del pasado, mítico, con fuerte componente bíblico. 

Una explicación racional llevada a cabo por científicos "marginados", frente a una explicación mítica llevada a cabo por actores poderosos (Iglesia y Estado) (Azarzagüena, 1997).

La principal característica de esta explicación es que en las sociedades donde permanece el mito se da prioridad al espacio por encima del tiempo. El mito se construye en la aparente ausencia del tiempo. La realidad que se cuenta a través del mito pretende ser "sagrada" y no sujeta a circunstancias particulares.

Por otro lado, su idea sobre el cambio social suele ser amenazadora. Por ello, en estas sociedades se intenta legitimar la ausencia de cambio, el carácter estático de la cultura (Hernando,1997:254). 

De esta manera, se podían explicar los diferentes grupos humanos de cazadores-recolectores que se conocieron durante los S. XVI  y XVII con las diferentes exploraciones. Todos los cambios serían degenerativos, por lo que el período Neolítico, periodo que aquí tratamos, sería anterior a los cazadores-recolectores (Hernando, 1999a), que se encontrarían en una etapa inferior, al considerar la caza-recolección, así como el movimiento estacional, inferior a la producción de alimentos y sedentarismo.

Por el contrario, en las sociedades donde la ciencia ha sustituido al mito, predominan las ideas del tiempo y el cambio. Y esto sucede en la sociedad europea con la llegada de la Modernidad, donde se sustituye esa visión mítica, bíblica del mundo, por una visión científica. Se sustituye esa mala visión del cambio por otra idea, que ve el cambio como "desarrollo", viendo el "progreso como consecuencia del pensamiento racional". Sin embargo, a pesar de estas nuevas ideas ilustradas de progreso, desarrollo y cambio, el trasfondo mítico se mantendrá. El progreso se ve como algo positivo, pero hay que partir de un origen, y ese origen lo marca el mito.

En el caso de la sociedad Moderno-Occidental, el mito marcaría el inicio de nuestra cultura con la producción de alimentos, cuyos orígenes se remontan al Neolítico (Hernando, 1999a:26), ya que como cuenta la Biblia, "el pueblo elegido" practica la agricultura y la ganadería. Este concepto de "pueblo elegido", junto al etnocentrismo, será clave en la definición de los estados-nación (Zimmer, 2003:17).

Sin embargo, la civilización Moderno-Occidental combinaría estos dos tipos de representaciones, la mítica y la científica (Hernando,1997:249).Durante, el S. XVIII, con la Ilustración, el desarrollo de la Historia Natural y la paleontología se comenzó a sustituir el tiempo mitológico. 

La cronología en el S. XVIII era la clave para dar lugar a la tradición secular derivada de la antigüedad clásica y la tradición judeo-cristiana contenida en la Biblia. Su función fue armonizar estas dos tradiciones para demostrar la primacía de la "divina providencia".

Con la emergencia de las nuevas evidencias científicas que ponían en duda la validez del registro bíblico, sobre todo la fecha de la "Creación", el papel original de la cronología fue difícil de mantener. Esto dio lugar a una progresiva disociación entre cronología y religión, sobre todo a partir del desarrollo de los estudios etnográficos. Ello favoreció la reasignación de la Prehistoria como disciplina independiente basada en aproximaciones antropológicas, perdiendo valor el marco de explicación bíblico (Jolles, 1999:58).

A pesar de ello, como decíamos, practicar la agricultura y la ganadería significaba, en el S.XIX, estar un peldaño por encima de la caza-recolección en la escala evolutiva de la Humanidad (Hernando,1999a:29).

Dentro de esta idea, el paso del Mesolítico, término que nace en 1872 de manos de Westropp (Zvelebil, 1986), al Neolítico, significaría el paso de "lo salvaje", del cazador-recolector" a "lo civilizado", al agricultor y ganadero. Significaba la oposición del "nosotros", los civilizados, y los "otros", los salvajes. De esta manera, la identidad moderna occidental, al igual que en el resto de culturas, se construirá más que por definición de sí misma, por la oposición a los "otros".

A esto hemos de añadir que, con el desarrollo de la complejidad socio-económica de la sociedad occidental y la revolución industrial, comenzó a surgir un nuevo discurso social. Dentro de este nuevo contexto se sitúa la Arqueología, que junto a la Ciencia, la Tecnología y los procesos de cambio habían sustituido el estatismo del mito. Se construyó un discurso que explicaba el presente en función de los cambios desde el pasado. 

La Arqueología explicaba esos cambios en el tiempo, pero consideraba objetos a los sujetos del pasado, estudiándolos como un objeto más, dándonos un papel dominante, evitando darles una condición de iguales. La Arqueología se encargaba de definir a los "otros" en el tiempo, mientras que la Antropología definía a los "otros" en el espacio. Además, la Arqueología identificaba al "otro", como un embrión del "nosotros", de esta manera, justificaban la colonización que se estaba produciendo en estos momentos (Hernando, 2006:27).

Por lo tanto, vemos cómo dentro de este auge de los Estado-Nación, el Neolítico, concepto que introduce Lubbock (1969) a mediados del S XIX, intervendrá en la construcción de la identidad europea (Zvelebil, 1996; Mansilla, 1998; Hernando 1999c). La visión del pasado en la cultura occidental tendría un componente mítico, pero a partir de este momento se establece una serie de etapas por las que habría pasado la Humanidad (Hernando, 1999a:19).

Hasta el desarrollo de la Ilustración, y motivado por la idea de la "teoría de la degeneración"(Trigger,1989:31),los grupos cazadores-recolectores eran vistos como un estado degenerativo de los grupos agrícolas. Es decir, el Mesolítico habría sucedido al Neolítico en un proceso de degeneración de la sociedad. Pero con el desarrollo de la Ilustración y la imposición de la Ciencia y la razón sobre el mito, esta idea fue sustituida. 

La teoría de la Evolución y las ideas de desarrollo y progreso cambiaron el panorama, y la "teoría de la degeneración" fue sustituida,pasando a entenderse la historia de la Humanidad como una serie de etapas evolutivas, que van de menos a más complejidad. De esta manera, se situaba a los grupos cazadores-recolectores en un estadio evolutivo inferior que los grupos productores de alimentos (Hernando, 1999c:586).

Tylor, en 1871, influenciado por estas ideas establece la evolución general de las sociedades humanas, que se reduciría a 3 estadios o etapas:

1.Salvajismo.

2.Barbarie.

3.Civilización.

Según Taylor, los pueblos "primitivos actuales", serían representantes fosilizados de las etapas evolutivas por las que ya había pasado la Humanidad, por lo que podrían utilizarse para dar contenido socio-económico a las etapas prehistóricas (Bernabeu et al., 1993:19). 

Aunque, verdaderamente, más que dar contenido a las etapas prehistóricas, lo que los prehistoriadores realmente hacían era dar sentido a la identidad europea occidental del S. XIX, momento en el que se está llevando a cabo la colonización de África. 

De esta manera, y partiendo de las ideas de la Ilustración de evolución y progreso, se considera el Neolítico como un estadio cultural superior al Paleolítico en la evolución cultural de la Humanidad (Bernabeu et al., 1993). 

El Neolítico sería concebido como una etapa que sucede a de los cazadores-recolectores.

Las sociedades productoras de alimentos del Neolítico representarían un estadio evolutivo superior al de los cazadores-recolectores, definiendo el período a partir de criterios tecno-económicos (Hernando,1999a:36).

Además, imbricado dentro de las teorías evolucionistas del momento, servirá para legitimar los proyectos colonizadores de los estados europeos en su expansión por África, considerando al otro inferior, evolutivamente hablando.




Fig.2.3
Etiqueta de botella de anís de finales del S. XIX con imagen de primate imitando el rostro de Darwin.

El desarrollo del concepto Neolítico se verá influenciado, además, por el desarrollo de la teoría darwinista en las Ciencias Sociales, así como a una serie de evidencias arqueológicas (Hernando, 1999a). Las teorías evolucionistas del S. XIX, influenciadas por la Ilustración dan lugar a 2 conceptos que participarán activamente en la definición del concepto de Neolítico (Bernabeu et al., 1993:18):

1. Noción de progreso, que establece que todas las sociedades tienen una tendencia a progresar (evolucionar) desde formas organizativas inferiores hasta las superiores a través de diversos estadios de complejidad social, cultural y ecológica crecientes.

2. Concepto de unidad psíquica, que sostiene la igualdad de todas las sociedades humanas y, por tanto, la posibilidad de que todas ellas evolucionen igualmente por la vía del progreso.

En el caso del concepto tradicional de Neolítico, éste llevará a sus espaldas gran parte de la carga ideológica occidental. Ésta se encontraba influenciada, principalmente, por las ideas de la Ilustración y la tradición judeo-cristiana. La Biblia afirma que Adán y sus descendientes habían sido agricultores y pastores en el Jardín del Edén: "Después dio a luz a su hermano Abel. Y Abel fue pastor de ovejas, y Caín fue labrador de la tierra" (Génesis, 4:2). 

Este mito será empleado por el pueblo semita para situar el origen de la agricultura y la ganadería en Próximo Oriente. En Europa será utilizado como discurso de legitimación durante el S. XIX (Trigger, 1989:33-34), donde la sociedad occidental, agricultora y ganadera y, por ende, "civilizada, se ve legitimada frente a los nuevos grupos humanos que habitaban las tierras sobre las que los estados europeos se estaban imponiendo mediante la empresa colonizadora.

 

Fig.2. 4 Caín y Abel, Mateo Orozco, 1652, óleo sobre lienzo.

Esta relación entre agricultura y ganadería y "civilización" nace de las ideas materialistas clásicas, que marcan la producción de alimentos como inicio de la civilización porque facilita la acumulación de excedentes para alimentar a grupos sociales no productores (elites dirigentes, sacerdotes, guerreros), cuya aparición supone, según algunos investigadores, el nacimiento de la sociedad de clases y el Estado, es decir, la civilización (Hernando 1999c:585).

Como ya señaló Zvelebil (1996), la percepción moderna sobre las comunidades agrícolas prehistóricas fue la llave para la definición de la futura identidad europea, influenciada por las ideas de progreso de los  S. XVIII y  XIX. 

Esta idea se ha mantenido durante casi 200 años.

Según Zvelebil (1996), se debería a tres motivos principalmente:

1. Contacto entre los europeos y las sociedades recolectoras modernas durante los SS. XVI y XVII. El prejuicio sobre estas sociedades favoreció el enaltecimiento de las sociedades productoras, que adquirían el rango de "civilizados" en oposición a los "salvajes" cazadores-recolectores.

"La oposición binaria entre Nosotros los Agricultores, y los otros, los salvajes" (Zvelebil, 1996:146).

2.El desarrollo socio-político, que había dado lugar a la industrialización y al desarrollo de los paisajes urbanos. De esta manera, la clase media y alta comenzaron a idealizar la vida rural, con la visión romántica de los pueblos agrícolas y pastores.

3. La promoción de nuestros ancestros agrícolas en la constitución del Estado-Nación en los últimos 150 años.

Además, el concepto se ha definido tradicionalmente por la aparición de un "paquete" de rasgos, que se han interpretado como el paso a un nuevo estadio cultural (Hernando, 1996:193). Se ha definido a partir de un contexto arqueológico determinado, caracterizado por la presencia de ciertos rasgos técnicos, como la cerámica o la piedra pulimentada; lugares de habitación permanente o semipermanente; y signos de alguna actividad económica productiva, semillas, útiles agrícolas, etc.

(Vicent, 1988:11), influenciados por la tradición histórico-cultural y la "escuela Paleoeconómica de Cambridge" (Thomas, 1999:7). 

La ecuación Neolítico = Agricultura = Sedentarismo se mantendrá vigente hasta prácticamente nuestros días.

En el caso de la Península Ibérica, esta sistematización del concepto de Neolítico se hizo a partir de criterios taxonómicos, principalmente la tipología, que será utilizada como criterio cronológico (López, 1988), algo que parece mantenerse hasta nuestros días en numerosos estudios arqueológicos, no sólo en el período que analizamos ahora.

Este concepto de Neolítico, influenciado por el pensamiento tradicional y el papel que jugaba la Iglesia y la Biblia en la creación de identidades e ideologías, también participará de la construcción del entramado ideológico del franquismo. Durante la dictadura franquista, la Iglesia, como soporte ideológico del Estado, sobre todo en los momentos de debilidad del fascismo, ejercerá una función sociabilizadora y de transmisión de ideales a través de la enseñanza. E

n este sentido, implantando los valores del catolicismo y el nacionalismo, influirá en la enseñanza de Historia y Prehistoria del bachillerato (Valls, 1983). 

Esta manipulación buscará la conexión entre los valores actuales con el pasado, donde se encuentran las raíces de la familia cristiana, "un supuesto grupo familiar de la pintura levantina indica que ya entonces fue sagrada entre nosotros la familia" (Serrano de Haro, 1950 en Ruiz Zapatero y Álvarez-Sanchís, 1997b:275). 

Además, la Prehistoria proporcionaba el concepto de España, proyectando al pasado el modelo de estado que la historiografía romántica ya había fijado un siglo antes, con un origen común y una unidad política y religiosa (Álvarez-Sanchís y Ruiz Zapatero, 1998:42).

 

Fig.2. 5 Representación de "hombre prehistórico" (Álvarez, 1962:328).

Por lo tanto, vemos como la aparición del término Neolítico, y su significado, formó parte del proceso de creación de la identidad europea a mediados del S. XIX. En estos momentos, los europeos no sólo se encuentran inmersos en un desarrollo tecno-económico, sino que también se encuentran inmersos en un proceso de expansión colonial. Por todo ello, la Arqueología, entre otros factores, se empleará para dar sentido a la situación del momento, dando sentido al presente, legitimando, entre otras cosas, el desarrollo del capitalismo y el colonialismo del momento.


2.3.
Conclusiones.

El análisis de los contextos culturales, así como de los agentes que controlan el capital científico, son claves para entender no sólo el desarrollo de la Arqueología a lo largo de los últimos siglos, sino también la genealogía de los términos y conceptos que condicionan la práctica arqueológica. Para entender la Arqueología extremeña y el análisis del Megalitismo de la región existen una serie de factores a analizar. 

Por un lado, quiénes son esos agentes que controlan la creación científica y cultural. Por otro lado, cómo se usan unos conceptos u otros en función de unos postulados políticos determinados. En definitiva, la forma en que se representa el pasado no es inocua, sino que expresa relaciones de poder y autoridad, materializándose, incluso, de manera muy clara en el espacio público de las ciudades (Hobsbawn y Ranger, 1983).

Por ello, es necesario un análisis genealógico en el sentido propuesto por Foucault. Una metodología historiográfica que, más allá de acumular toda una serie de datos, en ocasiones irrelevantes, analice no sólo estos datos, sino cómo surgen, cómo surgen las narrativas en torno a ellos, las metodologías, etc. No es posible comprender el Megalitismo extremeño si no somos conscientes de cómo el Estado-Nación condicionó la profesión arqueológica; y, como el papel de la tradición judeo-cristiana, que impregna la sociedad occidental, fue clave en el desarrollo de la interpretación del Megalitismo y el Neolítico.